miércoles, 21 de agosto de 2013

LOS CAÑOS QUE SIEMPRE TUVO OVIEDO

CAÑU DEL FONTÁN

Fuente y lavadero situadas en la Plaza de Daoiz y Velarde, situada en uno de los ángulos del Palacio del duque del Parque.
Fue inaugurado en 1657. Edificada con bloques y sillares, en la parte alta hay un florón con cruz y los caños, en la parte inferior, son dos rosetas bajas.
Para acceder a la fuente es necesario  descender varios escalones, ya que se encuentra dos metros por debajo del nivel de la plaza. Para beber del cañu, es necesario arrodillarse y casi tocar la cabeza con el suelo, dado que esta se encuentra al ras del suelo.
Esta popular fuente fue sepultada  a principios del siglo XX, y recuperada en el último cuarto de siglo.

LA FUENTONA

Esta fuente fue inaugurada el 21 de septiembre de 1875, día de San Mateo y cierre del Jubileo y del verano. Siendo alcalde José Longoria Carbajal que colocaba una placa con su nombre  a todo lo que inauguraba. Los ovetenses muy dados a su fino humor  le dedicaron la siguiente copla:

“Esta urna funeral
De las aguas de Fitoria
Eterniza la memoria
De Longoría Carbajal;
El ser más original
De cuantos el mundo cría,
El que tiene la manía
De poner su nombre en todo
Y a quien llaman por apodo
El duque de Villafría…”

LA FUENTE DE FONCALADA
Esta fuente se encuentra situada al noroeste de Oviedo, en la confluencia de la calle Gascona y la calle Foncalada.
Se dice que el Rey Alfonso III la mando construir para proteger un manantial de agua potable que brotaba junto al antiguo camino que unía los Palacios del Naranco y la ciudad de Oviedo. La mención más antigua de este monumento data de 1096: en una donación de Alfonso VI a la catedral de Oviedo se cita Fonte incalata.
La fuente está situada sobre un manantial natural, aprovechando la zona de pendiente de la escorrientía. Se preparó la construcción del monumento excavando una fosa, la cual se acondicionó para sustentar el nivel superior por medio de enormes bloques de piedra caliza. La fuente consta de un canal cubierto de una anchura media de un metro, formados por bloques calizos labrados en sillería. Además se puede  reconocer con facilidad el edículo, o templete de planta cuadrangular con cubiertas a dos aguas que sirve para realzar la salida de agua al exterior y un pequeño estanque que detiene el caudal de agua. Dicho templete tiene arco de medio punto y bóveda de cañón. Tiene por característica más relevante el módulo alargado que presenta, con una proporción de 6:1, beneficiando la longitud respecto a la altura. Su disposición se da en serie de sogas.  
Conserva significativas inscripciones de conjuro contra el mal, de uso habitual en las construcciones de la Monarquía asturiana. En el frontispicio triangular de la fachada oriental está tallada la Cruz de la Victoria, con el Alpha y la Omega, bajo el que figura la misma inscripción que encontramos tanto en la Cruz de los Ángeles como en la de la Victoria: Con este signo se  protege al piadoso. Con este signo se vence al enemigo” y debajo de ella: “Señor, pon el signo de salvación en esta fuente  para que no permitas entrar al ángel golpeado. La inscripción latina se lee así en el monumento:
“Hoc signo tuetur pius. Hoc signo vincitur inimicus. Signun salutis pone Domine in fonte ista ut non permitas introire angelum percutientem”
Es la obra civil de carácter público más antigua de Oviedo y, hasta principios del siglo XX, todavía era usada por los ovetenses como fuente y lavadero. Posteriormente, el 4 de Junio de 1931, fue declarada monumento.
Entre 1991 y 1994 se realizaron excavaciones arqueológicas en el entorno de la Foncalada, a fin de prepararla para su restauración, y se llegó a descubrir el  c anal primitivo.
LA FONTICA
Manantial de Oviedo, al que se accedia por una fuente situada delante de la Iglesia de Santo Domingo, cuyas aguas tenían fama de ser curativas, y a las que se atribuía el poder curar la ictericia, el estreñimiento , las afecciones del hígado e incluso alargar la longevidad   de los que la bebían, además de las propiedades preventivas contra el cólera.
Se accedía a la fuente a través de una escalera y el recinto estaba delimitado por una barandilla metálica. Durante un tiempo la Fontica estuvo iluminada  con una farola de gas, que hubo que ser recolocada, ya que el gas se mezclaba con el agua, dándole mal sabor y eliminando las propiedades curativas que se le atribuían
A la Fontica se le atribuye una leyenda en la que se contaba  que en ella había vivido un culebrón, cuya cueva estaba en el Monte de Santo Domingo. Como el gran monstruo   tenía aterrorizados a los vecinos se acudió a los padres del Convento de Santo Domingo para que les librasen de él. Los padres realizaron múltiples exorcismos  sobre el bicho que finalmente se enrosco en un círculo en el fondo de la fuente y a la que terminaron matándolo dándole de comer un pan relleno de alfileres.  Se cuenta que el origen de esta leyenda  está en que este reptil lo trajeron los dominicos desde Filipinas y dejaron de qwue viviese en la fuente, pero el animal daba tanto miedo a los vecinos que finalmente tuvieron que acabar con él.
 FUENTE DE LA NOCEDA
Fuente que estuvo situada cerca de la Puerta de Noceda.  La fuente fue trasladada poco después a la esquina que forman la calle de La Vega y la calle San Vicente, siendo derruida a mediados del siglo XIX.
CAÑU DE VILLAFRÍA
El 18 de enero de 1992 se dio por finalizada la recuperación de la fuente conocida como “cañu de Villafría”. Esta fuente, de la que se tiene constancia desde el siglo XVII sufrió en 1934 las consecuencias de la Revolución de Octubre siendo escenario del fusilamiento de varias personas.
El ayuntamiento de Oviedo incluyó en su plan de obras de 1992 la recuperación y restauración de las viejas fuentes, como la fonte de Pando, la de Fitoria o la fuente de los Cuatro Caños.


