jueves, 4 de agosto de 2011

FUJIMORI, YA ESTA EN LA CELDA QUE EL MISMO MANDO CONSTRUIR

Así son las paradojas de la vida, ahora Fujimori dentro de unos días  va a ser el vecino de celda de Amibael Guzmán, el que era Jefe de Sendero Luminoso, Wladimiro Montesinos, su asistente durante mucho tiempo, estáran los tres en  las celdas que el mismo mando construir en la Base Naval del Callao en la Punta.
De momento, Fujimori ahora se encuentra en el complejo militar del fundo Barbadillo, donde pasará las primeras semanas de prisión.
El Gobierno peruano, le acusa de usurpación de bienes, allanamiento de la casa de Wladimiro Montesinos llevando un falso Fiscal para apropiarse de todos los videos que lo involucrarán en casos de corrupción.
Pocos días después de la llegada de Alberto Fujimori a Chile en un artículo se decía: "Con motivo de la súbita llegada de Alberto Fujimori Fujimori a Santiago, sus escuderos de siempre han tratado de presentar el caso como ‘un paso más’ en la estrategia del ex dictador para llegar a nuestro país y ser ungido candidato presidencial de los grupos que lo apoyan. Si tal es el caso, no cabe sino constatar que ha cometido un mayúsculo error.
Pues además de la inhabilitación política por 10 años que le impide ser candidato, ya se está viendo que AFF no gozará en Chile de las gollerías de las que disfrutaba en Tokio y que le permitían aparecer como peruano cuando hacía pronunciamientos políticos y como japonés en lo referente a su situación judicial, ello en función de su doble nacionalidad y de la protección que el gobierno nipón supo extenderle".
Hay dos elementos que contribuyen a complicar la situación de AFF. En primer lugar, la especial sensibilidad –debido al precedente Pinochet– que existe en Chile en materia de atropellos a los DDHH; en segundo lugar, el que su caso no sea similar a los de Daniel Borobio y Eduardo Calmell del Solar, quienes lograron impunidad debido a que las leyes sureñas no contemplan el delito de tráfico de influencias y solo consideran posible la existencia de peculado si se trata de funcionarios públicos.
Veintidós 22 meses después, AFF ha sido condenado por las matanzas de La Cantuta y Barrios Altos, el caso de los sótanos del SIE y otros cinco delitos de corrupción, que la Corte Suprema de Chile considera comprobados. Y otra vez tenemos al sátrapa tratando de pasar como gran estratega: "todo estaba calculado –declara– y ahora los delitos de los que se me acusaba han disminuido de cuarenta y cuatro a siete. Tal razonamiento es un autoengaño que, estamos seguros, ni siquiera él mismo cree.
Pues nunca hubo cuarenta y cuatro delitos sino veintidos. Diecisiete de  ellos se convirtieron en cuadernillos de extradición, doce  de los cuales fueron enviados a la Corte Suprema de Chile –que ha recogido siete– y el último no llegó a presentarse. Por lo demás, se trata de una estrategia bastante curiosa, pues no hace más de dos meses un desesperado AFF hacía valer otra vez su nacionalidad nipona para presentarse como candidato al Senado y tratar de ampararse en la inmunidad del cargo. Que no nos venga con cuentos de gran estratega, cuando lo cierto es que el consejo que le dio el hoy congresista Raffo para que viajara a Chile le ha salido caro, pues ha terminado en su retorno extraditado al Perú acusado por crímenes de lesa humanidad y delitos de corrupción. Con victorias así, para qué pensar en derrotas.

El New York Times dijo ayer, en la primera página de su portal, que el fallo chileno "podría sentar un importante precedente internacional para casos de extradición de ex Jefes de Estado que han cometido atrocidades y son requeridos por otros países. Ya no se tendría que acudir a mediadores internacionales o a los gobiernos. Así, la demanda de extradición podría ir directamente al Poder Judicial del país en que se encuentre la persona buscada".

Lo que el Times dice es que los crímenes de lesa humanidad, en esta época de la globalización, trascienden las fronteras y le conciernen al mundo entero. El planteamiento no es nuevo y uno de sus hitos clave fue la formación del Tribunal Penal Internacional en 1998, que debió juzgar a Milosevic, y el proceso, fallido, para extraditar de Inglaterra a España al propio Pinochet. La vuelta de tuerca que ha dado la Corte Suprema de Chile tiene peso propio en esta aún corta historia.

El respeto de los derechos humanos, entonces, está en la primera línea de los llamados "bienes públicos globales", como la defensa y preservación del medio ambiente (contra el calentamiento global) y la lucha contra el tráfico de drogas y de armas. En el 2002, la Conferencia de Financiamiento del Desarrollo de la ONU planteó la creación de un Tribunal Fiscal Internacional contra la evasión tributaria y los paraísos fiscales, pero la presión de los "lobbies" logró que la iniciativa no fuera considerada.

La importancia de estos hechos radica en el cuestionamiento a la globalización 'realmente existente', basada en una apertura económica y comercial que favorece, sobre todo, a las grandes empresas transnacionales. Como acaba de decir Rodrigo de Rato, Jefe del FMI (en un giro impresionante): "la globalización puede exacerbar la desigualdad". Otrosí: no es que "puede". De hecho la exacerba, como lo demuestra el "muro de la vergüenza" entre EEUU y México, ejemplo claro de que el TLC de 1992 no solucionó los problemas del empleo, la pobreza y la desigualdad.

