viernes, 14 de febrero de 2014

JERÓNIMO DE ALIAGA

Jerónimo de Aliaga es uno de los personajes ilustres vinculados con Villapalacios, que si bien no nació en esta localidad pasó los últimos años de su vida en ella y fue enterrado aquí. Muy joven dejó Segovia, su tierra natal, para hacer fortuna al otro lado del Atlántico. Se estableció en Perú donde estuvo presente en los primeros actos en este país tras la llegada de los españoles y desempeñó diferentes e importantes cargos como: Veedor y Contador de su Majestad, Escribano Mayor del Perú, Alférez del Estandarte Real en la defensa de la Ciudad de los Reyes, Secretario Mayor de la Real Audiencia de la Ciudad de los Reyes, o Teniente Gobernador (regidor) de la Ciudad de los Reyes, entre otros. 
Se casó y tuvo varios hijos, y tras enviudar regresó a España donde contrajo matrimonio con Juana Manrique, hija de Rodrigo Manrique, III Conde de Paredes. Los dos se retiraron a Villapalacios donde vivieron sus últimos años de vida.
De la biografía de este conquistador conocemos muchos de los datos de su etapa americana. Además, sus herederos peruanos conservan la casa que el levantó sobre un oratorio indígena hace 500 años y presumen de poseer la vivienda colonial más antigua de toda América, además de pertenecer a la estirpe de uno de los personajes más ilustres de la historia peruana. Tras su regreso a España su biografía se desvanece y permanece casi olvidada. Actualmente en Villapalacios, su nombre sólo es conocido por unos cuantos, pues apenas se conocen cuatro datos sobre los últimos años de Jerónimo de Aliaga, por lo que son muchas las preguntas y muy pocas las respuestas que tenemos sobre la biografía de Jerónimo Aliaga tras su regreso a España.
Analicemos cronológicamente los datos que disponemos de él:
1508 Jerónimo Aliaga nace en la collación de San Llorente, Segovia. Sus padres eran Juan de Aliaga y Francisca Ramírez. Los dos están enterrados en esta localidad natal de Segovia. Según el primer testamento de Jerónimo, este matrimonio tuvo cinco hijos: Lorenzo de Aliaga, Alonso Ramírez, María de Aliaga y Catalina Ramírez, además de nuestro protagonista.
1529 A los 21 años ya se encuentra en la actual Panamá, en concreto a las provincias y reinos de Tierra Firme, llamada Castilla del Oro, según los datos aportados por testigos en un interrogatorio celebrado en 1549, que afirman “podrá haber veinteaños”, o “lo conozco a el dicho Capitán Gerónimo de Aliaga de diez y ocho años a esta parte”. Estuvo en la conquista y pacificación de las provincias del golfo de San Miguel y del río del Suegro con el capitán Pedro Gonzalo de los Ríos, durante los seis meses que duró esta operación. Con el capitán Fernando de la Serna participó en la conquista y pacificación de Totanaga, capturando en persona al cacique principal de la provincia, punto que no coincide con el testimonio de todos los testigos. Blas de Atienza, que en 1549 tiene unos 60 años y es alcalde ordinario de Trujillo, afirma que estando hace 19 o 20 años en Panamá llegó Jerónimo de Aliaga desde España. El mismo Blas de Atienza afirma que en ese año Aliaga le preguntó qué era necesario para participar en una expedición. Atienza le escribió una memoria de las cosas necesarias, que Aliaga compró.
Algunos de los testigos afirman que la conquista se hacía en canoas por los ríos, y cuando iban por tierra iban a píe con sus espadas, rodelas y ballestas, llevando casi siempre a cuestas su comida y ropa y armas, dice el testigo Hernando de Montenegro.
 1530 - 1532  De Panamá pasó a las tierras de Nueva Castilla en el navío de Pedro Gregorio, en el momento en que Francisco Pizarro estaba en la provincia de Coaque. Diego Maldonado en 1549 afirma que estando con Pizarro en esta provincia llegaron dos navíos con gente de socorro de Tierra Firme. Lucas Martínez Begaso, en el mismo interrogatorio, que estando con Francisco Pizarro en Coaque, “vino el Capitán Pedro Gregorio de Tierra Firme con socorro de gente, entre la cual vino Gerónimo de Aliaga”. Según el mismo Aliaga llegó con “mis armas e caballo y a mi costa e minción, sin socorro ni salario alguno de su Majestad ni de otra persona alguna”. Por último Lucas Martínez dice que “se hallaba e trabaxaba en lo susodicho, y en las entradas, porque era mancebo e recio e traía buen caballo”.
Desde su llegada a Coaque, siguió a Pizarro durante las diferentes fases de la conquista del Perú: primero por la costa, la isla de Puna, donde permanecieron varios meses hasta que los enfrentamientos con los indios acabaron con la detención de Tumbala, cacique principal. De allí embarcó a la provincia de Tumbes, pasando por diferentes localidades, comarcas y provincias, como las del valle y río de Pocchos y Tangarara, en la sierra. Una vez conquistada, intentaron informarse de la tierra que había delante, pero una vez los habitantes de estas tierras les decían que estaban desabitadas e inhabitables y otras veces superpobladas, por lo que los confundían. No es extraño pues que muchos de los españoles embarcaran hacia Nicaragua asustados, tras dar sus armas y caballos para que les diesen licencia. Esta etapa costera de la conquista culminó con la fundación de la villa de San Miguel, en la provincia de Piura.
Desde San Miguel, y tras dejar poblado el lugar, acompañó a Pizarro tierra adentro, hacia la provincia de Cajamarca, donde fue apresado y asesinado el líder inca Atahualpa. De allí se pasó a la provincia de Jauja y la ciudad de Cuzco. En todas estas acciones estuvo presente “en todo lo cual yo el dicho Gerónimo de Aliaga me hallé e serví con mi caballo y armas, sin que en ningún tiempo ni viaje que se hiciese dexase de hacer lo que cualquier buen hidalgo debía de hacer”. Según los datos de la conquista y los proporcionados por el propio Aliaga, aparte de los numerosos enfrentamientos con los indios, se “pasaron diversos trabaxos de ser y hambre y dolencias y de otras necesidades de las cuales muchos morían en el camino”. En efecto fueron muchas las enfermedades que los españoles sufrieron como el paludismo, las bubas, la fiebre verrugosa, eruptiva, etcétera. Aunque no pocas las que contagiaron a los habitantes naturales de estas tierras y que diezmaron la población enormemente.
Aliaga firma una orden en Túmbes como escribano de su majestad por mandato del gobernador a Hernando de Soto para abrir información sobre el proceder de Alonso Riquelme y su negligencia en la custodia de los navíos reales.

