jueves, 3 de octubre de 2013

III LOS TERTULIANOS Y LA TRATTORIA DI FABIO

En el Bombe, la “Trattoria di Fabio”, existen varias tertulias. Si nos remontamos al origen de la palabra tertulia, es una reunión informal y periódica de gente interesada en un tema o en una rama concreta del arte, la ciencia o la filosofía, para debatir e informarse o compartir ideas y opiniones. También se conversa de amores y desamores  Por lo general, la reunión tiene lugar en café o cafeterías, suelen participar en ellas personas del ámbito intelectual. Es una costumbre de origen español y se mantuvo arraigada hasta mediados del siglo XX en las colonias independizadas del imperio español. A los asistentes se los llama «contertulios» o «tertulianos».
El Bombe “la Trattoria di Fabio”, un café restaurante pequeñito, todo el que lo visita se siente como en familia, no tiene muchas mesas, y está decorado con unas fotos preciosas del Paseo del Bombe, del parque San Francisco, se encuentra en la calle Pérez de la Sala. Su propietario es un italiano, nacido en la Ciudad Luz,  y se llama Fabio. Es de constitución fuerte, es alto y con sus manos grandes, como es él, grande,  el  pelo rizado y muy revuelto, de tanto pensar. Es una excelente y muy noble persona, todo lo que tiene de grandón lo tiene de buena persona. Es el clásico relaciones públicas, que atrae a la clientela por su simpatía. El camarero, Ovidio es  de origen rumano y  muy atento con la clientela; y el chef Luis, es de Portugal, cocina exquisitamente muy bien.  Este pequeño bar se especializa en la cerveza y el vino de todos los siglos, de todos los colores y sabores, sirviéndose también cafés y comidas italianas. 
Desde hace unas semanas Manolo, se queja de un dolor de pie, -que  lo tiene loco-, los tertulianos, después de un cambio de opiniones y hacerle una prueba de tacto en el miembro doliente, en consenso, le dicen que vaya a ver a un fisioterapeuta,  lo acepta, pero, - dice- antes quiero ir a ver al docto, redundando, doctor Florencio, su médico de cabecera de toda la vida, y que conoce muy bien todas sus dolencias crónicas.
A la mañana siguiente, de acuerdo a la cita que le han dado en el Centro Sanitario, se levanta, se acicala y va al ambulatorio para que su médico le diagnostique, sobre el dolor del pie. Su amigo, con mucha paciencia lo examina y le  receta unas obleas, solo para el dolor, que las  tiene que tomar durante  una semana. El galeno le dice que es muy probable que tenga, la gota, -enfermedad producida por una acumulación de cristales de sales de urato (ácido úrico)  en distintas partes del cuerpo, sobre todo en las articulaciones, tejidos blandos riñones. El ataque agudo de gota típico consiste en una artritis que causa intenso dolor y enrojecimiento de inicio nocturno en la articulación del dedo gordo del pie. 
Nuestro tertuliano llega al café y cuenta su aventura con el médico, diciendo que va a seguir el tratamiento los días que le han indicado, además acota aduciendo de que el galeno se ha equivocado con el diagnostico, ya que  – según cuenta- sigue al pie de la letra la dieta que le prescribieron desde hace tiempo.
Pasa la semana y los dolores son aún mayores, los tertulianos le siguen diciendo que vaya a un fisioterapeuta. Pide cita a su médico, para que lo vuelva a ver. El día que le han señalado se dirige al ambulatorio y se enfrenta a su galeno, quien lo vuelve a revisar y al tocarle el pie, este lanza unos terribles quejidos que se escuchan por todo el ambulatorio. Al observar  que el dolor es muy agudo,  le indica que tiene que hacerse unas radiografías, y unos análisis de sangre y orina. Le entrega un tubo de ensayo para que evacue sus orines, Manolo alega que el mismo es muy pequeño, entonces al reclamar  le entrega un vaso de plástico para que orine en el mismo, y después lo evacue al tubo.