En el caso peruano, la política económica neoliberal de Fujimori fue abiertamente apoyada por los partidarios de la liberalización a ultranza. El FMI supuestamente "no vio" la salida de centenas de millones de dólares de las cuentas de la privatización para la "compra" fraudulenta de armas en 1996-99 por la dupla Fujimori-Montesinos. Esta "fuga de capitales" violaba la Carta de Intención, que lo obligaba a un monitoreo estrecho, lo que sí hacía con el déficit fiscal y la política monetaria.

También Fujimori fue apoyado por el BID (le prestó US$ 2,700 millones) y el Banco Mundial (le prestó US$ 3,200 millones), que en esa época pregonaban que había que aprovechar cualquier "ventana de oportunidad" para poner en marcha las reformas económicas, incluso si se trataba de gobiernos autoritarios (ver "Burócratas haciendo negocios", Banco Mundial, 1995). Hoy, ambas instituciones se han autocriticado.

Si bien no va a ser juzgado por cuestiones económicas, Fujimori es el responsable de las leyes antiobreras que rigen hasta hoy (recién se están modificando, en parte). En "su" Constitución de 1993, en el Régimen Económico, se promulgaron los artículos que instauran la santidad de los contratos de estabilidad tributaria, la subsidiariedad del Estado en la actividad empresarial y el "trato igual" a la inversión extranjera. El APRA dijo que quería volver a la Constitución de 1979, promesa que ha incumplido.

También se promulgó el DS 120 94 EF, que permitía la doble depreciación de los activos revaluados que, según SUNAT, originó millonarias pérdidas al fisco. Muchos de los que colaboraron con él decían: "yo hago la reforma, no me interesa la política, aunque sea autoritaria". Como si una cosa y la otra fueran compartimientos estancos.

Ahora que Fujimori vuelve, gracias a la "globalización buena" –y al excelente trabajo de los jueces anticorrupción, así como de todos los peruanos demócratas–, es bueno recordar lo sucedido durante su régimen, en todos los ámbitos. También, que los reflectores mundiales estarán pendientes del juicio a Fujimori, pues trasciende el estrecho ámbito de nuestro territorio y se convierte en un punto de quiebre a favor del respeto a los derechos humanos, pues ellos le conciernen al mundo entero.

Las mil islas

Bueno, tan espantosa no era, solo decepcionante.  Estaba medio abandonada y solo correteaban por allí un par de chiquillos bulliciosos y dos o tres parejas que no se animaban a ir a buscar el sol en la playa.  La piscina era grande, como en el encarte, y podía figurarse uno que había vivido días de gloria (en los que, seguramente, se enseñorearon los bikinis que ahora se me negaban), pero ahora aparecía descuidada, a maltraer, como todo en la isla.  Asemejando un viejo león marino que agonizaba en la arena, lucía abandonada, derrotada por el tiempo y víctima de la desidia de quienes, más mal que bien, le daban mantenimiento.  Decir que era impresentable sería una maliciosa exageración, no, ni siquiera tenía la redención de lo insalvable.

Era una piscina “venida a menos”, decadente, como esas familias que viven de la glorias idas y han congelado su existencia en el momento en que todo fue esplendor y no se dan cuenta de las telarañas que se han adueñado de todo.  Una enorme y triste piscina en la que se descubría el mazazo de los años en las mayólicas cuarteadas, en el moho que va apoderándose con paciencia de lo espacios y en el agua que empieza a verdear sospechosamente.  Agréguesele a esto que las poltronas de alrededor (que eran pocas) seguían la pauta descendente de las que estaban distribuidas por la isla, que las sombrillas eran de plástico desteñido y que el encargado de limpieza no parecía ser muy eficiente en su trabajo.  Por no ser menos (perdóneseme la ironía) el “cambiador” era un cuarto infame cerca de un baño más infame aún donde, una vez más, se clavaba en el cerebro el olor proveniente de los líquidos indescifrables que inundaban el suelo.

No, no nos quedamos allí.  La rubia, que como ya está dicho tiene una voluntad a prueba de balas y un optimismo que siempre acaba por entusiasmarme, me recomendó que mejor siguiéramos caminando en busca de las otras actividades prometidas.  Como bien me lo recordó, el reloj avanzaba y ya estaba cerca la hora del paseo submarino que nos permitiría apreciar la belleza de los corales en aquellas islas paradisíacas…

Sabido es que andar a pie es saludable y ayuda a mejorar la circulación, será por eso que caminamos (o porque las extremidades inferiores eran el único medio de transporte en la raquítica isla aquella).  La mochila, ya liberada de la carga de las bebidas y con algunos chocolates y galletas menos, no resultaba tan dolorosa, aunque el sol, animado por la cercanía del medio día, quemaba como el infierno (ese del que mi padre, librepensador hasta donde pudo, dudaba, y del que yo, condenado a él si me equivoco, no creo ni en mis noches más febriles).

Volvimos a la recepción del hotel/isla/“risort” que, como en un cuento fantástico, era el comienzo y el fin de todo en aquel lugar.  Preguntamos por el paseo submarino y nos dijeron “allá”, con esa precisión imposible de todos los que por acá no saben decir no sé y responden cualquier cosa con tal de no quedarse callados.  

Seré justo, el encargado esta vez sí acertó.   El “allá” al que nos dirigimos siguiendo la línea imaginaria trazada por su brazo, era el muelle.  Un segundo muelle, más pequeño, al lado del que nos había recibido a la llegada.  Tras unos cuantos pasos en la madera se descubría una especie de construcción metálica sumergida en el mar, una “celda” de unos 30 ó 40 metros cuadrados en la que, de repente, vi la aleta inconfundible de un tiburón.  Un camino, más o menos enclenque formado por los mismos bordes de la jaula llevaba hasta el centro de los laterales y, allí, una escalera dudosa bajaba hasta lo que descubrí que era el una especie de callejón hecho de fibra de vidrio que iba de un lado al otro de la celda y desde donde, lo supuse por las fotos del encarte, veríamos “peces  fascinantes en su estado natural”, a semejanza de los corredores transparentes bajo el agua que existen en muchos inmensos acuarios alrededor del mundo.

