lunes, 30 de mayo de 2011

De como un Principe llegó a ser alcalde en el Perú


El insigne tradicionalista peruano, Ricardo Palma, cuenta en una de sus tradiciones Peruanas como un Príncipe llego a ser Alcalde en el Perú. “A riesgo de que se incomoden conmigo los trujillanos y me llamen hasta excomulgado a matacandelas y hereje vitando, ocúrreseme hoy sacar a plaza conseja que con ellos y con su tierra se relaciona. Júroles, empero, no proceder de malicia o con segunda intención, que hombre no soy de trastienda ni de burbujas de jabón. Ésta es una tradicioncilla que, como ciertas jamonas, tiene la frescura de las uvas conservadas. Basta de algórgoras, y a tus fuelles, sacristán. Grave desacuerdo había por los años de 1795 entre el ilustrísimo señor don Manuel Sobrino y Minayo, vigésimo obispo de Trujillo, y su señoría el señor don Vicente Gil y Lemus, intendente de esa región y sobrino de su excelencia el virrey bailio don fray Francisco Gil de Taboada Lemus y Villamaría...”
Era el caso que el intendente había autorizado una corrida de toros en domingo, día consagrado al Señor; y el obispo veía en esto mucho de irreligiosa desobediencia a las prescripciones de la Iglesia; pues por asistir a la profana fiesta y llegar a tiempo de obtener cómodo asiento, algunos cristianos, que cristianos tibios serían por andar a caza de pretexto, olvidaban cumplir el obligado precepto de oír misa.
Grave desacuerdo había por los años de 1795 entre el ilustrísimo señor don Manuel Sobrino y Minayo, vigésimo obispo de Trujillo, y su señoría el señor don Vicente Gil y Lemus, intendente de esa región y sobrino de su excelencia el virrey bailío don fray Francisco Gil de Taboada Lemus y Villamarín.
Era el caso que el intendente había autorizado una corrida de toros en domingo, día consagrado al Señor; y el obispo veía en esto mucho de irreligiosa desobediencia a las prescripciones de la Iglesia; pues por asistir a la profana fiesta y llegar a tiempo de obtener cómodo asiento, algunos cristianos, que cristianos tibios serían por andar a caza de pretexto, olvidaban cumplir el obligado precepto de oír misa.
El señor Sobrino y Minayo, a pesar de la mitra, era aficionado a la camorra; y tanto que la armó y gorda por poner en vigencia una ordenanza de Felipe II, la cual disponía que las hembras de enaguas airadas vistieran, para no ser confundidas con las honestas damas, de paño pardo con adornos de picos; de donde, por si ustedes lo ignoran, les diré que tuvo origen la fase andar a picos pardos. El señor intendente dijo que eso de legislar sobre el vestido y la moda era asunto de sastres y costureras más que de la autoridad; que la regia ordenanza había caído en desuso; y que, por fin, antes se pondría a clavar banderillas y a estoquear un toro bravo, que en dimes y diretes con el sexo que se viste por la cabeza.
La cosa se ponía cada día más en candela, y la ciudad estaba dividida en bandos: el que acataba los escrúpulos del obispo, y el que simpatizaba con los humos de resistencia de la autoridad civil. El obispo plumeaba largo, y hasta había logrado que la Inquisición tuviera con ojo al margen el nombre del intendente, como sospechoso en la fe; varapalo que también alcanzó a su tío el virrey, el que en un registro que original existe entre los manuscritos de la Biblioteca de Lima, figura como lector de libros prohibidos.
Por su parte el intendente tampoco tenía ociosa la pluma, y por cada correo de Valles (que así llamaban al que mensualmente llegaba a Lima trayendo la correspondencia de los pueblos del Norte), enviaba a la Real Audiencia y al virrey una resma de oficios, epístolas y memoriales contra el obispo. En uno de ellos acusaba su señoría al mitrado de desacato a la majestad del monarca, porque en el escudo de armas de la ciudad, colocado en el salón principal del seminario, había suprimido la corona real.