lunes, 19 de agosto de 2013

EL JIRÓN DE LA UNI´´ON Y EL PALAIS CONCERT

El Palais  Concert, estaba ubicado en llas esquinas del Jirón de la Unión, con la Avda. Emancipación, (hoy Jirón Cuzco)era un célebre café-cine-bar  ubicado en la esquina del Jirón de la Unión y de la Avenida Emancipación en pleno centro de Lima; durante las décadas de 1920 a 1940. La firma de ingenieros que lo construyó fue la del célebre Gustave Eiffel, cuya torre en París que lleva su nombre fue la edificación más importante en el mundo a finales del Siglo XVIII. El Palais fue importante por reunir a la élite intelectual de la ciudad de Lima, representada en la persona del escritor del escritor Abraham Valdelomar a quien se le adjudicaría la creación de la frase que formaría parte de la tradición oral limeña, aunque no exista una fuente escrita que señale que él la pronunciase.“ El Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión, el Jirón de la Unión es el Palais Concert y el Palais Concert, soy yo”. Así resumió la efervescencia literaria que se vivía por aquella época.
“Lima, quien no te ve no te estima”,
“ La garúa, la inofensiva “mollizna”, como la llaman los científicos, crea y decora uno de los aspectos vespertinos más propios de la ciudad”.
“Es el clima el que se modifica por los hombres y la civilización. La modernización de Lima ha coincidido con apreciables cambios climáticos...”
“Felizmente, garúa y temblores al fin limeños, no son tenaces...”
“Lima, tiene dos accidentes geográficos, el río Rimac y el cerro San Cristóbal, mudos testigos inmemoriales del auge limeño. Río y cerro que tienen tradición y leyenda y que viven indisolublemente unidos a la historia de la ciudad...”.
“El cerro se yergue al Norte de la ciudad, vigilante y altanero, como un hidalgo castellano ostentando la católica cruz sobre la cima...”
“Cerro árido e indiferente...”
“Un pequeño caserío de indios, y el que juzgaron “sano y airoso”, com muy buenas salidas y tierras para labrar y abundancia de leña...”
Paseo por el Jirón de la Unión, que une la Plaza de Armas, que se hallaba rodeada por el palacio Pizarro, la catedral con el palacio arzobispal adyacente, y el cabildo o ayuntamiento. En el centro de la Plaza hay una gran fuente. En su “Crónica del Perú”, Cieza de León nos la describe con las siguientes palabras: Hay en la plaza una fuente   de buena agua que se trae encañada una legua  y un cuarto della, y demás desto por una acequia grande, que se saca del río por la parte de oriente, se lleva agua de pié a todas  las más de las casas de la ciudad...”- y la Plaza San Martín, como ha cambiado, ya no es lo que era en las épocas en que yo estudiaba en la Universidad Católica, las limeñas que a eso de las seis de la tarde, armaban todo el bullicio en los jirones centrales, de honda y crepuscular melancolía en los paseos abandonados, la garúa desciende entonces con una gracia leve y presurosa, arropa las casas con un gorro de neblina y se desliza entre el trajín urbano , hasta que pinta un húmedo brillo en los asfaltos engarza algunas cuentas de cristal en los alambres telefónicos, estruja el diario  de algún lector callejero, amontona  junto a las aceras  un copioso fango municipal y se dispara, después de haber alucinado a unos cuantos extranjerizantes con su picaresca  e insidiosa  comedia invernal. 
El temblor sustituye adecuadamente a la tempestad, espectáculo demasiado trágico y solemne para el ligero espíritu criollo. Hay algo de la bufa alma limeña hay, en cambio en el fenómeno sísmico. Si la garúa es irónica, el temblor parece una broma de un oculto dios subterráneo.  Por aquellos años, había otra clase de gente, gente bien vestida, y que casi toda se conocía.
El Palais Concert o Casa Barragán fue mandado a construir por Genaro Barragan Urrutia,  acaudalado hacendado, tenía por objeto construir uno de los edificios más lujosos de Lima. En el primer piso se levantó la Confitería
Bar y en el sótano una gran sala que albergaba un teatro y uno de los primeros cines de Lima, el segundo piso era la residencia de la familia Barragán. El martes 29 de febrero de 1913, a las 6 de la tarde, en el local de la esquina de la antigua calle Baquíjano, se inauguró el Palais Concert, como imitación del Café de la paix de París. Hecho a todo lujo y gusto, esta confitería y bar tenía cine, teatro de variedades y una orquesta –compuesta por señoritas- que tocaba valses vieneses. La decoración era extraña para los limeños de entonces: profusión de luces eléctricas, espejos en las columnas y paredes, lunas en blanco y amarillo que separaban los ambientes, las puertas y ventanas con lunas vitró, escaleras de mármol y palcos bien alumbrados. La ceremonia de inauguración estuvo presidida por el entonces alcalde de Lima, Nicanor Carmona, quien, después de pronunciar un breve discurso, brindó con champán. El local, con sus modernas máquinas, fabricaba sus propios helados, pastas y confitura. Desde el día de su inauguración, el local se convirtió en el principal punto de encuentro de la sociedad limeña y su aforo era desbordado cuando se recibía el Año Nuevo. Según la revista Variedades, la pobre "vida nocturna" de entonces mejoraría notablemente con la apertura del Palais Concert, lugar de encuentro de la elite social e intelectual de Lima.
De un estilo afrancesado, el Palais Concert sirvió como punto de reunión del Grupo Colónida, agrupación de personajes liderados por Valdelomar que editaron la Revista Literaria Colónida, que fuera calificada por el importante escritor José Carlos Mariátegui, como "vagamente iconoclasta, imprecisamente renovadora". Asimismo, José Carlos Mariátegui y el poeta César Vallejo fueron otros de los personajes que frecuentaban el Palais. Su ubicación, justo enfrente de la que fuese declarada monumento (Resolución Ministerial-0928-ED del 23 de julio de 1980), la llamada "Casona Jiménez" (Jirón de la Unión #701), propició asimismo numerosos encuentros de carácter social entre estos intelectuales en dicha casona, todos amigos y colaboradores de quien en aquel entonces ahí vivía con su esposa, su suegra y las hermanas y tías de ambas, todas a su vez sus propietarias, el periodista y luego diplomático consular Carlos Pérez Cánepa, fundador y dueño a su vez de los semanarios de publicación nacional ¨Suramérica¨y "Lulu", en cuyas páginas publicaros sus escritos precisamente todos los ya mencionados, a saber, Valdelomar, Mariátegui y Vallejo, así como Leonidas Yerovi, José Santos Chocano y otros escritores y poetas de la época.
Como observó José Carlos Mariátegui "Colónida" representó, no una revolución, sino solo "una insurrección”, una necesaria “fuerza negativa, disolvente beligerante” contra el academicismo reinante en la crítica y en la producción literaria, oponiéndose a figuras como José de la Riva Agüero y Osma y Ventura García Calderón. Los colónidas estaban en contra de toda rigidez literaria y pregonaron la renovación de temas y estilos.
Al mismo tiempo inauguró entre los literatos del Perú una conciencia cultural: en este sentido fue un manifiesto de afirmación nacional, opuesto a la dependencia que guardaban nuestras letras respecto de España. Defensor de un cosmopolitismo que devolviese al país su autonomía cultural. Son estos rasgos los que generaron la admiración Manuel González Prada, hacia el grupo, llegando a afirmar el ya anciano literato que la generación “colónida” era la más fuerte, fecunda y valiosa de cuantas generaciones literarias hasta entonces tenido el Perú.
Simultáneamente mostró una preocupación por reivindicar y apoyar a los jóvenes valores de provincias, hasta entonces olvidados o simples convidados de piedra.

Desde el año 1991, el edificio del Palais Concert aparece en el anverso del billete de cincuenta nuevos soles junto a la imagen de Abraham Valdelomar..
Desgraciadamente en los últimos años, en el Palais Concert se instalaron tiendas, pollerías, zapaterías y hasta una discoteca en su segunda planta llamada “Cerebro”, la cual fue clausurada en 2009.

En el 2011, una importante tienda detallista multinacional afirmó invertir $8 millones en el proyecto de reacondicionamiento de los ambientes del celebérrimo local y posterior compra de mercadería para convertirla en una tienda por departamentos.
Desde abril del 2011, un grupo de activistas, tras registrar en video el inicio de las obras de construcción de Ripley sin tener el proyecto aprobado, en acción de protesta creó un colectivo llamado Red de Patrimonio Cultural que a través de su iniciativa Salvemos el Palais Concert busca concientizar a la ciudadanía sobre el valor intrínseco y el significado de este monumento para la cultura y arte en la historia del Perú.


domingo, 18 de agosto de 2013

NOSTALGIA, DE MIS AÑOS EN LAS AULAS DEL COLEGIO LA SALLE


Sebastián Vallejo

Siempre que puedo, cuando vuelvo a Lima, me reúno con mis antiguos compañeros de estudios. Esta vez, decidimos visitar nuestro ya vetusto colegio en la avenida Arica. ¡Cuantos recuerdos hay entre sus paredes y en sus patios para nosotros ya casi olvidados!. Es como abrir una caja china; pues los recuerdos suscitan más y más recuerdos, casi  sin poder evitarlo.

En la visita que hicimos, esta vez, el colegio nos resultó un tanto diferente y lejano; seguramente por los años de ausencia que habían pasado. Cuando llegamos al viejo portón de entrada al patio, el portero nos indico que dejáramos el carro al fondo, en las antiguas cocheras donde se guardaban nuestras góndolas; al llegar, nos dimos cuenta de que allí faltaba algo... Todo, aquello, ya no estaba como en nuestro tiempo en que estudiábamos. Ya no existía el foso donde el “loco” Elías, -que era  “chofer mecánico”-,  arreglaba los ómnibus;  tampoco estaban aquel caño con su manguera muy larga, para lavarlos y tenerlos brillantes, antes de salir a hacer su recorrido.

¡Cuantos recuerdos se nos agolparon, de repente, en nuestras mentes!. ¡Eran como notas dormidas que despertaban, de pronto, después de un largo sueño!. También se nos vino a la memoria la figura del Hno. Hipólito Bartolomé, dando vueltas entre los ómnibus a los cuales mimaba como si fueran sus hijos; y nos lo imaginamos, por un momento, dando instrucciones a los chóferes antes de salir a recoger o dejar a los alumnos.