1533 / 1534 El 15 de diciembre de 1533 comienza la fundición de todo el oro y la plata que se halló en el Cuzco y de cuanto se había reunido desde la salida de Cajamarca. Se escogió una casa en la plaza de Rimacpampa y se pregonó la fundición para que todos los que tuviesen oro y plata lo depositasen. En ese momento se nombra a Jerónimo de Aliaga con el cargo de Veedor, “como persona de confianza e toda fidelidad... e puso en su poder y guarda todo el oro e plata e piedras de valor que allí se tomaron, para que dello su Magestad hubiese sus quintos reales”, a Antonio Navarro contador, a Pedro Sancho escribano y a Pedro de Candía se le encarga hacer las marcas de las barras. La fundición acabó en marzo de 1534. El oro obtenido del Cuzco fue mas cuantioso que el de Cajamarca. Un total de "700.113.880 pesos iguales a 588.266 pesos de oro de 450 maravedíes, 164.558 marcos de plata buena y 63.752 marcos de plata mala". A Aliaga le correspondieron 339 marcos plata y 8.888 pesos de oro. Hubo problemas en el reparto por el tanto por ciento que le tocaba a la Corona.
El 15 de diciembre de 1533 fue nombrado Veedor en Cuzco, y el 27 de junio de 1534 Escribano de su Majestad.
El 23 de marzo de 1534 Pizarro fundó la ciudad de Cuzco (entre el 20 y el 23 de agosto de 1535 Jerónimo de Aliaga entregó al obispo Berlanga una escritura del Cabildo de la ciudad del Cuzco hecho el 4 de agosto de 1534 (CDIA, X, 247–248).
Participa en la batalla frente a Quizquiz, capital del líder inca Atabalipa, que en la provincia de Tambo se resistía a los españoles. Pizarro mandó allí al capitán Reyna con gente de su confianza, entre ellos Jerónimo de Aliaga.
En Cuzco hubo discordias entre Diego Almagro y Gonzalo Pizarro, hermano del líder de los españoles, con motivo de si tenían que avanzar hacia Chile o no. Francisco Pizarro se traslada a esta ciudad con 20 hombres a caballo y puso orden, uno de ellos era Aliaga.
El 11 de agosto de 1534 Aliaga recibe tierras e indios en propiedad, en concreto la encomienda de Chuquiracua, en la provincia de Andahuaylas o Huaylas. (Una parte para él y la otra mitad para Sebastián de Torres).
 1535 Por ausencia del Contador Antonio Navarro, tras volver a España, fue nombrado por Pizarro y sus oficiales Contador de su Majestad en la provincias de Nueva Castilla, cargo que junto al de Veedor sigue desempeñando el 12 de febrero de 1535, cuando en presencia de Joan Tello, alcalde ordinario de la Ciudad de los Reyes, Lima, y en presencia de Domingo de la Casa, escribano del rey y del consejo de la ciudad, se presenta con testigos diciendo que
“a mi me conviene hacer cierta información para la llevar o enviar ante su Majestad, para que le conste de los mucho que yo he servido e trabaxado en la conquista e pacificación destos reynos en su servicio”.
Varias veces se produce esta presencia ante las autoridades para que tomen nota de las acciones de Jerónimo de Aliaga. Es esta una práctica normal, según nos dice el historiador Urteaga, entre los conquistadores que querían dejar constancia de su buen hacer en la conquista, su lealtad, disciplina, buenas costumbres, su valor y arrojo. Mediante una serie de preguntas que contestaban testigos presentados por el propio interesado, se narraban sus actos. Urteaga ha estudiado las informaciones realizadas en 1535, 1539, 1549, con respecto a Aliaga. El primero de los testigos presentados por él fue el mismo Fracisco Pizarro, gobernador y capitán general por su Majestad en las provincias de Nueva Castilla. Según dijo Pizarro, conoce a Jerónimo desde hacía cinco años (1530): “de vista y habla e conversación”. La declaración la realiza el 12 de abril de 1535.
Tras la fundación de la Ciudad de los Reyes, actual Lima, el 18 de enero de 1535, Pizarro entrega a Aliaga un solar para que construya su casa sobre el oratorio de Taulichusco, el último cacique inca del valle del Rímac. En la actualidad siguen viviendo sus descendientes, 16 generaciones después, que conservan muebles originales y objetos, como la espada del capitán fabricada en Solingen, que estuvo en manos de una familia chilena pero luego donó a la familia. El mismo Aliaga afirma:
 “al tiempo que el Señor Gobernador hizo el repartimiento general de los indios en estas provincias me dio e señaló mi Repartimiento, y al tiempo que fundó esta ciudad de los Reyes me señaló mi solar, a donde al presente yo vivo e tengo mi casa proveida como persona de honra”.
 El obispo Berlanga hizo en 1535 una pesquisa entre algunos vecinos de la Ciudad de los Reyes para saber si en el repartimiento de los territorios se había reservado la parte que le correspondía a la Corona. El interrogatorio se inició el 20 de agosto de 1535 y terminó el 25 de octubre de 1535. Las personas consultadas para saber si se habían realizado reservas en Los Reyes, Harenuso, Trujillo y Callao fueron: Pedro Díaz fundidor, Gregorio Sotelo, Jerónimo de Aliaga, Antonio Téllez de Guzmán, Pedro Bueno, Hernando de Soto, Gonzalo Hernández, clérigo, Luis de Moscoso, Juan de Salinas y Neri Franciso.
1536 El líder Manco Inca II se sublevó poniendo en peligro la dominación y conquista de los de Pizarro en Perú. El levantamiento fue general en todo el territorio. Las crónicas españolas hablan de 30.000 indígenas, por lo que sorprendió a los españoles en general. El sitio de Cuzco inmovilizó a cerca de 200 españoles acantonados en la ciudad imperial, poniendo en situación extrema a los hermanos de Pizarro.
Éste envía al capitán Pedro de Cámera, con 18 o 20 hombres a caballo para saber las intenciones. Dos de ellos fueron Nicolás de Rivera, testigo en 1539 y Jerónimo de Aliaga. En este alzamiento fue Alférez Mayor del estandarte Real de su Majestad en la batalla final celebrada el 13 de septiembre de 1536. Según alguno de los testigos, como Rivera, en esa jornada: “sirvió el dicho a su Majestad muy bien en el dicho reencuentro, matando muchos indios y socorriendo a xptianos”, otro testigo afirma que “vió a el dicho Geronimo de Aliaga pelear muy bien y matar indios”. En el interrogatorio de 1549, sin embargo, se habla de tomar de los indios lo que ellos querian dar: “a causa de que los indios eran bien tratados e reservados de trabaxo, no tomándoles más de lo que ellos de su voluntad querían dar de bastimentos... porque en aquel tiempo no se cargaban ni se hacían los malos tratamientos que después han hecho a los dichos indios, y ansí lo conquistaban e pacificaban", dice el testigo, de forma más políticamente correcta. 
Las crónicas apuntan:  “El jefe incaico, que venía acompañado de muchas banderas y vestido con vistosos atuendos de plumas y oro, con gran estruendo, al son de pututos, tambores de guerra y antaras, después de varias horas de lucha, es herido por arcabuz en una rodilla y luego alanceado por Pedro Martín de Sicilia, en lo que es la actual plazuela de Santa Clara. Su muerte produjo el desorden entre los Inca por lo que tuvieron que replegarse al cerro San Cristobal".
Tras la derrota Aliaga conquistó y pacificó la provincia de Mama y Guaura.
Más tarde participó en comisiones de importancia, como la que llevó a cabo en la travesía de Lima a Cuzco para auxiliar a los Pizarro, que llevaban sitiados durante más de un año en Cuzco. En esta jornada fue atacado por los indios que le hicieron retroceder sin conseguir sus propósitos. En estas batallas, los españoles perdieron 30 hombres.
El 14 de julio recibe licencia para viajar a España. 