El escudo de armas de Trujillo fue dado a la ciudad por Carlos V. Constaba de un solo cuartel, en el que, sobre fondo de azur, se alzaban dos columnas en plata sosteniendo una corona de oro. Dos bastos de gules sobre fondo de aguas, en sinople, y en el centro de ellos la letra K (inicial de Karolus V), formaban un aspa con las columnas. Este escudo, mantelado, estaba sobre el pecho de una águila, en sable.
En la cuestión de los toros declaró la Real Audiencia que era indiferente lidiarlos en día festivo o de trabajo; y que por lo tanto, ni el intendente se había extralimitado ni el obispo faltado a su deber reclamando contra lo que, en conciencia, creía infractorio de prescripciones eclesiásticas. Dedada de miel a ambos poderes.
En lo relativo a los picos pardos, dijo la Audiencia que el obispo hacía muy bien en querer que la oveja limpia no se confundiese con la oveja sarnosa; pero que también el intendente había estado en lo juicioso declarando que en España e Indias había caído en desuso la pragmática real, desde el advenimiento del cuarto Felipe al trono español. Otra dedada de miel.
En lo del escudo resultó culpable de descuido o distracción el pintor, que la soga rompe siempre por lo más débil; honrado el obispo, porque comprobó haber reprendido oportunamente al pintamonas; y enaltecido el intendente, porque acreditó celo y amor a los fueros de la majestad real. Para repartir con sagacidad dedadas de miel, no tenía pareja la Audiencia de Lima.
Aunque, como se ha visto, la Real Audiencia cuidó mucho de no agraviar a ninguno de los contendientes, abriéndoles así campo para una reconciliación, no por eso cesaron ellos de estar a mátame la yegua, que de matarte he el potro.
Vino el 1.º de enero de 1796, día en que el Cabildo debía proceder a la elección de alcalde de la ciudad, cargo altamente honorífico, y que se disputaban ese año entre un señor Mariadiegue y un señor Velezmoro, ambos hidalgos de sangre más azul que el añil de Costa Rica, y muy acaudalados vecinos de Trujillo. El intendente Gil patrocinaba la candidatura del primero, y el obispo se declaró favorecedor entusiasta del antagonista.
Influencias por aquí e influencias por allá, intriguillas vienen e intriguillas van, ello es que retenidos los veinticuatro regidores con voz y voto, resultó que doce cedulillas sacaron el nombre de Velezmoro y las otras doce el de Mariadiegue.
Se aplazo la elección para el siguiente día, y cada partido aprovechó las horas trabajando con tesón para conquistar un voto. Pero el resultado fue idéntico.
El 3 de enero debía efectuarse la votación decisiva. Si el empate subsistía, tocaba a la suerte decidir. Trujillo no podía quedarse sin alcalde. ¡Qué habrían dicho en el otro barrio las almas de Francisco Pizarro, fundador de la ciudad, y de Diego de Agüero, su primer alcalde!
En la mañana de ese día tuvo el señor obispo barruntos de que uno de los regidores de su bando no jugaba limpio; pues una su hija de espíritu le avisó, bajo secreto de confesión, que a media noche habrán tenido misteriosa y larga conferencia intendente y cabildante, y que aquél se frotaba con regocijo las manos, como quien dice: «¡Se divirtió el obispillo! ¿Adónde había de ir conmigo?».
No era el señor Sobrino y Minayo hombre para descorazonarse por tan poco, y convocando, sin pérdida de minuto, a los once regidores en cuya lealtad fiaba, les dijo: “-Amigos míos, hoy nos parten por la hipotenusa, si nos descuidamos; que el bellaco de don Teodosio se ha comprometido a hacernos una perrada. Lo sé de buena tinta. Pero ya que no podemos sacar amante a nuestro protegido, es muy hacedero estorbar el triunfo del adversario...”
“-¿Y cómo, ilustrísimo sector? -preguntaron los cabildantes.
-De una manera muy sencilla. Lanzando hoy a la arena un candidato tan prestigioso, que ha de tener los gregüescos muy bien amarrados el regidor que le niegue el voto.
Los velezmoristas se quedaron boquiabiertos. Al fin, uno de ellos dijo:
-No encuentro, señor obispo, quién pueda ser el personaje de tanto fuste que nos saque del atrenzo.