Sale de allí y pide la cita para que los radiólogos le saquen la radiografía, a la hora que él quiere. Le señalan su turno para las seis de la tarde, al mismo tiempo que se prepara para los otros análisis.
Él día que lo citan va a sacarse la radiografía a las seis de la tarde, llega un poco antes de la hora, el radiólogo lo llama, le manda sentarse en la camilla, le pide que se descalce y ponga el pie de costado para tomarle la placa. Pero siente unos fuertes dolores de los que se queja con grandes gritos. Una vez realizada esta operación,  le dicen que espere un rato, hasta que le digan que la lámina ha salido bien.
Pero ¡Oh sorpresa!, Manolo alucina, piensa que es una reacción de la misma radiografía, Ve a una señora con el brazo escayolado, que es acompañada por una señora y un hombre vestido de “gaiteiro”. Ellos se dirigen a otra consulta y se pierden por los pasadizos del Ambulatorio.
Sale del ambulatorio con el dolor de pie que es aún más agudo, y piensa llegar a casa rápidamente para meter el miembro adolorido primero en el bidet y luego en la ducha con agua muy fría, consiguiendo al poco rato que el malestar sea menor. Sale a la calle y enseguida se le viene a la memoria  la figura de  un amigo de otros tiempos, que lo  llama por teléfono, todas las tardes, bajo la modalidad de llamada oculta, para fastidiarlo. Le extraña porque desde hace días el móvil permaneces mudo.
Como todos los días toma una pastilla para dormir, Manolo no deja de mostrar su preocupación de quedarse dormido, -confiesa que no sabe programar el reloj despertador-  le pide a su hija Yolanda, que lo llame a las siete y media de la mañana para llegar a tiempo al ambulatorio y hacerse los análisis que le han programado  de  sangre y orina.
Al sonar el teléfono, a esas horas tan intempestivas, se despierta sobresaltado, se lava y se dirige al garaje a buscar su coche, - un Mercedes, automático, modelo CL.  Para no perder tiempo y llegar a las ocho de la mañana, al Centro de Salud,  aparca encima de la acera, entrega su tubo de ensayo con la micción, y se dirige a otro consultorio para que le extraigan la sangre.
Se le acerca una joven y guapa enfermera, provista de cuatro “grandes” tubos para sacar el líquido rojo. Al ver esa maniobra  preliminar, piensa que le van a hacer una gran sangradura.
Sentado en una mesa con el brazo derecho, y la camisa remangada, está preparado para que lo pinchen, pero se encuentra muy nervioso, - la enfermera trata de tranquilizarlo – él le dice que es muy guapa, y hasta la invita a cenar un día de estos- mientras le está diciendo todas estas bonitas palabras, aprovecha de introducirle la aguja en la vena y la sangre sale a borbotones, que llenan los tubos en menos de un segundo.
Pero Manolo se sorprende porque nota una cosa extraña, de que en esos cuatro tubos que contienen el precioso líquido no es azulino. Dirigiéndose a la sanitaria, le dice que en la operación ha hecho algo mal. Ella, asombrada le pregunta por qué le hace esa observación. Se levanta solemnemente, y con voz profunda,  le manifiesta que él es noble y tiene sangre azul. La enfermera muy extrañada, cambia de cara, se pone seria e incrédula. Pero se da cuenta que le está gastando una broma, y celebra la ocurrencia. Terminada esta operación se arregla la camisa, le vuelve a repetir los piropos e invitaciones, que le dijo al llegar, se despide cortésmente, saca su coche de encima de la acera y vuelve  a su casa para meterse nuevamente en la cama y seguir durmiendo.
En la calle hay mucho  bullicio, el rápido caminar de la gente que van a sus oficinas, otras que pasan al mercado o llevando a los niños al colegio. Algunas beatas se encaminan a la iglesia para la misa de las 12.30.  Manolo, antes de levantarse llama a su hija quejándose de que sigue con el pie muy adolorido. Se da una ducha fría, prepara su desayuno como de costumbre. Para no aburrirse busca algo que hacer, dedicándose a limpiar y dar lustre a sus muebles antiguos y a la platería heredados de sus padres. Pasa la vista por los retratos que cuelgan en las paredes, observa que los libros estén bien alineados en sus estanterías, su escritorio milimétricamente ordenado, con sus cuadernos de notas  alineados, lápices y lapiceros, calculadora, informes viejos, computadora encendida y el aparato de televisión siempre puesto ¿Cómo no va a sentir nostalgia de todo esto?.