Esa gran flota de ómnibus GMC que teníamos en el colegio, que por aquellos tiempos, era una de las mejores de Lima, ya no existe. Le seguían por este orden, los ómnibus de la Inmaculada y la Recoleta. Y creo que entre los autobuses de mujeres eran, San José de Cluny, Belén y Santa Ursula. Todos los ómnibus llevaban a los costados el nombre o logotipo del Colegio. Ahora los tiempos han cambiado, ¡que es una barbaridad!. La mayoría de los alumnos va por su cuenta, por lo que ya no es necesario tener “las góndolas” para recoger a los alumnos en sus casas a lo largo y ancho de la gran Lima como en aquellos años.

Desde hace años, los colegios tienen horarios corridos, porque por las tardes no hay clases. Si se tuviera que ir al colegio mañana y tarde, como cuando estudiábamos nosotros por aquellos años, ¿cómo se hubieran arreglado los chóferes de nuestras góndolas para llegar al colegio, a la hora?, Ya que el trafico de esta gran ciudad – que se ha cuadruplicado- es un verdadero caos; ahora, que, para ir al centro de Lima, nos podemos demorar casi media mañana; y atravesar la gran ciudad, de punta a punta, nos puede exigir varias horas.   

En nuestro colegio, siempre se le llamó al ómnibus, “la góndola”; y no era porque anduviera por el agua como en Venecia, la ciudad donde las calles son canales. Otra de las acepciones que indica el diccionario de la Real Academia, sobre  góndola es: “semirremolque de plataforma sin paredes laterales destinado al transporte de cargas pesadas, de unos 25 a 60 toneladas”. Me imagino que cuando llegaron los primeros hermanos al Perú a fundar lo que sería nuestro querido Colegio de La Salle,  al encontrarse en Lima, siempre había una fina garúa; seguramente fue cuando ellos bautizaron a los ómnibus con el nombre de “la góndola”.

En esta Lima del siglo XXI, -la capital mundial de la desesperanza-, en nuestro recorrido por las estrechas calles de la Lima cuadrada, se observa el caótico ir y venir, a grandes velocidades, de los micros que se pelean por llegar los primeros a la parada para atrapar a sus pasajeros, quienes se apelotonan, apurados, en los paraderos para tomar su carro. Los chóferes del Perú son admirados en cualquier parte del mundo. En la capital, se encuentran los mejores chóferes del mundo y los taxistas más cultos. Por la gran habilidad necesaria para que el chofer pueda salir ileso del peligrosísimo tránsito de Lima...por la enorme cantidad de profesionales que se ven obligados a hacer taxi a causa de la gran desocupación que sufre el país.

Es necesario saber que en el antiguo Virreinato del Perú, no se tienen en cuenta las leyes del tránsito. Aunque está bien claro que esas normas son internacionales, solamente se tiene en cuenta la ley de la luz verde o roja del semáforo; ya que desde hace muchos años, la amarilla o ambar, fueron declaradas inútiles; y en muchos casos, la luz roja, ni se respeta.

Las líneas blancas o pasos de cebra de las calles, no tienen ningún motivo de ser, porque, ni los peatones ni los mismos policías de tránsito las respetan. Las intersecciones o cruces de las calles, salvo las más importantes, carecen de semáforos. Es en esos cruces, donde se demuestra la valentía, la capacidad y la sagacidad del que conduce. El que se mete primero, por la razón de la fuerza, es quien se otorga el derecho de pasar. Esta demás decir que en mi país, no se utilizan las luces direccionales de virar a la derecha o a la izquierda; sólo, como antiguamente; se saca la mano para advertir a los otros conductores que se va ha hacer la maniobra.

La sagacidad sirve para conducir siempre a la defensiva, esperando ser víctima de alguna heroicidad en la que el infractor siempre tendrá la razón; ya que todos suelen otorgarse el derecho a la preferencia.

En este enmarañado tránsito,  todo se resuelve con bruscas aceleradas y frenazos, a la derecha o a la izquierda, con adelantamientos mediante la invasión a la vereda destinada al peatón, con sacadas de mano brazo y con recriminaciones  o insultos de todo tipo. En todo momento debe de ir pensando, y muy atento, en lo que va ha hacer el que va manejando delante o al costado.

Para poder sobrevivir, quien conduzca un vehículo en el intrincado, caótico y peligroso tránsito de la capital del Perú, es necesario que sea un maestro en el dominio del volante, y que tenga un total dominio del sistema nervioso; y que sea verdaderamente  audaz y sagaz. En una palabra, hay que tener nervios de acero para poder conducir por las intrincadas calles de la capital peruana.

El caos del tránsito urbano de Lima, lo causan, no solamente los vehículos sino los peatones  con quienes comparten esa responsabilidad; cruzan las calles en todas direcciones; pues en mi querido país, no se ha podido enseñar al peatón a que pase por las líneas de cebra, o a que sepa respetar los semáforos. No existe sanción de ningún tipo para quien lo hace. Las consecuencias de este caos, son alarmantes: un promedio de ochenta y cinco accidentes diarios con seis muertos; lo que ocasiona más desaparecidos que el terrorismo, en el mismo período de tiempo.

Siguiendo la costumbre de nuestros antiguos compañeros, nosotros le seguimos llamando “la góndola”.  ¡Cuántos recuerdos tenemos de ellas!: ¡hacíamos cuatro viajes al día!. Nos recogía por la mañana, muy temprano, para llegar al colegio aproximadamente a las 8.10  y entrar a las 8.30, cuando nuestra fiel campana nos avisaba que teníamos que comenzar la ardua tarea de estudiar. Por la tarde, se hacía la misma operación, para entrar a las 2.30 y retornar a nuestras casas después de las 5.30, hasta el día siguiente, en que se volvía a repetir la monotonía de todos los días, durante los nueve meses que duraban nuestro año lectivo.

Al terminar las clases, tanto a la salida de la mañana como de la tarde, teníamos que formar en el patio y escuchar las indicaciones del Hermano Prefecto, quien, desde “la Chulpa”, observaba todos las evoluciones de las filas de los distintos cursos de la secundaria. Los alumnos de primaria, casi siempre, iban directamente a la góndola, así como los alumnos exonerados de formar.

A una señal del Hno. Prefecto, se rompían las filas, y cada uno se dirigía a formar frente a su góndola que se encontraba estacionada en uno de los costados del patio central,  lista para salir a dejar a los alumnos en los diferentes distritos, Magdalena, Miraflores, Orrantia, Barranco, La Victoria, el del Centro; y así, hasta catorce destinos. Que formaban la Lima Ciudad Jardín de aquellos tiempos, que albergaba , cómodamente su medio millón de habitantes, pero que no puede hacer otro tanto actualmente con los diez millones que desbordan los cuarenta y tres distritos actuales.

Las góndolas salían por la avenida Arica hasta la Plaza Bolognesi, para doblar por Guzmán Blanco; pasábamos frente al Long Tenis; y, desde allí, los ómnibus tomaban su recorrido habitual a los distintos distritos, para empezar a dejar a los compañeros en sus casas. Estos paraderos eran planificados, previamente, para recoger en un solo sitio al mayor número de alumnos que vivían por esa zona; se daba la casualidad de que, en muchos paraderos, subían cinco o seis de la misma clase.

Cuando la góndola nos recogía para ir a las clases de la tarde, algunos días calurosos, al pasar por alguna heladería, con la complicidad del chofer, - y con el permiso del que nos cuidaba, que podía ser un profesor civil o un hermano que también se solidarizaba rápidamente con la causa-  parábamos para avituallarnos de helados de barquillo que eran deliciosos; incluyendo uno que solíamos regalar al chofer. Los helados desaparecían de nuestras manos en un abrir y cerrar de ojos. Todos los compañeros de la góndola éramos como una gran familia muy bien avenida.  