El 19 de julio, por Real Cédula concedida por Carlos V en Valladolid se concede escudo de armas, para él y sus sucesores: Escudo partido. Primero, partido, en oro, un castillo, de gules, y segundo, en sinople, dos tigres de su color, empinados y asidos por las garras, y segundo, en azur, un navío con las velas desplegadas, sobre ondas de plata y azur, bordura general de gules, con ocho estrellas de oro, de ocho puntas. Por timbre y divisa, un yelmo cerrado con rodetes de plata y gules, y sus trascoles de los mismos esmaltes. Por cimera, un ave fénix, con sus dependencias y follajes colorado y blanco (este es el escudo que aparece representado en el cuadro que abre esta página y que reproducimos a la izquierda).
 1537 Porras Barrenechea explica que según Diego Trujillo en este año había en Lima 380 españoles y tan solo 14 mujeres (Juana Hernández, la primera que llegó, Inés Muñoz, la primera casada y Inés Bravo, la primera doncella noble). Este mismo autor menciona una instancia y cédula a favor de Jerómino de Aliaga, entre otros, para que venga a España “para que los casados que oviere cinco años que están en aquella tierra lleven sus mugeres o se vengan a hazer vida con ellas” (Reales cedulas otorgando permisos para viajar a España a aquellos que volvian con el proposito de casarse y regresar a las Indias). No queda claro si estaba casado o venía a casarse. 