Nada personal tengo contra esas construcciones pero digamos que el estado general del mantenimiento de todas las instalaciones de la isla (sin ir más lejos, el óxido reinaba orgulloso en los fierros de la jaula aquella) me detuvo en seco.  “Ni hablar”, dije en español (que la rubia aún no sabe pero que, inteligente ella y conocedora de mis expresiones, comprendió al instante), “nou güey, mai dier”, expliqué en la lengua de Shakespeare como para que la cosa quedara clarita; yo no me metería a esa trampa ni por todo el oro del mundo.  Ella, con esa sonrisa que aún no estoy seguro si es ingenua o provocadora, me respondió, “nou José, dat is not da submarín”, al mismo tiempo que señalaba un desvío a la mano izquierda por el que yo, sin saber cómo ni por qué, ya estaba avanzando.  

Detrás de nosotros venían una familia y una pareja, así que, empujado por la gente y debido a la estrechez del espacio, no me quedó más remedio que continuar. A los pocos pasos se abría la boca de una escalera como la que da a los refugios antiaéreos, ¿cómo decirle a la rubia entusiasmada que arriesgaba no solo mi vida sino la de todos en unos escalones tan breves y reducidos que mi humanidad se exponía a quedar atascada entre las tablas?  ¿Cómo le explicaba que mi dominada claustrofobia podía renacer de repente como regresan los pensamientos pecaminosos en las personas castas?  Otra vez su sonrisa de súplica y mandato me llevaba hacia la posible desgracia. Y yo, idiotizado, avanzaba dócil.

Bajé las escalinatas con el cuidado enfermizo que los ancianos ponen en cada uno de sus movimientos porque saben que un mal paso a sus años deja de ser la metáfora de una vida licenciosa para convertirse en un fémur roto o una cadera dislocada que, en la vejez, son sinónimos de largas convalecencias y súbitas defunciones.  Contra todos mis pronósticos (que es muy latinoamericano eso de apostar contra uno mismo) llegué hasta el fondo y me encontré en una especie de barcaza sumergida cuyas lunas plásticas (y aparentemente resistentes) permitían ver lo que ocurría un par de metros bajo el nivel del mar.

Para mi sorpresa (y pánico silencioso –y silenciado–, que esto de hacerse el valiente se convirtió en una maldición de la que solo sería redimido semanas después con un amoroso “you are not tu breif, nou?” que me dijo cuando no me animaba a cruzar un riachuelo al lado de otra playa), había otra puerta en la proa del aparato aquel y por allí habían entrado también otros tantos que, a manera de trampa –movimiento envolvente o de pinzas, que le dicen los milicos–, me cerraban el paso por ambos extremos del buque semi-sumergido.  Con lo cual, la única víctima posible de cualquier atascadero en mitad de un accidente sería yo.  Bien por ellos.

DON JOSE DE SAN MARTIN Y LA INDEPENDENCIA DEL PERU

Don JOSÉ FRANCISCO DE SAN MARTÍN, fue hijo del capitán Don Juan de San Martín, nacido en Cervatos de la Cueza (Palencia, España) el 3 de febrero de 1728, y de Doña Gregoria Matorras del Ser, que vio la luz en Paredes de Nava, dentro de la misma jurisdicción provincial, el 12 de marzo de 1738.

El Libertador vino al mundo el 25 de febrero de 1778, en el pueblecillo de YAPEYÚ, capital entonces del departamento del mismo nombre –uno de los cinco en que fue dividido el gobierno de los antiguos pueblos guaraníes, organizados con el esfuerzo heroico de mártires y misioneros– en circunstancias que su padre ejercía las funciones de teniente de gobernador.

En 1781, la familia del Libertador se encontraba radicada en Buenos Aires y tres años después emprendía viaje a España en la fragata Santa Balbina, que arribó al puerto de Cádiz en la primera quincena de abril de 1784.

San Martín, después de cursar estudios en el Seminario de Nobles de Madrid, se incorporó en 1789 como cadete en el Regimiento de Murcia.
Durante su actuación en el ejército de la Madre Patria, luchó contra los moros en África y después combatió en Europa, en luchas sostenidas con franceses, ingleses y portugueses, interviniendo en treinta y una acciones de guerra. Por su actuación en la famosa batalla de Bailén, donde fueron batidas las legiones imperiales de Napoleón, fue ascendido al grado de teniente coronel y condecorado con “Medalla de Oro”, alto timbre de honor del insigne soldado argentino.

En 1811, obtuvo su retiro del ejército español, y se trasladó a Londres, pasando luego a Buenos Aires, en cuyo puerto desembarcó el 9 de marzo de 1812.

La independencia de los pueblos americanos fue la alta misión que lo retornó al suelo nativo. A poco de su llegada, el gobierno patrio le confió la organización del primer escuadrón del que sería después inmortal Regimiento de Granaderos a Caballo, y con él, tras instruirlo acabadamente en el manejo de las armas blancas y de fuego, obtuvo su primera victoria en el “Combate de San Lorenzo”, el 3 de febrero de 1813.