Por aquel entonces, en Lima habían pocas heladerías: el ¡Oh que bueno!, el Tic Toc, El Tambo y algunas otras, que hacían furor entre la gente joven que solía tomar sus helados por las tardes a la salida del colegio. Recuerdo que,  los Domingos, nuestros padres nos llevaban a degustar esos helados. Cuando íbamos en el ómnibus de calle, solíamos comprar helados en la heladería “Parisi” que estaba a pocas cuadras del colegio,  para que el camino resultara más llevadero. Ahora, en este siglo XXI, hay heladerías en casi todas las esquinas y son muy vistosas.

El autobús estaba dividido en dos: en la parte delantera, iban los alumnos de primaria; y en la parte posterior, los alumnos de secundaria o media. Casi siempre nos sentábamos los compañeros de clase. Algunos estudiábamos, en el recorrido, la lección o el examen que nos tomarían a lo largo del día; ese era el momento de mucha y verdadera concentración. “Los que no habíamos terminado la tarea que había que entregar a primera hora, durante el viaje, empleábamos el tiempo para terminarla;
 y en las paradas del autobús, era cuando aprovechábamos para escribir y hacer mejor la letra”. Otros, los que iban más relajados, por tener clase de Educación Física o Pre militar, se dedicaban a  meter “vicio”(alborotar); en cada autobús había verdaderos maestros o especialistas en este arte.

Los mayores, que no tenían nada pendiente, iban mirando por las ventanas. A largo de la ruta, había lindas chicas a las que nosotros, los más grandes, ya teníamos localizadas. En mi góndola,  “Chingolo” era el más pintón y “se las llevaba a todas de calle”. Cuando pasábamos por donde había un grupo de chicas, se producía un revuelo en la parte de atrás, con el clásico silvido. En esos momentos, se producía el envío de mensajes a las chicas que también estaban en sus paraderos esperando sus autobuses. Si, por casualidad, el alumno era visto por el profesor arrojando el mensaje, era hombre muerto; y  si la falta era más grave, se le enviaba o a donde el Hno. Prefecto quien dictaría estricta sentencia del castigo, que casi siempre consistía en quedarse después de clase, a la salida de la tarde.

Los más osados se atrevían a fumar, en el último asiento, donde casi siempre iban los de quinto de media. Muchas veces con una liga y un papel enrollado, se le tiraba a un compañero;  había también el tiro con honda, cuyo experto era el enano Zonta. Al recibir el impacto, dolía bastante. Este era  uno de los juegos más castigados. Otra falta de castigo, era el tirar los avioncitos de papel; y el jugar con la pelota que llevaba el alumno de primaria dentro de su redecilla, el vivo de turno se la quitaba y la comenzaba a pasar a los de atrás o de adelante, según estuviera ubicado. Otra de las distracciones más comunes, era el esconder la maleta al compañero, para que este anduviera buscándola por toda la góndola . Era entonces cuando el profesor encargado imponía rápidamente el orden. En muchos casos, se bajaban a los culpables del ómnibus, quienes irían, a pie, al colegio.

Cuando iba algún hermano en el ómnibus, había un poco más de respeto; casi nadie se movía y tampoco se metía el “vicio”(alborotar) como cuando cuidaba un profesor civil. “Si hablabas alto o te reías, te llamaban la atención; y si reincidías, era cuando te imponían el castigo. Lo ideal era que todos estuviéramos callados durante el viaje; pero esto, nunca se conseguía”.

Cuando la góndola se malograba o sucedía algún otro percance, todos los viajeros nos alegrábamos porque llegábamos tarde al colegio; sobre todo, los que teníamos que dar algún examen o alguna lección a primera hora de la mañana; aunque la lección nos la tomarían después, había unas horas  de tregua, porque había que pactar cuándo nos tomarían de nuevo la lección.

Algunas veces, iba un hermano que te enseñaba en clase; recuerdo que te llamaba a su lado y te iba tomando la lección. ¡ Quien no aprendió botánica con el querido Hno. Hilario!. Otro que nos enseñó química, de esa manera, fue el Hno. Dionisio que nos obligaba a ir al colegio a las 6.00 de la mañana a recitar las fórmulas de Química. En este caso, se tenía uno que levantar a las 5.00;  y los sacrificados eran nuestros padres quienes, muchas veces, nos  llevaban al colegio, porque era peligroso, a esas horas. Cuando esto pasaba, los compañeros de “infortunio” que teníamos que ir a la misma hora, nos poníamos de acuerdo para aprovechar un solo carro o viaje. Era cuando dábamos el ultimo repaso y nos  tomábamos las fórmulas que nos tocarían esa mañana. Muchos aprendimos así química. Hace poco, me vino a visitar a Oviedo nuestro antiguo profesor; y entre broma y broma, me las preguntó: yo todavía las recordaba como hubiera sido ayer.

Algunas veces, al profesor encargado de cuidarnos, también se le fastidiaba, poniéndole un “mote” o “apodos”, como “Mun”, “Majablanquillo”, “diluirs” y tantos otros, que ahora se escapan de mi memoria. Ellos casi nunca se enteraban del apodo con el que los bautizábamos. Tampoco se libraban de su apodo los chóferes; así recuerdo a “Chapana”, “El Gordo Pedro”, “El loco Elías” y tantos otros.

En una ocasión, cuando estaba en quinto de media, una tarde, cuando íbamos en dirección al colegio, vi que mi hermano Eloy  se estaba peleando con su compañero Vega. El “Gringo Gómez”, -secretario del colegio, que vivía por esa zona y cuidaba de ese recorrido- quien tenía mucha rabia a mi hermano, mandó parar el ómnibus y obligó a bajar a los dos  que se estaban peleando. Como yo estaba observando todo lo que estaba pasando, me levanté rápidamente, cogí mis libros y le ordene al chofer que parara para bajarme y acompañar a los culpables. Creo, que el “Gringo Gómez“ pretendía, que mi hermano y su compañero llegaran tarde a clases. Al bajar del autobús, los llamé, y los tres tomamos un taxi llegando  primero que el autobús; y nos dimos el lujo de entrar con el carro al medio del patio. Después de aquel episodio, nunca más hubo ningún incidente con nosotros.

Los domingos, la góndola iba casi vacía; solamente eran los de quinto de primaria y los de media quienes teníamos la obligación de ir a misa; era cuando mejor lo pasábamos porque casi nunca iba un profesor para cuidarnos. Recuerdo que nuestro compañero el “gordo Tito” tenía una bicimoto “Honda” que su abuela le había regalado;  y los domingos, solía  ir en ese artilugio y retar al chofer de la góndola para ver quien llegaba primero al colegio. Nosotros por las ventanas hacíamos barra por el “gordo Tito”  y este aceleraba más.

El ómnibus “ nos hermanó”; porque en el ómnibus el alumno de primaria era amigo de los de secundaría; en muchos casos, con el compañero de góndola, había más confianza que con sus propios hermanos. Por lo que se formaba una gran hermandad entre compañeros. Los de primaria nos admiraban porque, en algunos casos, los defendíamos de los otros que les querían pegar;  también, en muchos casos, les contábamos chistes, bromas o juegos que siempre eran muy sanas; y no había ninguna clase de malicia. 

Veneno me recordaba aquellas fiestas de los sábados, en San Antonio, “a las que no había sido invitado; y al pasar por la puerta de la casa donde se celebraba la fiesta,  me encontraba con algún compañero del ómnibus que me llamaba y me hacían pasar; y allí me encontraba con la mayoría de los compañeros del ómnibus...”.

Actualmente, los colegios están fuera del radio de la llamada la “gran Lima”; ahora están ubicados en la Molina, Monterrico, Surco y en otras urbanizaciones más modernas;  lo que ha creado un problema para las personas que viven en Miraflores, Orrantia y San Isidro; porque tienen los padres que llevar a sus hijos a esos centros que se encuentran en los extrarradios de la capital.

En la actualidad, el compañerismo en los colegios casi no existe, porque los alumnos se reúnen por grados o cursos. En los recreos, ocurre lo mismo; porque no saben relacionarse con los compañeros de otros salones. Los colegios están divididos en secciones: en infantil, primaria y secundaria; están en lugares diferentes, por lo que se ha perdido la integración.

Para nosotros, esos años limeños de colegio fueron los más felices de nuestras vidas; pero lo triste es que se acabaron demasiado pronto; es por eso, que  cualquier tiempo pasado fue mejor.