Su primera mujer fue Beatriz de Medrano, con quien tuvo un hijo: Juan, que nació cuando ella estaba casada con Hernando o Bernardino de Sosa. Aunque es un punto un poco oscuro, pues Juan afirma que en realidad no estaba casada con él. El caso es que cuando nació ya había muerto de Sosa y sus padres se casaron el día de su bautizo y fue legitimado. Otros hijos fueron Jerónimo, Alonso y Juana.
Sin embargo hay varios autores, como Salazar y Castro y Manuel de Mendiburu, que afirman que su mujer fue otra: Leonor de Figueroa, nacida en Jerez de los Caballeros, Badajoz, hija mayor de Gonzalo Rodríguez de Figueroa y Maria Tinoco, que pasaron al Perú con cuatro hijas el año 1551 y las cuatro se casaron noblemente. Está claro que por las fechas no puede ser, pues en ese año Aliaga estaba en otros menesteres y alguno de sus hijos ya habían nacido. Más abajo veremos en qué radica el error de estos autores.
1539 Solicita nueva petición sobre información de actos llevados a cabo en la conquista para presentar ante su Majestad y ante los Señores de su Real Consejo de Indias, y “ante quien viere que conviene a mi derecho”. En este momento afirma que hacía “quince años poco más o menos que pasó de los reynos de España a la Tierra Firme e llamada Castilla de el Oro”. En esa información pide que “su Majestad le favoreciese a él y a sus hijos, e le gratificase e hiciese mercedes”.