-Pues no se devanen los sesos vuesas mercedes por encontrarlo, que ya yo me he tomado ese trajín.
-Entonces, cuente su señoría ilustrísima con nuestros votos. ¿Y puede, si no peca de indiscreta la pregunta, saberse el nombre del nuevo alcalde?
-Calmen vuesas mercedes su impaciencia. Mi secretario irá luego al Cabildo y les llevará las cedulillas. Entretanto, tenemos tres horas por delante que, bien aprovechadas, nos darán colosal victoria. Mi carroza me aguarda, y voyme al campo enemigo. Dios guarde a ustedes, caballeros.
Echoles el obispo una bendición, dejose besar el pastoral anillo, y los once cabildantes se retiraron...”
A las dos de la tarde, y por diez y ocho votos contra seis, fue proclamado alcalde de primer voto de la muy ilustre ciudad de Trujillo, en el Perú, el excelentísimo señor don Manuel Godoy, príncipe de la Paz, duque de Alcudia, ministro omnipotente de Carlos IV y amante idolatrado de la reina María Luisa, a la cual diz que en la guitarra solía cantarle con muchísimo salero esta copla:  «Benditos los nueve meses/ que estuviste, que estuviste,/
en el vientre de tu madre/ para consolar a un triste».
-Manuel -díjole una mañana a su valido el monarca español-, ¿cierto es que te han hecho alcalde?
-Y tan cierto -contestó sonriendo el favorito- como que he aceptado la honra, y quiero acompañar la aceptación con algunas provisiones, que vuestra majestad firmará, haciendo mercedes a sus buenos y leales vasallos los trujillanos.
Y sacó tres pliegos de la cartera.
-Celebro que medres, hombre, y alégranme como propias tus bienandanzas. Trae, Manuel, trae -dijo Carlos IV, y sin leer el contenido, puso el sacramental-. Yo el rey.
Por la primera de estas reales cédulas se acordaban muchas preeminencias al Cabildo y ciudad de Trujillo, y que el alcalde de segunda nominación desempeñase las funciones que a Godoy correspondían.
Por la segunda se ennoblecía a la ciudad hasta donde ya no era posible más; porque se añadían a su escudo de armas tres reales de oro, en sautor, sobre las columnas de plata. Esto es metal sobre metal, lo que en heráldica vale tanto o más que ser primo hermano de Dios-Padre. Desde entonces los trujillanos blasonan, y con razón, de ser tan nobles como el rey. Lima, con ser Lima, no luce en su escudo de armas metal sobre metal. Honra tamaña estaba reservada para Trujillo.
La última que, a mi escaso entender, era la morrocotuda, establecía que los buques pudieran ir directamente de Cádiz a Huanchaco, lo que importaba poner a Trujillo en condición superior a casi todos los pueblos del virreinato. Con tal condición, prosperidad y riqueza eran consecuencia segura para el vecindario.
Cuando se recibieron en Trujillo estas reales cédulas, el obispo Sobrino y Minayo no pudo holgarse con la lectura de ellas; porque acababa de pasar a mejor vida, como dicen los que se precian de saberlo.
¡Pero vean ustedes lo ingrata que es la humanidad y lo olvidadizos que son los pueblos! A pesar de gangas y mercedes de tanto calibre, Trujillo fue la primera ciudad del Perú que en el día de Inocentes (28 de diciembre de 1820) proclamó en pleno Cabildo la independencia patria, extendiendo y firmando acta por la que los vecinos juraban defender, no sólo la libertad peruana, sino también (a usanza de los caballeros de Santiago, Alcántara y Calatrava) la pureza de María Santísima (sic). Mas parece que alguien hizo al marqués de Torre-Tagle (verdadera alma del pronunciamiento) caer en la cuenta de que era inconveniente esa mezcolanza de religión y política; y al día siguiente (29 de diciembre) se firmó nueva acta, suprimiendo en ella lo relativo a la Santa Madre de Jesús.
Parlerías y murmuraciones envidiosas a un lado. Nadie le quitará a Trujillo la gloria de haber tenido por alcalde a un príncipe, ni la de que en su escudo de armas haya lucido metal sobre metal.

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