EL CAFE VIENA EN MI ÉPOCA DE ESTUDIANTE

Creo que el más influyente en la década de los años 1960 al 1970 fue el Café Viena, en la calle Ocoña, cerca del Cine San Martín, en cuya misma vereda quedaba el IAC (Instituto de Arte Contemporáneo), en donde exhibían sus cuadros los mejores pintores del Perú, quienes en su mayoría eran profesores de la Escuela de Bellas Artes, dirigida por Juan Manuel Ugarte Eléspuru. (Es bueno aclarar que hubo algunas buenas discriminaciones en el IAC.)

El Café Viena se llenaba entre las doce y las tres de la tarde, y en las noches desde las siete hasta que daban las diez o las doce. Allí estaba Sebastián Salazar Bondy, quien era director del IAC y crítico literario de La Prensa. Otros asistían al café. 

La crítica de pintura la hacía en el mismo diario Fernando de la Presa, mientras que para El Comercio la crítica de teatro, literatura y pintura la hacía Edgardo Pérez Luna. En el Café Viena se hablaba de las diferentes corrientes pictóricas que invadían el mapa de América: el abstraccionismo, la abstracto-figuración, los aletazos del informalismo, lo que quedaba del cubismo. La crítica para la revista Oiga la hizo durante un buen tiempo Guillermo Daly Romero, con esa cultura tan sólida que demostraba en cada una de sus conversaciones y escritos: en la revista Caretas, corrían al alimón Reinaldo Naranjo e Ismael Pinto a través de una página titulada Cuidado con la pintura. Es cierto que don José Flores Aráoz, que dirigía la revista Cultura Peruana, era con frecuencia tema de conversación por los artículos que allí aparecían y siempre se recordaba el famoso empeño que había puesto en esas páginas, Raúl María Pereira en contra del indigenismo. Valgan verdades, la escuela fundada por Sabogal jamás fue tomada en cuenta por las personas que tenían en sus manos la “cultura oficial del Perú”, excepto Juan Ríos y el doctor Juan Francisco Valega “Máximo Fortis”, que escribía de tanto en tanto en la página editorial de El Comercio.

El Café Viena era también lugar de tertulia de pintores como Alfredo Ruiz Rosas, Miguel Ángel Cuadros, Ricardo Sánchez, Carlos Quíspez Asín (compañero de clase en la Escuela de San Fernando (Madrid) nada menos que de Salvador Dalí), Alberto Dávila, Sabino Springett, Antonio Caso, Fernando de Szyszlo y de jóvenes pintores de entonces: Enrique Galdós Rivas, José Milner Cajahuaringa, Leslie Lee (quien fue, años después, director del IAC), Jesús Ruiz Durand, Carlos y Jaime Dávila, Jorge Bernuy (que ya se interesaba por la crítica, cuando era pintor y que luego pudo perfeccionarse en París). Así fue, pintores, críticos, actores, directores de escena, poetas, animadores culturales eran contertulios del café. Allí escuché algunas páginas de Lima la horrible, cuando Sebastián decidió ser ensayista de la ciudad; allí Carlos Aitor Castillo diseñaba los primeros trazos del escenario y de sus decorados para las obras que pondría Ofelia, su mujer, que era actriz. Inmediatamente se diseñaba el programa con un trazo rápido de José Bracamonte Vera. Discutían a voz en cuello, mientras en otra mesa cuchicheaban el programa de los conciertos de invierno Luis Antonio Meza, con la gente del conservatorio.
También el Viena era punto de encuentro de los compañeros que seguíamos los cursos de Literatura de la Facultad de Letras, de la Plaza Francia. Allí nos reuníamos a cambiar apuntes o a comparar algunos artículos que ya comenzábamos a borronear. Eran verdaderamente una época de juventud, que ya no volverá.
Allí en el local del Viena pudimos conocer a importantes toreros de la época como a Santiago Martín “El Viti”, a Manuel Benítez “el Cordobés”, a Diego Puerta, al gran Antoñete y a Paco Camino, quien entrenaba con toda su cuadrilla en el Estadio del Alianza Lima en la Victoria, acompañado del malogrado futbolista y amigo Alberto Gallardo.

En el Café Viena se esbozaron catálogos para muchas exhibiciones, se escribieron muchos prólogos y presentaciones para exposiciones y cuentos, como la de Sebastián (nuevamente), al libro de cuentos Ñahuin de ese gran prosista que fue Eleodoro Vargas Vicuña. Se leían en voz alta, pero sólo para los contertulios de la mesa, las notas periodísticas que saldrían al día siguiente en algún diario.

A comienzos del decenio de 1970 llegó de Argentina Elida Román, quien, con el transcurrir del tiempo, sería crítica de pintura y a mediados de la década pasó a ser directora del Instituto de Arte Contemporáneo, cuando Leslie Lee viajó a Londres con una beca del Gobierno británico.

Se sentaban a la mesa de artistas y pintores: Alberto Bonilla, entonces director de la Agencia ANSA y, luego, uno de los más calificados críticos, llamados también comentaristas, de la política peruana, quien con el transcurrir del tiempo llegó a ser jefe de la página de este tema en la revista Caretas; Julia Ferrer, una de las actrices más calificadas de entonces (también una diva), y Herman Piscoya, uno de los escultores de estructuras metálicas más ambiciosos que ha tenido nuestro mundo plástico.

El Café Viena fue un bastión como lo serían también Café Versailles, el Café-bar Palermo, el Chino-Chino, el Hueco de la Pared o el Bar Zela. Talleres y huariques que cobijaron también la creación de la bohemia de entonces.

LOS VAQUEIROS DE ALZADA EN ASTURIAS


Si leemos a Gaspar Melchor de Jovellanos en su carta a Antonio Ponz fechada en 1793, este  dice: "Vaqueiros de alzada llaman aquí a los moradores de ciertos pueblos fundados sobre las montañas bajas y marítimas de este Principado, en los concejos que están a su ocaso, cerca del confín de Galicia. Llámense vaqueiros porque viven comúnmente de la cría de ganado vacuno; y de alzada, por que su asiento no es fijo, sino que alzan su morada y residencia, y emigran anualmente con sus familias y ganados a las montañas altas." 

"Las poblaciones que habitan, si acaso merecen este nombre, no se distinguen con el título de villa, aldea, lugar, feligresía, ni cosa semejante, sino con del de braña, cuya denominación peculiar a ellas significa una pequeña población habilitada y cultivada por estos vaqueiros." 

En el libro “Los Vaqueiros de Alzada”  de  Francisco Feo Parrondo, en su libro "Los Vaqueiros de Alzada", nos dice:  la población rural del occidente asturiano se divide en tres grupos contrapuestos: "marmuetos o marinuetos" (lugareños de la zona litoral asturiana), "xaldos" (lugareños de la parte montañosa de vida sedentaria) y "vaqueiros". 

Los vaqueiros vivían en la zona occidental de Asturias y la parte norte de León, y hoy como tales ya han desaparecido. Eran un pueblo orgulloso y estilo de vida diferente, por ello fueron marginadas. Se encontraban en los concejos de Tineo, Salas, Valdés, Belmonte, Navia, Cudillero, Villayón y Somiedo. 

La palabra braña pudiera proceder del latín "brannam" que significa lugar alto y empinado. También se acepta que pudiera venir de la palabra asturiana "branu" que significa verano, por lo que braña podría ser considerada como lugar de verano. También se dice que podría proceder de la palabra latina "veranía" (verano) lo que confirmaría que la palabra braña designa lugar de verano. 

Las braña solían estar situadas en lugares altos y empinados, con grandes desniveles, y asi aprovechar los terrenos llanos de pasto para el ganado y secundariamente para la agricultura. Esto marcaría la forma de vida de los vaqueiros. 

Los vaqueiros vivían en chozas con muros de piedra y techos de paja o de teja. Las habían en los lugares de verano y en los lugares de invierno, ocupándolas según el periodo de la trashumancia. En las brañas cuando no estaban ocupadas siempre se quedaba una persona conocida como el "vecindeiru" que era el encargado de cuidar la braña hasta la próxima ocupación.