1540 Jerónimo de Aliaga estaba el 26 de junio con otros siete u ocho vecinos de la ciudad de Lima, cuando fue asesinado Pizarro por los partidarios de Diego de Almagro. Según nos cuentan en los interrogatorios: “descuidados e parlando en otras cosas, y como se entendió que iban a matar a el dicho Marques salieron todos corriendo cada uno por su partes se armar a sus casas para lo defender como lo hizo Gerónimo de Aliaga”. Aliaga fue hecho preso y llevado ante la presencia del líder de la revuelta:
“... viendo que no tenía remedio, y que era muerto, el Capitán Aliaga se hizo fuerte en su casa y se defendió hasta la noche y hasta que a todo el pueblo tuvieron rendidos y debaxo de su mano, que no tuvo otro remedio sino darse y en ello corrió muy gran riesgo, y ansí le tomaron sus armas y caballos y le llevaron preso a la posada de el dicho don Diego”.
Vaca de Castro es nombrado por el rey nuevo gobernador en estas tierras y consigue que Diego de Almagro se retire hacia Cuzco. Vaca, desde la ciudad de Quito, manda una provisión en la que nombra a Aliaga su Lugarteniente (Teniente de Gobernador) de la ciudad de Lima, para que "tuviese esta ciudad y su tierra en justicia en nombre de su Majestad y la defendiese de los tiranos como Almagro". Tras el nombramiento es aceptado por el cabildo de la ciudad.
Enterado Almagro del nombramiento de Aliaga, el rebelde intentó volver a Lima para acabar con los que no lo habían apoyado, poniendo “a mucho riesgo su persona, y de su mujer, e hijos e hacienda”. Es de destacar entre los actos de defensa de la ciudad la toma de uno de los galeones que venía a proveer a Diego Almagro de gente, armas, caballos y dinero, tras atracar en el puerto de la ciudad. Aliaga mandó detener al maestre y capitán del barco y colocó en su interior a los servidores de su majestad, todas las mujeres casadas, y el oro y la plata que había en la ciudad, tras pregonar que todos los que quisiesen servir a su majestad se embarcasen.
Los de Almagro no volvieron a la ciudad sabiendo que el galeón ya no les pertenecía. Utilizó el cargo de Teniente de Gobernador hasta que el mismo Gobernador Vaca llegó a la ciudad. Parece ser que el más perjudicado fue el propio Aliaga pues el ejército de los partidarios de Almagro, al mando del capitán Pedro Álvarez Holguín, estuvo instalado durante cuatro meses en las posesiones de Aliaga tenía en Huaylas, en espera del ejército contrario, acabando con las ovejas, el maiz y las fuerzas de los indios que trabajan estas tierras.
1542 En septiembre de ese añó el gobernador Vaca de Castro acompañado de Aliaga se dirige a la provincia de Guamanga para acabar con Almagro, donde se libró la batalla de Chupas. Aliaga perdió su caballo, muerto de un mosquetazo.
1544. El 14 de abril en una provisión Vaca de Castro le confirma la dada por Almagro años atrás y le otorga una encomienda en Chancay con 3100 personas a su servicios en premio de su mérito y por los males que había sufrido durante los años anteriores. El 5 de septiembre firma una petición como Escribano de Cámara de sus Cesáreas y Católicas Majestades en la Ciudad de los Reyes.
1545 El 5 de agosto una escritura estipula que Aliaga edificaría una capilla en el convento de Santo Domingo de San Juan Bautista (fundado en 1540). La capilla de San Jerónimo, que hoy es la capilla de Santa Rosa de Lima, es la primera capilla del lado de la Epístola. La dotó con dos misas rezadas cada semana, vísperas y misa el día de San Jerónimo y sus aniversarios. Se ha conservado la capilla original junto con la de Diego de Agüero, la de la Virgen del Rosario. Según Manuel Mendiburu, Aliaga dio al convento dos vacas, una casa y tienda que tenía, cuatro solares para que se hiciera una huerta y 50 pesos de oro de a 450 maravedís. Estos solares formaron el recinto del antiguo colegio de San Martín. El gasto total de la obra fue 17.000 pesos.
1547 Realiza testamento en la Ciudad de los Reyes el 14 de mayo.