Al poco rato después de hacer estas faenas de casa, le sucede otro acontecimiento importante. Debido al polvo se le han infectado sus ojos, se mira en el espejo y se asusta de lo irritado que está. Llama nuevamente a su hija, quien acude a casa rápidamente y al verlo así lo lleva con toda prisa al médico. Al llegar a la consulta, como no hay nadie en la sala de espera pasa de inmediato. El galeno de guardia le diagnostica una conjuntivitis vírica y le explica que en esta ciudad hay una toxina que está afectando a muchas personas.
Con toda la atención y cariño que se merece una persona de la nobleza ovetense, el médico le recta un colirio, que al salir del ambulatorio compra rápidamente. “parece una plañidera de la casa de Bernarda Alba”. Raudo y veloz se va a casa, hace una profilaxis de todas las cosas que utiliza diariamente, se echa el colirio, para refrescar sus ojos y sale a dar su ronda rutinaria. En la esquina se encuentra con el ciego que vende la lotería, lo saluda y sigue su camino expedito, para encontrarse con los tertulianos.
Aquella tarde-noche después de conversar largamente con sus amigos, se despide, sin antes anunciarles que al día siguiente volverá al consultorio para que le digan si ha pasado el control médico, y le indiquen sobre la dolencia del pie. Aunque ha tomado su pastilla de “Lormetazapan”, esa noche no duerme pensando en lo que le dirá su médico.
Cuando emprendimos el viaje, el paisaje se veía de retroceso, todas las cosas venían de pronto de reversa, el cielo pintaban nubestas que parecían figuras que nos daban la despedida. La mañana aún era gris, tenía pegada a un a las horas pedacitos de Rocío que al contacto con los tímidos rayos del sol morían atravesados por la luz, el viaje parecían no tener retorno emprendíamos la búsqueda de un nuevo mundo.
El paisaje de olas espumosas que olían a tierra salada, de pronto se empezaba a perder en la distancia, el mundo comenzaba a tener entonces otro nombre, ya el patio enorme, con matas que bailaban todas las tardes con la brisa, y le coqueteaban a la orilla del río sus arrogancias ya sólo quedaban en mis recuerdos. Se hizo de pronto de cemento y asfalto la polvorienta callecita que se pintaba a cada rato de colores delirantes para que decidiéramos seguir pasando por ella como de enamoramiento.
- Señora: dijo de pronto una voz grave que parecía salir de un enorme caracol enrollado - no creo que el niño pueda alguna vez caminar.
La campesinita de ojos color café se le comenzó a derramar a borbotones granos marrón oscuro que parecían de una cosecha triste.
En el hospital del seguro social de Llanes, la tarde parecía de horas que no se terminaba, se pegaba a la piel de los que caminaban por los interminables pasillos. De repente, el silencio se pierde entre un sonido metálico de una de las puertas sin alma que se abre como impulsada por el viento, surge un vestido blanco largo como una vela, venía dentro una figura aún más larga, que parecía llamar las sombras, con una voz de silbido blanco que acariciara los nombres que pronunciaba.
- Señora Isabel, pase por aquí doña ya la atiende el pediatra, vamos a tomar los datos del niño. La luz de la luna brilló esa noche, redonda, de un azul de vidrio, que como por arte de magia volvía blanco todo lo que tocaba, como a las ocho de la noche se cerró la puerta del salón lleno de camas pero seguían los pasos ardiendo en el pasillo, de un extremo a otro. De vez en cuando se detenían y no sonaba más, morían tras una puerta, así era para todas las noches.