Durante el verano subían a las montañas a trashumar y allí elaboraban un tipo de choza llamada "teito", el techo era de escoba o piorno, las paredes de piedras, unos agujeros en las paredes simulaban ventanas y una puerta. 

"Los vaqueiros viven, como he dicho, de la cría de ganados, prefiriendo siempre el vacuno, que les da su nombre, aunque crían también alguno lanar y caballar. Las demás ocupaciones son subsidiarias, y sólo tomadas para suplemento de su subsistencia. Tan cierto es que el interés, este gran movil a que obedece el hombre en cualquier situación, no ha inspirado todavía a estas gentes sencillas otro deseo que el de suplir a sus primeras y menos dispensables necesidades." 

Por tanto dos son las actividades principales de los vaqueiros, el trashumar con el ganado en verano por las montañas altas de Asturias y León y otro el cultivar prados de guadaña para asegurar el heno que sirva de alimento a sus rebaños en invierno. 

Los vaqueiros de alzada pasan el invierno en brañas relativamente cercanas a la costa, y al llegar el verano, cogen todas sus pertenencias (familia, rebaños, animales, utensilios) y se desplazan en caravana hasta las tierras altas para alimentar el ganado. Así mismo el ganado vacuno sirve como elemento de transporte de los utensilios o personas que emprenden el largo y difícil camino. Aunque la fechas son muy variables dependiendo del clima, las fechas de trashumancia suelen ser desde el 8 de mayo al 29 de septiembre. 

El alimento básico de los vaqueiros de alzada es la leche, y aquellos productos que puedan cultivar como la patata o el maíz (originarios de América) que es comprado con el excedente del ganado vacuno. Cultiva solo para existir, y trafica con el mismo fin, y sólo en los mercados libres. 

Aunque teóricamente se encontraban bajo la jurisdicción civil, real y religiosa , no estaban sujetos en la practica a ninguna servidumbre, dado el tipo de vida que llevan. No pagaban impuestos y por lo tanto eran mal vistos por los "xaldos". 

"Los matrimonios de los vaqueiros, más que al bien de las familias, parecen dirigidos al de los mismos pueblos. Cuando alguno se contrae, todos los moradores concurren alegres a la celebridad, acompañando los novios a la iglesia y de allí a su casa, siempre en grandes cabalgatas, y festejando con escopetazos al aire y gritos y algaraza aquel acto de júbilo y solemnidad públicos, como si el interés fuese común y dirigido a la prosperidad de una sola y gran familia". 

"Para solemnizar los entierros se congrega también toda la braña; otro general convite reúne a sus vecinos en el oficio de consolar a los dolientes. Colocado el cadáver al frente de la mesa, recibe en público la última despedida, y en ella el último de los obsequios inventados por la humanidad. Todos asisten después a presenciar el funeral, y dicho el último responso, los concurrentes, empezando por los más allegados, van echando en la huesa un puñado de tierra, y dejando al sepulturero la continuación de este oficio, se vuelven a sus casas pausados y silenciosos. En los días próximos llevan los parientes y dejan sobre la sepultura algunas viandas, prefiriendo aquéllas de que más gusto en vida el soterrado. Costumbre antigua derivada de la gentilidad y común a otros pueblos, y que se tolera mirando estos dones como ofrenda hechas a la iglesia por vía de sufragio. Tal es el modo que tienen estas gentes de llorar a sus finados; y si entre ellos son prolongados el dolor y la tristeza, verdaderas pruebas de su sensibilidad, son al mismo tiempo muy breves los lamentos y las lágrimas que tan mal componen con la constancia varonil." 

"También son públicos sus bautismos, como si en ellos se solemnizase el nacimiento y la regeneración espiritual de un hermano común; así es que estos pueblos representan a cada paso la imagen de aquellas primitivas sociedades que no eran más que un gran familia, unida por vínculos tan estrechos, que hacían comunes los intereses y los riesgos, los bienes y los males." 

"Esto, amigo mío, esto son los vaqueiros en sí mismos; ahora debe usted ver qué cosa sea esta desestimación en que los tiene el restante pueblo de Asturias. Pero acaso ¿necesita usted que le dia yo su origen para inferirle?. Separados de los demás aldeanos por su situación, su género de vida y sus costumbres, tratándolos allí como vendedores extraños, que sólo acuden a engañarlos y llevarles el dinero, era inferirle que hubiesen de empezar aborreciéndoles y acabar teniéndolos en poco. Cierto aire esquivo y ladino en sus tratos, cierto tono arisco en sus conversaciones, cierta rudeza agreste, efecto de su vida montaraz y solitaria, debieron concurrir también en aumentar el desprecio de los aldeanos, que al cabo han venido a mirarlos y tratarlos como a gentes de menos valer y poco dignas de su compañía..”. 

Los vaqueiros no solían tener trato con los lugareños, los matrimonios se concertaban entre los miembros de una misma braña, en la mayoría de las veces con vínculos de sangre para lo que era necesario pedir dispensa. Incluso el contacto entre miembros de distintas brañas era escaso, por lo que no digamos sobre los naturales del país. 

Richard Ford decía: "Cada pequeño clan se mantiene solitario y altivo, esquivando y despreciando a su vecino: se protegen contra la humanidad como protegen a sus rebaños del lobo; nunca se casan fuera de su propia tribu." 

Esta desconfianza llevó en algunas parroquias a colocar una baranda de madera o una viga de madera en el suelo, dividendo la iglesia, la parte delantera más cerca del altar para los naturales, y la parte de atrás y más alejada del altar, los de las brañas. 
En la iglesia de San Martín de Luiña, aún se conserva la viga que separaba ambas partes de la comunidad. En ella se puede leer "no pasan de aquí a oír misa los baqueros". 
En 1844 se emitió una orden en la cual se decía que debían quitarse todas las marcas que impidiesen a los vaqueiros mezclarse con el resto de la población. 

Esta necesidad va estrechando más y más entre sí el amor recíproco de los vaqueiros de cada braña, y alejándolos más y más cada día de los aldeanos. Por eso la misma separación, hecha ya de necesidad en la Iglesia, se observa por sistema reciproco en toda clase de concurrencias, donde los vaqueiros que junta el acaso hacen rancho aparte, formando en aquel solo punto causa común en los acontecimientos de cada particular, unidas entonces pro la necesidad de las fuerzas, cual si estuviesen en una guerra abierta y con el enemigo al ojo. Triste argumento de lo que puede entre los hombres la preocupación, cuando, recibida en la niñez, ha pasado a idea habitual, y borrado aquella natural simpatía con que los hombres y hasta los animales de una especie, se atraen, se buscan, y se complacen en tratarse y solazarse juntos. 

Sobre sus orígenes poco se sabe, se ha dicho sin fundamento que eran esclavos romanos huidos, moriscos, esclavos árabes revelados en tiempos del Rey Aurelio e incluso como decía Jovellanos ramas de habitantes de la maragatería. Se ha dicho que eran celtas renegados de otras tribus celtas que habían hecho amistad con los romanos. Nada de ello es cierto, pues no existen pruebas de lo dicho. 

La realidad parece ser, que los vaqueiros son astures que llevaban un tipo de vida muy peculiar distinto a los agricultores y aldeanos de los valles, debido a su forma de vida y al cuidado de sus rebaños, por lo que fueron marginados. Ello creó una serie de rasgos culturales propios y características diferentes del resto de los astures. 

A tal punto llegó la marginación tanto de los naturales como de la nobleza que el siglo XVII, Diego das Mariñas, señor de Campona, hizo una petición al rey para que se castrase a todos los vaqueiros a fin de que no se extendiese la raza. Esta petición fue apoyada por algunos nobles más, pero a Dios gracias no se llevó a cabo. 

La cultura vaqueira se centra principalmente en leyendas, bailes, vestimenta y folklore que se conservaban en las brañas sin influencias externas. 

De los instrumentos típicos vaqueiros tenemos: "el pandeiru", "la payetxa" (sartén de metal que se golpea con una llave), los crótalos o castañuelas que estaban tallados y pintados. 

También tenemos el baile del pandero o la vaqueirada, tipo de canción que habla de las tareas cotidianas. 