El 9 de octubre recibe licencia para fundar el mayorazgo de su familia, y lo verifica en 17 de julio de 1549, disponiendo para perpetuidad el nombre de su casa y su apellido.
1549 Este año pide por tercera vez información de sus servicios a su Majestad, así “en el descubrimiento destos reynos, como en la conquista e pacificación, y en las tiranías e rebeliones pasadas y en todo lo que se ha ofrecido, en todo lo cual he servido con mucha lealtad e fidelidad”. Antonio de Rivera, afirma en esa fecha que “es público y notoro que trata bien sus indios e tiene en ellos clérigo que los dotrina y enseña en las cosas de la fe”.
El 17 de julio se produce la fundación de su mayorazgo (revista del Archivo Nacional del Perú, Lima 1921)
1550 En el Cabildo de la Ciudad de los Reyes celebrado el 23 de enero, la ciudad le nombra, junto a Fray Tomás de San Martín, provincial de la orden de Santo Domingo, como procurador para ir a España y les da una serie de instrucciones, aprovechando que iba con Fray Antonio de Castro al capítulo general de Salamanca. 

En lo referido a la necesidad de contar con un centro de estudios se les dice expresamente. “Item, que porque estas partes están tan remotas de España y lo hijos de los vecinos y naturales, enviándolos a los estudios de España (...) hacen grandes gastos y por falta de posibilidad algunos se quedarían ignorantes, pedir y suplicar a Su Majestad tenga bien e haga merced que en el Monesterio de los dominicos desta cibdad haya Estudio General con los privilegios y exenciones y capitulaciones que tiene el Estudio General de Salamanca” (Libro IV de Cabildos de la Ciudad de los Reyes. Recogido en Historia General del Perú, Tomo II, Virreinato (1551 – 1596), de Ruben Vargas Ugarte, S. J., Lima, Perú, 1971, p. 56).
Cuatro días después, el 27 de enero, el escribano Baltasar Fernández, a petición de Jerónimo de Aliaga, firma en el puerto de mar de la ciudad de los Reyes, Callao, varios traslados sobre "la probanza de sus actividades en la conquista". Por estas fechas embarca en el mismo puerto rumbo a España, nada menos que al mando de una de las nueve naves que partieron hacia la península, el galeón de los Albos.
Los barcos llegaron el 1 de junio a Cartagena de Indias, tras sufrir un temporal en el golfo de Darién. En esta ciudad las autoridades embarcaron un jaguar que llevaron para diversión de los príncipes Maximiliano y María (muy normal en esta época). 