Una de las últimas noches que tuviste es en ese hospital después de cerrada la puerta como a las dos horas, el pasillo se hizo largo para unos pasos que no acababan de llegar, sonaban serenos, a pausa breve, limpios y secos; no servían como los de las anteriores noches, era capaz de hacer música. No era ahora de ronda del médico pero entró uno de mediana estatura; no vestía de blanco como todos, un sombrerito negro que la luz absorbía lo hacía más limpio, de faz sencilla, inspiraba confianza, un traje liso negro, que hizo juego con la luz nocturna de la luna, era delegado de bella estatura móvil de pureza; tenía a su alrededor su propia luz que se fragmentaba en pequeños cristales que volaban hacia la ventana, hacia tu cuerpo, hacia los caballitos de mar que adornaban tu cunita. Atravesó la distancia de la puerta a la cuna sin preocupación, ni siquiera se percató de que estaba acurrucadita en un rincón de la habitación en el suelo, se detuvo muy cerca de ti aún con las manos cruzadas en espalda, inclinó su torso para verte mejor; fue espléndido ver tu cuerpecito desde la luz que manaba el señor; acercó una mano pálida de dedos delegados casi transparentes, la pasó desde tu cadera hasta la punta del pie, se detuvo el tiempo, no respiraba ni el aire sólo pudo cantar la luz.
Ya cuando pasaban más de las doce del día, el sol estaba bien alto, casi al punto de derretir todo lo que tocaba, hacía ya bastante tiempo que el paisaje conocido había dejado de existir seguir siendo de retrocesos la visualización de todo pero el paisaje ahora era totalmente nuevo. La antigua camioneta seguía rodando con su quejido de motor, que parecía despertar a su paso hasta la brisa.
De pronto se detuvo en una calle larga triste donde habían unos árboles muertos desde, que se erigían como grandes lanzas queriendo agujerear el cielo, el lugar era pálido, las casas se despegaban como naciendo de entre el barro que se apostaba a las márgenes de la calle sin vida. Habíamos llegados a lo que iba hacer nuestro nuevo lugar para vivir. Comenzaba ahora otra historia.
A las trece horas llega al centro sanitario, el doctor Florencio lo recibe cariñosamente, le extiende la mano, le ofrece que se siente en una silla vacía, que tenía enfrente. El galeno, con toda tranquilidad busca la historia clínica, después de revisarla cuidadosamente le dice que se encuentra muy bien de todo, que siga así. El paciente incrédulo le vuelve a preguntar con insistencia, si no tiene nada grave. El galeno le vuelve a repetir que no tiene ni colesterol, ni triglicéridos, ni la orina, ni la próstata, ni nada de nada.
Entonces, es cuando Manolo le cuenta que el día anterior descubrió que su sangre no es azul, sino roja. Le explica que desde muchos siglos atrás sus antepasados fueron nobles. Ostentando la condición o el título de nobleza, que constituyó desde antiguo una alta dignidad, tanto como luego un concepto «socio-grupal».
La nobleza tiene su origen, como fuente y solar de donde dimanó, en el Principado de Asturias. Una provincia de la que en el  siglo XVIII constaba de cincuenta y tres Concejos o Jurisdicciones que correspondían a la Real Corona, o también reconocido como Mayorazgo del Príncipe, tenía a la par diferentes Cotos o Jurisdicciones particulares, lugares de vasallaje, y más.
No obstante, la pertenencia a la Nobleza es todavía hoy valorada como una distinción social para algunas personas, pese a tener un significado legal meramente simbólico.
Es ahora cuando al ver que mi sangre es roja, me preocupo más, porque pienso que  me pueden venir todas las enfermedades del mundo, y si esto ocurriera sería verdaderamente muy grave.
Florencio su médico y amigo le celebra su ocurrencia y le enseña el historial repitiéndole, que no hay nada que recetar, que se encuentra muy bien. Al salir de la consulta, como por arte de encanto todas sus dolencias incluida la del pie han desaparecido. Ahora Manolo está muy mejorado, gracias a los consejos de su hija, de Florencio y de los tertuli

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