El general Manuel Belgrano, creador de la bandera argentina, se hallaba al mando del Ejército del Norte que había sufrido los reveses de Vilcapugio y Ayohuma y retrocedía hacia Salta con el propósito de reorganizar sus fuerzas. En esa circunstancia el Gobierno de Buenos Aires resolvió enviar una expedición de socorro al mando del coronel José de San Martín, a quien después confió el mando del recordado Ejército del Norte al relevar a su jefe el vencedor de Tucumán y Salta. San Martín asumió dicha jefatura el 29 de enero de 1814 en la gloriosa ciudad de Tucumán, donde estableció sus cuarteles.

El hijo de Yapeyú de inmediato se dedicó a reorganizar y disciplinar el Ejército, de acuerdo con sus amplios conocimientos militares. Se hallaba dedicado a esa ejemplar tarea, cuando debido a la enfermedad que padecía se vio obligado a solicitar licencia, que al serle concedida, se dirigió a Córdoba con el propósito de recuperar su salud.

Hallándose en Tucumán, fue donde San Martín planeó su genial y proyecto de cruzar los Andes y dar la libertad a Chile y el Perú. Siendo después gobernador intendente de Cuyo, comenzó la preparación del Ejército de los Andes.

Cuando las fuerzas estaban en el campo de instrucción establecido en Plumerillo, solía visitar la ciudad de Mendoza, a la que se trasladaba montando “un caballo negro, rabón, de trote largo”. Su vestimenta era muy sencilla –escribió Damián Hudson– pues usaba “pantalón de punto de lana, azul, ajustado a la pierna, bota granadera, un largo sobretodo de paño del mismo color de invierno, casaca larga de igual tela en verano, con botones de metal dorado, corbatín de seda o de cuero charolado, sombrero militar forrado en hule”.

Concluida la preparación del Ejército de los Andes, entre cuyos jefes principales figuraba el patriota chileno Don Bernardo O’Higgins, cruzó los Andes, valla que parecía insalvable para un ejército en campaña, y batió en Chacabuco el 12 de febrero de 1817 al ejército realista, restableciendo con esa victoria la libertad de Chile.

Reunida en Santiago, tres días más tarde, una representación de hombres notables, designó al Libertador para que fuera su gobernante. San Martín declinó ese honor, y entonces fue nombrado para regir los destinos del país hermano, con el título de Director Supremo, el brigadier Don Bernardo O’Higgins. Al asumir el cargo, el patriota chileno expidió a su pueblo una proclama en la que dejaba constancia de que “los hijos de las Provincias del Río de la Plata, de esa nación que ha proclamado su independencia como fruto precioso de su constancia y patriotismo, acaban de recuperaros la libertad”.

La reacción de los realistas no se hizo esperar, logrando sorprender a los patriotas en Cancha Rayada, pero el 5 de abril de 1818 eran nuevamente batidos por San Martín en la “Batalla de Maipú”. Esta victoria tuvo enorme importancia, no sólo militar sino también política, por su gran repercusión en todo el continente, llevando esperanzas a los pueblos dominados y causando a la vez halagüeños augurios, por sus derivaciones en la política europea.

Con motivo de la victoria de Chacabuco, el Cabildo de Santiago de Chile obsequió al general San Martín la suma de diez mil pesos, y el prócer, al declinarla, solicitó al mismo cuerpo que la destinara a fundar una biblioteca nacional, para que el pueblo, decía en una nota, “se ilustre en los sagrados derechos que forman la esencia de los hombres libres”.

Lograda la independencia de Chile, inició la organización del Ejército Libertador del Perú, integrado por tropas argentinas y chilenas, con el que se trasladaría a Pisco. Desembarcó en la bahía de Paracas el 7 de septiembre de 1820, anunciando a los peruanos que se había llegado la hora de su liberación. En ese punto inició su campaña, coronada con su entrada en Lima el 10 de julio de 1821, que hizo de incógnito en el atardecer de dicho día, para no quebrar la modestia y austeridad con que siempre rigió su extraordinaria existencia.

El 28 de ese mes, en la Plaza Mayor de Lima, proclamó la independencia peruana.

Ejerció funciones de gobierno con el título de Protector de la Libertad del Perú, y creó la bandera y el himno; fundó luego la Escuela Normal y la Biblioteca Nacional, a la que donó sus libros; decretó la libertad de los negros nacidos de padres esclavos después de declararse independiente el Perú y extinguió los tributos que pagaban los indígenas. Además inició la primera escuadra peruana y constituyó su ejército.

Después de entrevistarse en Guayaquil con el Libertador general Don Simón Bolívar, prefirió abandonar el campo de la gloria con un renunciamiento ejemplar, antes que claudicar en sus principios de Libertador de Pueblos. Una vez en Lima, convocó al Congreso Nacional y ante él renunció sus poderes. En esa ocasión pronunció un discurso lleno de altos principios y digno de su talla heroica, que concluía con estas palabras: “Desde este momento queda instalado el congreso soberano y el pueblo reasume el poder supremo en todas sus partes”.
En seguida abandonó la sala del congreso para trasladarse a su quinta de la Magdalena, con el propósito de descansar unas horas, antes de emprender el viaje de retorno a Chile, como tenía proyectado. Allí fue a visitarle una comisión integrada por varios diputados, que iba a ofrecerle, entre otros honores y títulos, los de generalísimo y fundador de la libertad del Perú, que San Martín aceptó únicamente en lo que expresaba de honorífico, pero no en cuanto al amplio poder que tenía su ejercicio.