Llegados los Procuradores a España, (el 9 de septiembre atracaron en Sanlúcar de Barrameda y el 16 a Sevilla), y no encontrando a Carlos V, determinaron pasar a Alemania, pero sólo pudo hacerlo Fray Tomás, pues Jerónimo de Aliaga, sintiéndose enfermo desistió de acompañarle. Hizo el viaje Fray Tomás en compañía del celebre pacificador del Perú Pedro de la Gasca. Antonio del Busto, no obstante, mantiene que Aliaga si viajó hasta Ausburgo y consiguió la ansiada cédula de fundación para Lima. 

1551
La gestión de los procuradores culminó de manera positiva al otorgar el monarca la Real Cédula de fundación de la Universidad de San Marcos, en la ciudad de Valladolid el 12 de mayo de 1551, la primera universidad que se erigió en América.

En noviembre se celebra una junta sobre la perpetuidad de las Encomiendas. Estuvo integrada por más de 20 asistentes entre ellos varios procuradores del Perú que promovieron la Junta y estaban en la Corte, uno era el capitán Jerónimo de Aliaga.

A la hora de votar, votaron en contra de la perpetuidad, según relata Bernal Díez del Castillo, que estuvo presente: Pedro de las Casas, Fray Rodrigo de Labrada, Pedro de la Gasca y Luis Hurtado de Mendoza, presidente del Consejo de Indias y del Consejo de Castilla, dos oidores del Consejo de Indias y Fray Tomas de San Martín. Perdieron la votación. Pero no se decidió nada esperando la vuelta del emperador Carlos desde Alemania, para que tomara una decisión última.
Según del Busto, Aliaga ya no volvió más, pues estaba imposibilitado por haberle recrudecido cierta enfermedad antigua. La misma que otros autores afirman le impidió viajar a Alemania.
1554  El 9 de diciembre en representación del Cabildo, logró que por menos de 20.000 duros se construyera un puente de palo sobre el río Rímac.
1558 En este año ya está casado con su segunda esposa, Juana Manrique de Lara, hija de Rodrigo Manrique de Lara, III conde de Paredes y de Ana Manrique, pues fue testigo del testamento de su suegra Ana Manrique. (también lo fue su hermano Alonso Ramírez de Aliaga).
1559 Según consta en un documento del Archivo de Indias, solicitan licencia para seguir teniendo sus indios y residir tiempo en España: "El fiscal con doña Juana Manrique, mujer del capitán Jerónimo de Aliaga, vecinos de Lima, sobre la licencia que solicitan por tener sus indios y residir tiempo en España”.
1562 Se bautizan en la iglesia de San Sebastián el 15 de febrero a dos de sus criadas, poniéndoles por nombre Ana y María. Existe la creencia de que se trata de dos mujeres llegadas de América, indias, aunque no tenemos documentos que lo prueben. Actúa como padrino en los dos casos. Las actas lo recogen así:
"Del Señor Capitán     ...Domingo 15 dias del mes de febrero año suso dicho el Señor Gines Rodriguez teniente cura bautizo a una criada del Señor capitan Geronimo de Aliaga y de Doña Juana su muger tuvola al exorcismo e catecismo Julio del Astero el viego y en la pila Pedro de Camargo fue comadre de capita  francisca de Molina.
"Del Señor Capitán    ...Ese dia el Señor Gines rodriguez teniente cura bautizo a Ana criada del Señor capitan Geronimo de Aliaga y de doña Juana su mujer tuvola al exorcismo e catecismo cristobal de molina y en la pila el Señor licenciado Julio de Vallesteros fue comadre de capita Elvira Muñoz muger de Andrés Gomez".
1565 El 29 de julio recibe una orden real por la que puede nombrar tenientes para que desempeñasen por él la Escribanía Mayor del virreinato.
1568 En la relación de confirmaciones que se conservan de la iglesia de San Sebastián aparecen mencionadas una Ana y una María, y al lado "criada, la del capitán". También aparecen: Catalina Bautista, Isabel, criada, del capitán. 