De las leyendas vaqueiras tenemos al "trasgu" (pequeño ser con un agujero en las manos y que se encargaba de cambiar las cosas de sitio en las casas), el "diañu burllón" (ser que se dedicaba a gastar bromas), el "nuberu" (encargado de dirigir la lluvia, las tormentas, la nieve etc.), "las xanas" (son ninfas de las fuentes y los rios, solo se encuentran en las brañas del interior). 

Existen supersticiones como la de la Noche de San Juan, que se hacía una hoguera de helecho, laurel, hinojo, sándalo y excrementos de cerdo para ahumar al ganado y a los niños con el fin de prevenir males. (Este rito ya lo practicaban los celtas), el mal de ojo, que solo era causado por personas de otra braña, el mal del filo (cuando un niño se ponía enfermo, se llamaba a la curandera y con hilo se medía primero al niño a lo alto, y luego a lo ancho con los brazos extendidos, si el niño media lo mismo no poseía el mal del filo, pero si por el contrario la medida no era la misma, se cortaba el hilo en nueve trozos, luego se echaban al fuego todos menos uno, que era colocado en la muñeca del niño, para ser quemado días después). 

Sus apellidos más corrientes entre los vaqueiros eran: Feito, y Garrido. Hay una copla popular que dice "Antes que Dios fuera Dios y el sol diese nestos riscos, ya los Feitos era Feitos y los Garridos, Garridos". Otros apellidos eran: Ardura, Acero, Antón, Arnaldo, Berdasco, Calzón, Cano, Blasón, Gayo, Gancedo, Riesgo, Redruello, Mayo, Sirgo, Gavilán y Parrondo. 

Uno de los principales lugares de vida vaqueira se encontraba en la población de San Martín de Luiña (en el Concejo de Cudillero), también los encontramos en el concejo de Valdés (capital Luarca). 

Entre los lugares vaqueiros con las brañas más importantes se pueden citar:  Brañaseca, la Rondiella, Gallinero, Busfrío, Llendepín, La Bordinga, La Puerca, Teixidiello y Los Gayuelos. 

Para ser considerado vaqueiro, había que haber nacido en la braña y trashumar. 
Eran católicos y su patrona es la Virgen del Acebo, aunque hay que tener en cuenta que eran gentes de deficiente evangelización propiciada por su modo de vida y consecuencia de su aislamiento, que conlleva la práctica de numerosas costumbres supersticiosas y arcaicas.
Las costumbres vaqueiras se rememoran anualmente el último domingo de julio en "La Vaqueirada", romería campestre que se realiza en el Alto de Aristébano, limitrofe entre Luarca y Tineo, con la famosa boda vaqueira, acompañada de cantos y bailes regionales. Fue declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional por Resolución de 18 de mayo de 1965 de la Subsecretaría de Turismo.
En el año 1959, los alcaldes de los Ayuntamientos asturianos de Valdés y Tineo decidieron organizar un festival con el fin de recuperar las costumbres y la cultura tradicional de los vaqueiros de alzada. En este festival, el acto más destacado lo constituía la celebración de una boda, de la que eran protagonistas los propios vaqueiros. El día de la boda, la comitiva formada por los novios, padrinos e invitados iba precedida del ajuar, llevado en un carro del país tirado por dos bueyes. Llevaban en él un arca o baúl con ropa blanca y a su alrededor algunos sacos de trigo y los enseres que componen el ajuar; encima de todo, va la cama matrimonial, en la que destacan los encajes de las sábanas, de las almohadas y los primores de la colcha. Y, por último, la cesta de la madrina, adornada con lazos y llena de pan, huevos, manteca y dulces. Una vez celebrada la boda, tenía lugar la típica comida vaqueira, compuesta por jamón cocido, chosco, empanada o bollo preñao, frixuelos, nata montada de las brañas y café negro de puchero.
Este Festival Vaqueiro se celebra todos los años el último domingo de julio. A las 12 de la mañana se reúnen en el Alto de Aristébano los novios, los padrinos, los Vaqueiros Mayores, los Vaqueiros de Honor, autoridades, grupos folclóricos e invitados a la fiesta. Este cortejo, seguido de cientos de acompañantes, parte de la Braña de Aristébano; los novios, montados en caballos o mulares, se desplazan al lugar, donde se celebrará la boda (al aire libre) y donde ocuparán lugar destacado los mentados protagonistas. A la ceremonia religiosa le sigue la típica comida vaqueira entre los invitados a los actos, en uno de los muchos prados existentes en las inmediaciones y sentados sobre la hierba. Posteriormente se procede a la entrega de nombramientos y galardones a los Vaqueiros/as Mayores y de Honor, y, seguidamente, tienen lugar las coplas de careo y los típicos bailes vaqueiros.
Dado el carácter peculiar de la fiesta y para contribuir a su autenticidad, la organización recomienda que los hombres vayan provistos de sombrero vaqueiro o montera picona, camisa blanca y pantalón oscuro. A las mujeres, si es posible, se les solicita que acudan con pañuelo a la cabeza y saya típica.

Lugar de la fiesta y accesos. El lugar de la fiesta es Aristébano, braña flanqueada por las sierras del Estoupo y Silvallana que se levanta junto al límite que divide geográficamente los concejos de Valdés y Tineo. Erguida, verde y apacible, entre las depresiones que forman los barrancos de Agüera y Aristébano, goza de una privilegiada posición desde la que se desliza suavemente hacia la costa en medio de una extraordinaria belleza. 

sábado, 17 de agosto de 2013

EL HOTEL DE LA RECONQUISTA Y LOS PREMIOS PRÍNCIPE DE ASTURIAS

Cuantas horas he pasado en sus salones, de este Hotel de la Reconquista, construido sobre la traza de un singular edificio del siglo XVIII, antiguo Hospicio y Hospital del Principado de Asturias.  La Fundación Príncipe de Asturias reúne cada año en este hotel a los Jurados de los Premios, que en un acto solemne son entregados en el Teatro Campoamor.
S.A.R. El Príncipe de Asturias y SS.MM. Los Reyes, son huéspedes de honor del hotel en el mes de Octubre. Por allí han pasado muchas e importantes personajes de nuestra historia mundial, también lo han hecho protagonistas muy vinculados a la cultura internacional, como músicos, compositores, poetas, astronautas y deportistas que han vivido algunas horas en este bello y entrañable marco de la Arquitectura asturiana.  
De estilo barroco, se encuentra en la localidad de Oviedo. En 1752 se inicia la construcción del edificio por orden de Isidoro Gil de Jaz, regente de la audiencia del Principado de Asturias, siendo proyectado  por el arquitecto Pedro Antonio Menéndez de Ambás todo el complejo menos la capilla obra del ingeniero Ventura Rodríguez. En el año 1973 fue declarado Bien de Interés cultural