En la madrugada del siguiente día –21 de septiembre de 1822– embarcó el Libertador, aureolado por la grandeza de su alma, con destino a Valparaíso. Después de detenerse en las cercanías de Santiago para curarse de una grave enfermedad que padeció, se dirigió a Mendoza, donde arribó en los primeros días de febrero de 1823 y en donde permaneció algún tiempo. Allí recibió la noticia de la muerte de su esposa, Doña María de los Remedios de Escalada, cuyo deceso se produjo en Buenos Aires el 3 de agosto. Quedaba huérfana de las caricias maternales su hijita Mercedes, nacida el 24 de agosto de 1816.

Al promediar el 4 de diciembre de 1823, llegó San Martín a Buenos Aires y fue a hospedarse por unos días en una quinta de los familiares de su esposa, de donde retornó a la ciudad para visitar a las autoridades gubernamentales que le retribuyeron la cortesía. Un ambiente de hostilidad comenzó a crearse en torno de su persona, y le atribuían los proyectos más absurdos.

Con el propósito manifiesto de dar a su hija una educación esmerada, resolvió trasladarse a Europa. De este modo conseguía alejarse también del molesto ambiente que le habían creado algunos ingratos en Buenos Aires.
El Libertador y su hijita Mercedes, el 11 de febrero de 1824, emprendieron viaje en dirección al Havre.

Durante el tiempo que permaneció en el viejo mundo, visitó diversos países. La ciudad de Banff (Escocia), lo distinguió con el título de ciudadano libre de dicha población.

A fines de 1828, emprendió regreso a la Patria y arribó a Buenos Aires el 6 de febrero del año siguiente, pero, dado el clima político que reinaba en el país, se trasladó sin pisar suelo argentino, a Montevideo, de donde, por las mismas razones, resolvió alejarse también, esta vez rumbo a Europa.

En el destierro que voluntariamente se impuso, añoraba siempre la Patria lejana, por la que continuó trabajando para asegurar su independencia. Durante algún tiempo permaneció en Bruselas, ciudad que le permitía sobrellevar con decoro su existencia, debido a los escasos recursos de que podía disponer entonces.

A comienzos de 1831 pasó a Francia. En este país frecuentó el trato de un antiguo compañero de armas, el entonces famoso banquero español Don Alejandro María de Aguado; la antigua amistad así reanudada se prologó en forma inalterable hasta el fallecimiento de éste, en 1842.

San Martín adquirió en 1834 la casa de Grand-Bourg, y allí pasó parte de su existencia en Francia, hasta que en 1848 debido a la agitación reinante en dicho país, se trasladó con su familia a Boulogne-Sur-Mer, dispuesto a pasar a Inglaterra, si la gravedad de los sucesos así lo aconsejaban.

Desde esa ciudad entabló correspondencia epistolar con el entonces presidente de la República del Perú, mariscal Don Ramón Castilla, quien en una de sus cartas lo invitó a trasladarse a su país, diciéndole: “Con gusto vería la elección que hiciera usted del Perú para pasar en él de un modo tranquilo, y en medio de verdaderos amigos, el último tercio de su vida".

En Boulogne-Sur-Mer, a las tres de la tarde del 17 de agosto de 1850, Don José de San Martín, generalísimo de la República del Perú y fundador de su Libertad, capitán general de la de Chile y brigadier general de la Confederación Argentina –como reza en su testamento-, entregaba su alma al creador. Se hallaban a su lado, su hija Mercedes, su yerno Mariano Balcarce, sus nietas Mercedes y Josefa, el representante de Chile en Francia Francisco Javier Rosales, y el médico que lo asistiera, Doctor Jordán. Al comunicar el diplomático chileno a su gobierno la triste noticia, expresó que el Libertador “acabó sus días con la calma del justo en los brazos de su afligida y virtuosa familia”.
Años después, en 1880, los restos de San Martín fueron trasladados a Buenos Aires, para ser depositados en el mausoleo que se erigió al efecto en la Catedral; figuras simbólicas que representan a la Argentina, Chile y Perú, le rinden guardia permanente.

Sólo ambicionó una cosa: la libertad de América. Por alcanzarla sacrificó todo cuanto tenía en aras de ese alto principio. Fue en vida glorificado y atacado, pero ni una ni otra cosa influyeron en la línea que se trazara y que siguió en forma inmutable, desconcertando con su templanza a sus enemigos.

Renunció a la gloria y envainó dignamente su corvo, que nunca fue usado para avasallar naciones, dejando a los pueblos con plena autodeterminación para elegir sus gobiernos y sus gobernantes.


martes, 2 de agosto de 2011

DEL MERCADO DE LIBROS DE VIEJO DE LA AVENIDA GRAU AL DE QUILCA

Durante la década de los 90 el mercado de libros ambulantes funciono en la Avda. Grau, la feria del libro “Pardo y Aliaga”  hasta su desaparición a inicios del año 2000, eran como unas cinco cuadras en medio de la avenida, con muchos puestos ambulantes, donde vendían todo tipo de libros y revistas usados y la mayor parte de la producción literaria informal del país. Proliferan las enciclopedias y gruesos librarios especializados, manuales materiales  antiguos a precios bajísimos. Hay también gran cantidad de textos escolares, de “literatura para el colegio” y los libros claves  que nos garantizan un triunfo seguro en la vida, ya sea a través de la oratoria , la actividad epistolar, amatoria, piropeando, pensando en positivo, aquí se puenen encontrar buena parte de los libros que figuran en  una librería convencional a una tercera o cuarta parte de su precio. Son en general los últimos títulos que se hallan en el llamado “circuito popular del centro de Lima”.
En cambio los libros pirateados no eran muy abundantes en ese lugar, porque había que ir al jirón Quilca. Era bastante interesante poder caminar las varias cuadras de la avenida Grau, bajo el toldo colocado entre los numerosos puestos viendo y preguntando sobre los varios libros que allí se vendián mientras afuera se escuchaba el caos vehicular de la avenida. Después los libreros ambulantes de Grau se mudaron al centro comercial Amazonas.
En esa época no era nada extraño tomar la vía pública del centro de Lima, sin pedirle permiso a nadie, más bien era muy normal. Durante los años ochenta  y parte de los noventa Lima era una ciudad cuyas calles habían sido ocupadas por todo tipo de vendedores ambulantes,  y cuando escribo a calles, no solo me refiero a las veredas sino también a las pistas. Los vendedores ambulantes se habían agrupado por rublos de ventas en diferentes vías de la capital y todos los clientes tenían un mapa sobre las distintas ubicaciones de los puestos ambulantes. Por aquel entonces era Grau la zona de los libros, así como otras calles lo eran de productos de ferretería, ropa, casettes de música, comida, productos de limpieza, aparatos eléctricos.
El comercio ambulatorio creció poco a poco durante los años ochenta, sin que los alcaldes hicieran prácticamente nada por evitarlo. En los años noventa el asunto de los ambulantes llego a su límite, porque estos construían puestos empotrados en plena pista, con luz eléctrica y puertas de hierro enrollables.
Al llegar a la Municipalidad de Lima en el año 1996, el alcalde Alberto Andrade, decidió usando todo el poder de la negociación y la fuerza bruta, sin la ayuda de la policía y prácticamente sin el apoyo de las primeras autoridades de la nación, logro reubicar a todos los ambulantes del Centro de Lima. En el año 2003 cuando dejó la alcaldía de Lima, el panorama ya había cambiado totalmente.  

lunes, 1 de agosto de 2011

TACORA – TIERRA DE NADIE

En todas las ciudades grandes, en sus alrededores hay una zona donde se reúnen los vendedores de viejo, así aquí en Oviedo, se reúnen en el Fontán, allí se puede encontrar de todo, desde un armario, un clavo, o un libro muy antiguo, a cómodos  precios en sus alrededores.  
Es domingo de verano, me levanto pronto y salgo con dirección al Fontán, que es una plaza de forma rectangular que está situada en el casco antiguo de Oviedo. Su nombre proviene de la fuente manantial ó fontán que llenaba  la primitiva laguna que llenaba la primitiva laguna que se encontraba en esa zona, la cual era abastecida por manantiales naturales que brotaban en la zona y rápidamente se convirtió en zona de recreo de los nobles ovetenses.
Los campesinos que vivían en las afueras de la ciudad, se acercaban a este lugar a vender sus productos (leche, verduras, quesos, gallinas, huevos, etc; con este incesante movimiento no tardaron en aparecer los artesanos tales como los herreros, cesteros y asi poco a poco se fue formando un mercado que perdura hasta nuestros días convirtiéndose en el primer núcleo comercial a extramuros de Oviedo.
En mi camino hacia este mercado de “todo”, no encuentro a nadie por la calle, me da la sensación que me encontraba en mi querida y añorada Lima “la horrible”,  con ese cielo gris panza de burro. Al llegar allí me imagine estar en Tacora a las siete de la mañana , la manzana que invaden , frente al hospital dos de Mayo, ya a esas horas está copada de productos robados, chatarras, utensilios, refrescos de sobres y comida al paso.
Cuando uno camina por entre los puestos te sientes perseguido, que desde las puerta que acabas de pasar ya te están chequeando. Parecen francotiradores hambrientos. Uno asi camina paranoico y hasta se olvida del fétido olor que emana de aquellos peculiares personajes “los cachineros” de la Victoria.
Los delincuentes insultan y amenazan a cualquiera que los moleste. A ellos los tienes que mirar con buena cara y, aunque sea contar con una moneda  de sol en tu bolsillo, por si acaso. Ahí no existe la palabra no tengo, porque se te vienen con todo. Esos son los más tranquilos, porque los otros te roban sin piedad.
Aquel barrio de Manzanilla cerca de Tacora y La Parada, de ahí salen bastantes de los choros de la zona. Considerada como una zona de alto riesgo. Tan es así que a los habitantes solo les queda poner rejas, puertas dobles y vivir bajo cuatro llaves. Sus casas están sin tarrajear y en sus ventanas cuelgan todo tipo de prendas.
Cuando decides husmear el perímetro de la zona, volteas la mirada y notas que hay gente atrás que manosea lo que está en venta, y haces lo mismo. Le preguntas el precio a uno de ellos,  te dice uno y al segundo te lo rebaja, pero luego te pregunta  “cual es tu oferta, tú pones el precio”.  
Pero las cosas que ahí se comercializan  no están muy cómodas. Por ejemplo, cuanto le preguntas a uno de esos señores a cuanto se vendía aquel cuadro de marco marrón donde esta retratada una virgen, me dijo a secas y sin mirarme, “doscientos cincuenta soles, nada menos”. Tenía, pues una gran razón: la pintura pertenecía a la Escuela Cuzqueña. Estaba intacta, lista para colgar y se podría decir que su decoración  era de estilo barroco.
Por casualidad, en la otra esquina,  divise un saca corchos que estuve buscando por todas las tiendas de Lima en mi viaje anterior. Claro, cualquiera diría “si acá en Lima hay bastante”, Si, pero aquel era como una pequeña navaja, de siete centímetros de largo y dos de ancho, y de acero inoxidable.
Encontre uno pero muy caro a treinta soles. Obviamente no lo compre. Pero ese domingo vi el mismo abridor y pregunté su precio: diez soles. Para no perder la costumbre, no llevé dinero. El señor me vio muy interesado por el objeto, yo lo tenía en mis manos,m dibujaba con mis dedos su entorno y lo empuñé: cabía en mi mano. Entonces cuando me vio resignado, me dijo “ven el próximo domingo, te lo dejo a cinco soles, estoy aguja”. Lo mismo me ocurrió con una batería original para mi cámara de video.
Así, con paciencia y cuidado, cualquiera de nosotros puede encontrar en ese lugar los faros de su carro recién comprado o su billetera de le baratearon en Gamarra o Polvos Azules y hasta el polo que tu hermana adquirió en Ripley.
A Tacora acude gente que en su mayoría vive en Barrios Altos, el Agustino, la Victoria y el Cercado de Lima. Los micros que pasan por ahí cierran sus ventanas y los pasajeros miran extrañados a tanta gente que visita el lugar. Ahí, el calor, sumado al olor a basura, da dolor de cabeza.
Poco a poco los “cachineros” se están apoderando nuevamente de las calles y veredas para seguir haciendo de las suyas. Entre ellos y los pirañitas parecen haber firmado un pacto: te vas a las tres de la tarde o te robo. Así decían los que a l as dos y media ya estaban guardando sus cosas. No compare, tenemos que irnos antes de que salgan los pirañas, pe, si no ya fuimos”.
Mientras esta gente sigue viviendo al margen de la ley, sus ilícitos negocios siguen prosperando. A nadie les pagan, a nadie responden, y hacen de esas cuadras su centro de operaciones.
Apretadas calles, carretas oxidadas, humo tóxico, pasajes malolientes, comida barata, delincuentes, ratas muertas, basura, droga y alcohol, eso es Tacora, donde todo se compra, todo se vende, donde todo se espera, hasta la misma muerte. Es tierra de nadie.   