 El Hotel de La Reconquista, Considerado Monumento Nacional, se encuentra situado en la zona más céntrica, residencial y comercial de la ciudad de Oviedo.
Fue inaugurado como hotel en el año 1973 y desde entonces ha sido el marco donde se han celebrado los grandes acontecimientos que han tenido lugar en el Principado de Asturias.
El Hotel de La Reconquista es referente hotelero, aportando la imagen de Calidad Turística de Asturias hacia el exterior.
La construcción de dicho edificio fue promovida bajo el patrocinio de Fernando VI, por el insigne maestro Don Isidoro Gil de Jaz, que ostentó el cargo de Regente de la Audiencia del Principado de Asturias desde el año 1749 hasta 1755. Los planos fueron trazados por el ilustre arquitecto asturiano Pedro Antonio Menéndez.
Atravesados el pórtico y la puerta de ingreso al interior se encuentran un patio rectangular con galerías y arquitrabe simple, apoyado en columnas sencillas de piedra, actualmente llamado "Salón de Gil de Jaz". Siguiendo hacia dentro se pasa a un segundo patio, muy grande y sensiblemente cuadrado. Consta del planta baja, con galerías porticadas en arquitrabe sobre columnas de madera y dos pisos superpuestos. Es llamado “Patio de la Reina”, conmemorativo de las visita de Doña Isabel II, en 1858. El busto colocado de esta reina, obra de Francisco Elías Vallejo, se encuentra en una de las galerías de dicho patio.
Tras el muro de fondo de este gran Patio se alza, al norte, La Capilla, cuyos planos proyectó 1768 el gran artista Ventura Rodríguez, aunque fue realizada por el Maestro Asturiano Manuel Reguera González, arquitecto provincial. La capilla es de planta octagonal, con dos pisos superpuestos de tribunas, cuyos amplios huecos bajo arcos rebajados están separados por pilastras dóricas. La bóveda de casquete esférico se decora con casetones y se cubre con pizarra.
Esta Capilla, que reforma la vieja fórmula isabelina del santuario construido en la convergencia de las salas para los enfermos, está dedicada a la Natividad de Nuestra Señora de la Virgen María en su advocación Asturiana de Covadonga.
La capilla del complejo es diseño del arquitecto madrileño Ventura Rodríguez y obra del arquitecto Manuel Reguera. Se inicia su construcción en 1768 siendo finalizada en 1770..
La capilla es de planta circular por la parte interior y octogonal por la parte exterior, todo ello ejecutado en orden dórico. El techo es rematado por una cúpula.
Flanquean el pequeño templo otros dos patios, menores que los ya citados. Uno de los cuales es el actual "Salón Reconquista" y otro llamado hoy "Patio de los gatos", con planta y piso abierto, con antepecho de barrotes, todo de madera.
Así se contempla la distribución, tan armónica, de este singular edificio cuyas obras se concluyeron en 1777, doce años después de la muerte del Sr. Gil de Jaz. Se considera el monumento de mayor tamaño de la capital del Principado, a excepción del Monasterio de San Pelayo.


jueves, 15 de agosto de 2013

ESPAÑA Y AREQUIPA EN UN PLATO MARIDJE

El Rocoto relleno retrata el mestizaje de la comida preparada al pie del Misti. Un nativo fruto rojo desarmado de circas y semillas picantes es invadido por quesos, carnes, cebollas españolas. Esta crónica bucea en los orígenes de la culinaria mistiana, acompañados del buen paladar de Antonio Ugarte y Chocano.

Arde la ciudad al mediodía. El sol cae como una candela. Rebota en el sillar y adoquines del pavimento, luego aguijonea los poros de la piel. Es la potente radiación arequipeña que franquea la débil capa de ozono que cubre esta parte de la tierra. El miedo al cáncer de piel se advierte en la indumentaria del characato actual: sombreros de ala ancha, lentes oscuros y rostros blanqueados con protectores.

Con Antonio Ugarte y Chocano, un teórico de la cocina arequipeña, trepamos a un taxi Tico, de esos que congestionan calles diseñadas hace cuatro siglos para burros y carretas. A diario, veinte mil de estos carros entran y salen del corazón de la ciudad y convierten el tráfico vehicular en infernal. Son fuente de contaminación  y ruido.

Los embotellamientos demoran nuestro arribo a La Nueva Palomino, una de las picanterías, en cuyo fogón sigue cociendo la comida arequipeña, la mestiza en donde los paladares se agasajan con el picante, agrio, dulce y amargo. El techo a dos aguas, el fogón ardiendo a leña, cántaros de chicha y una pampeña de  Los Dávalos que suena a volumen bajo borran la imagen de la Arequipa de ticos, contaminada y transformada por las migraciones. La cocina probablemente sea el último reducto de la tradición. ¿Qué es la comida arequipeña? Se remonta a 13 mil años con los primeros pobladores asentados en la costa y devoradores de pescados y moluscos. Sin embargo, la verdadera revolución ocurrió en la Colonia. Las técnicas e ingredientes importados de Europa mezclados con lo nativo produjeron un recetario para llenar enciclopedias. El poeta Alonso Ruiz Rosas registró 317 fórmulas en su libro. Ugarte  está listo para acompañar  el banquete con un paladar de sabio.

Cruce de ingredientes

 Hoy es miércoles. En la carta del menú tradicional toca Chochoca, caldo espeso de maíz molido con carne de res. En antaño, las cocineras mistianas tenían un guión invariable: el lunes, Chaque de tripas; martes, Chairo; jueves, Chuño; viernes, Chupe; sábado, Caldo blanco o Blanco de lomos; domingo,  Puchero o Chupe de camarones. Estos chupes comenzaron a prepararse en la Colonia, dice nuestro anfitrión. Derivan del famoso Puchero, un descomunal sancochado de carnes, verduras, frutas, tubérculos, etc. importado del Viejo Mundo. En España lo llamaban Olla Podrida. El historiador Juan Guillermo Carpio Muñoz señala que este plato representa el cruce de la culinaria española y la nativa.  En la versión europea era clave la longaniza, chorizo saborizante; en Arequipa fue sustituido por  la lonja de chancho.  Los ajíes, potenciaron la sazón. “Primero se servía el hondo con el caldo y luego el plano con el sólido cubierto de hojas de repollo hervido”, dice Carpio.

Ugarte y Chocano saborea la Chochoca y desclasifica los ingredientes. “Arequipa fue generosa en producción de maíces,  la res vino con los conquistadores”, dice.

Los españoles trajeron un voraz apetito carnívoro. Nada comparable con el nativo serrano que era muy frugal. Su dieta lo constituían granos, tubérculos, carne de llama, etc. Se estima que la primera camada de vacunos arribó en 1546. El cabildo autorizó la venta de 150 cabezas a Hernando de Aguilar. También trajeron el cerdo, carne poderosa en aporte calórico y base de varios platos de fondo: chancho al horno, chicharrones, chuletas, etc. Pero el Adobo es insuperable. Este guiso dominguero purga los pecados de un sábado bohemio. Al alba, los trasnochadores ponen fin a la jarana en las adoberías de Cayma y Yanahuara. Los españoles lo preparaban con vino; en el aderezo arequipeño se introdujo el concho de la chicha de guiñapo.

La comida es mezcla de ingenio y necesidad. Ugarte bucea en  las raíces del Rocoto relleno, buque insignia de la carta local. Es probable que los vizcaínos sean dueños del “copyright”, con la diferencia que en la provincia vasca era Pimiento relleno. La creación del Rocoto relleno está envuelta en una leyenda. Dicen que su creador fue Manuel Masías (1728-1805). El cocinero quería agasajar al diablo con la condición que libere a su hija del infierno. En paladares, el arequipeño compite con Satanás. Los almuerzos siempre se acompañan con un pocillo del endiablado fruto, con zarza. Es estimulante del apetito.

UN PLATO DE GUERRA

El mozo trae un plato con porciones de varios potajes. Concentra guisos del día, Rocoto relleno, la Zarza de patitas, etc. En la carta figura con el nombre de Americano. Ugarte recuerda que el nombre surgió después de la Segunda Guerra Mundial. Los norteamericanos sobrealimentaban a la tropa; el almuerzo era servido en gamelas con cuatro platos distintos. El Americano se sirve igual, pero no es más que un ‘remake’ del viejo picante, aquel platillo ofrecido en las chicherías como yapa de la chicha. El señuelo eran esos aperitivos, se servían para estimular la sed. Las torrejas del plato introducen dos ideas a la conversación. La primera, la capacidad de las cocineras para reciclar ingredientes que sobraban, echarles harina y un huevo y freírlas en aceite o manteca. La segunda, las técnicas importadas del Viejo Mundo y adaptadas al medio. Los primeros nativos arequipeños comían cuy y lo cocinaban calentándolo con piedras, los españoles empezaron a freírlos.Pero los invasores no solo impusieron, rescataron las técnicas locales, por ejemplo la huatia. De los platos servidos quedan resquicios. Comida terminada, conversación finalizada. Afuera, la ciudad persiste en su laberinto de humo y ruido.

La cocina arequipeña echó cimientos sólidos con la fundación española de la ciudad. Los colonizadores encontraron un valle fértil regado por un río, con pequeñas comarcas alejadas entre sí. Ugarte y Chocano afirma que las tierras se enriquecieron con la explosión del volcán Huaynaputina (1600) en Moquegua, cuyas cenizas oscurecieron la ciudad varios días. Como en Pompeya, el día se hizo noche, los arequipeños imaginaron el fin del mundo. Las capas de sustancias inorgánicas  enriquecieron el suelo, las cosechas se incrementaron seis veces más.