UJO - UXO

Los orígenes de Ujo se remontan a la Roma de Augusto –año 19 antes de Cristo–, en el que el último territorio de Hispania fue sometido al invasor después de la caída de Lancia en la Asturias Cismontana. Ujo (Ostiun o Ustium, palabra latina que significa puerta, entrada o dintel) era y es confluencia de valles, ríos y caminos, y hoy, además, de carreteras y ferrocarriles, de ahí lo de entrada, puerta y dintel, y que las legiones romanas, dado lo estratégico del enclave y lugar, establecieran allí un importante cantón militar, base y origen del pueblo de Ujo. Su primer mando lo ostentó el centurión Cayo Sulpicio Úrsulo, cuyos restos y armas, muy bien conservados, fueron descubiertos al iniciarse las excavaciones para la construcción del Depósito de máquinas a vapor.
Existen vestigios en la zona que confirman la presencia de población autóctona en Ujo, anterior a la ocupación romana.
Se sabe que Publio Carisio (legado del emperador Cesar Augusto) al que encomendó la conquista de Asturies partió de Legio (León) llegando a Ostium o Ustium (Ujo-Uxo) donde establece un campamento romano de tránsito, camino de Lucus Astorum (Lugo de Llanera), esta via romana es hoy conocida como “Ruta Caricia”.
Del asentamiento romano en Uxo, existen tres ejemplos que lo demuestran y que se encuentran en el Mu seo Arqueológico de Asturias. Son unas inscripciones hechas en la piedra, una de ellas dedicada a Nimmedo Seddiago, presumiblemente Dios Astur y que está firmada  por Caio Sulpicio el Africano, por devolver con vida a sui sobrino Caio Sulpicio Ursulo. Las otra esta dedicada a Lucio Severo Corona y a su mujer Octavia y la tercera, nos cuenta donde llegó Caio Sulpicio Ursulo perteneciente a los Synmschiari, ejercito astur a órdenes de Roma. Este personaje, según la inscripción de la lápida, llegó a ser prefecto de los Symmachiari en la guerra de Dacia y Centurion Romano.
En el año 860 el rey Ordoño I entrega al Obispo Fromicio de León la Iglesia de Santa Eulalia fundada en la villa de Ussio (nombre de la época). Según un pergamino que se encuentra en la Catedral de León.

domingo, 31 de julio de 2011

EL RANFAÑOTE UN DULCE DEL PASADO

Canela, clavo de olor y cáscara de naranja, ceden sabores e imprimen color a la miel de chancaca, que baña los pequeños trozos de pan tostado en la sartén... y dan vida al Ranfañote, del que hablaremos hoy.

Lima, ciudad que de manera justificada y por razones evidentes ha sido calificada como "dulcera", es sin duda cuna de muchos dulces y postres que todas las generaciones, desde la colonia, siguen disfrutando. Muchos nacieron en casas, producto de los entreveros y menjunjes, otros vieron la luz por la necesidad de paliar antojos; otros algo mas elaborados, salieron de manos religiosas, casi santas, en el seno de los conventos.

Sería casi imposible dejar de mencionar, que hubo dulces que tuvieron su origen, de las sobras y excesos de banquetes nobles, de limeños de alcurnia y de españoles colonos, salieron de sus mesas sin forma aparente y fueron transformados en la humildad de una olla, de un fogón o de un horno improvisado.  Manos negras, esclavas, serviles, fueron capaces de dar forma, belleza y sabor a dulces como el que hoy nos convoca...

Y antes de empezar con el relato, quede claro que un postre, un dulce o un sabor azucarado en nuestro paladar constituyen más que un gustito, un estimulante, necesario a veces, para los días de modorra, o para las tardes de desánimo. Y el ranfañote me trae el recuerdo de uno de esos episodios a los que no somos ajenos.  Obviando los detalles diré que fue la primera vez que probé un poco de ese peruanísimo postre: una invitación de mi amiga Paola Reynoso, que llegó oportuna hace casi 7 años... y gracias a ella comprobé como ejerce su poder de reanimar, el hecho de compartir un postre.

Los platos y postres que componen la gastronomía de cualquier país, sobreviven gracias a las personas y sus costumbres, sin embargo podrían también quedar en el tiempo y desaparecer. El Ranfañote es uno de esos postres que podría perderse en la historia, si es que no hubiera de esas personas que continúen divulgando su sabor y compartiendo su presencia que nos habla de la Lima de los Reyes.

Este trabajo nos permite conocer y alternar con hombres y mujeres valiosas, para más que estos fines de supervivencia, y es que al calor de sus conocimientos podemos cocinar también algún "dulce de olla", como bien lo menciona Carmen Villar, una apasionada de los postres del Perú.  Y no la buscamos solo por la calidad de los productos que ofrece en "La Pastelería" de Lince y ante los que hemos sucumbido más de una vez, sino que su compromiso de revalorar lo "que se está perdiendo en el tiempo, respecto a los postres", la convierte en ideal para nuestra conversación.

Carmen Villar, limeña, viene de familia con costumbres netamente hogareñas: reunirse juntos a la hora del almuerzo, tomar el te y esperar a las tías con las ansias de que pronto llegarán con un postre hecho en casa para disfrutar de la hora familiar... "han pasado un poco mas de 30 años de esos episodios tan queridos", me dice nostálgica; mientras se repone y empieza a contarme algo más sobre su historia... y la del ranfañote, también...

¿La cultura afro peruana tiene que ver en esta historia, verdad?  Así es –me responde inmediatamente- "los hombres y mujeres que trabajaban en casa de los señorones, recibían como parte de su pago, trozos de pan, que al principio, en ese estado de dureza podía ser comido; pasado el tiempo comenzaron a idear la manera de cambiarle el sabor, lo tostaron, le agregaron miel –justo en la época del auge de la caña de azúcar- y el bocado les supo mejor".  La miel de chancaca fue mejorada y saborizada –añadimos- "si, poco a poco, este postre que había sido concebido para calmar hambres y reponer energías, con los años fue transformándose..."

No faltó quien en algún momento le pusiera clavo de olor, canela y cáscara de naranja a la miel, "que es lo único que requiere ser cocido en este sencillo postre" –me explica Carmen, con la experiencia que le dan los años que lleva como  profesora en varias instituciones en las que impartió sus conocimientos. "Ahora estoy en el Instituto de los Andes y enseño los cursos de Postres Peruanos y Cocina Peruana".  Esto, además de darle la posibilidad de manejar también un negocio familiar, cumple con su propósito principal de hacer de su especialidad, un apostolado, pues le inquieta la idea de transmitir a sus alumnos, la importancia de preservar lo tradicional.

"Es importante que el pan quede muy crocante, no se debe dejar que la miel lo remoje, solo que los ingredientes se mezclen; luego se añaden pasas, pecanas o nueces y coco, todo en trocitos pequeños, finalmente el queso fresco, no muy salado" me explica con detalle, mientras hace memoria y me dice que "los postres en casa, eran como el pan de cada día, de ahí me viene la predilección".  Recuerda también que hasta el año 80, lo común era preparar el Ranfañote con el coquito pequeño cortado en trozos, "ahora hay escasez de este fruto y se le reemplaza con el coco tradicional".

Después de escucharla y sentir que con vehemencia Carmen me asegura que comenzará a preparar postres que "están pasando al olvido", le hago también la promesa que haremos una campaña, cada quien desde su trinchera, para preservar lo realmente valioso y delicioso... Luego se deshace en explicaciones y enumera postres que, muy probablemente, las nuevas generaciones no hayan escuchado hablar, y se entusiasma y me sigue explicando, y nos salimos del tema… y luego el cauce natural de la conversación, nos devuelve a el.  Eso solo corrobora la inmensidad de tesoros que hay que rescatar del olvido y de la historia.

Este popular postre que empezó a prepararse y difundirse en la sencillez de la servidumbre, comenzó a tener mayor importancia al sofisticarse con las frutas secas –no podríamos dejar de mencionar, que la influencia mora, algo tuvo que ver con estos elementos- pero el pan francés, el quesito y sobretodo la miel de chancaca provinieron del trabajo y la creación de manos y mentes peruanas. A mediados del siglo pasado, a las 5 de la tarde, era común acompañarlo con una tacita de te –mejor sin azúcar- alrededor de la dulzura de su sabor, las familias disfrutaban de este momento, pues todo se tenía a la mano... Así era la vida en la ciudad hace menos de un siglo, hoy varios de nuestros postres pasarán al olvido si no tenemos el compromiso de traerlos a la vida, a nuestra mesa... 
Rezagos quedan de muchos de ellos, otros han sobrevivido y se han seguido transformando, fusionando...  Nuevos elementos se han agregado a las recetas tradicionales. Frutos frescos y secos de otras latitudes han anidado en nuestra culinaria, nuestras tierras han seguido produciendo y enriqueciendo con su aporte, preparaciones convencionales. Algunos se extinguieron y dejaron su recuerdo en libros, recetarios y en la mente ya disipada de nuestros abuelos. Otros continúan luchando por su vida... El ranfañote, gracias a investigadores culinarios, chefs, maestros de la cocina y pastelería, nos seguirá hablando hasta que nuestro compromiso con revalorar nuestras costumbres, se lo permita...