1569 El 17 de abril realiza testamento definitivo, que invalida el que había realizado con anterioridad, el 14 de mayo de 1547 en la ciudad de los Reyes, antes de regresar y fallece el 21 de abril de 1569 en Villapalacios.
Fallece el 21 de abril de 1569 en Villapalacios.
1590 El escultor sevillano Juan Martínez Montañés entrega al dominico Cristóbal Núñez, con destino al Perú, varias obras suyas. Entre las probables se cita: un Santo Domingo, un Santo Tomás, una Santa Catalina de Sena y el Cristo de la familia Aliaga para la iglesia de Santo Domingo, y en la Catedral el San Juan Evangelista que se exhibe en la capilla de la Escuela de Cristo y la Santa Apolonia que todavía se venera en su capilla fundada por el capitán Hernando de Santa Cruz y Padilla. Más tarde Ana Pinelo, hermana del capitán García Barba Cabeza de Vaca, encarga al artista un "Niño Bautista" para el monasterio de la Concepción.
1680 Se menciona una huerta, en la ribera de Villapalacios, que linda con huerta del vínculo del capitán Aliaga, por lo que continúa su memoria en la localidad.


LA CASA DE FRANCISCO PIZARRO

Mientras se terminaba la fábrica del palacio de Lima, tan aciago para el primer gobernante que lo ocupara, es de suponer que Francisco Pizarro no dormiría al raso, expuesto a coger una terciana y pagar la chapetonada, frase con la que se ha significado entre los criollos las fiebres que acometían a los españoles recién llegados a la ciudad. Estas fiebres se curaban sin específico conocido hasta los tiempos de la virreina condesa de Chinchón, en que se descubrieron los maravillosos efectos de la quinina. A esos cuatro o seis meses de obligada terciana era a lo que llamaban pagar la chapetonada, aunque prójimos hubo que dieron finiquito en el cementerio o bóveda de las iglesias.
Hecho el reparto de solares entre los primeros pobladores, don Francisco Pizarro tuvo la modestia de tomar para sí uno de los lotes menos codiciados.
El primer año de la fundación de Lima (1535) sólo se edificaron treinta y seis casas, siendo las principales la del tesorero Alonso Riquelme, en la calle de la Merced o Espaderos; la de Nicolás de Ribera el Viejo, en la esquina de Palacio; las de Juan Tello y Alonso Martín de Don Benito, en la calle de las Mantas; la de García de Salcedo, en Bodegones; la de Jerónimo de Aliaga, frente al palacio, y la del marqués Pizarro.
Hallábase ésta en la calle que forma ángulo con la de Espaderos (y que se conoce aún por la de Jesús Nazareno) y precisamente frente a la puerta lateral de la iglesia de la Merced y a un nicho en que, hasta hace pocos años, se daba culto a una imagen del Redentor con la cruz a cuestas. Parte del área de la casa la forman hoy algunos almacenes inmediatos a la escalera del hotel de Europa, y el resto pertenece a la finca del señor Barreda.
Hasta 1846 existió la casa, salvo ligeras reparaciones, tal como Pizarro la edificara, y era conocida por la casa de cadena; pues ostentábase en su pequeño patio esta señorial distinción, que desdecía con la modestia de la arquitectura y humildes apariencias del edificio.
Don Francisco Pizarro habitó en ella hasta 1538 en que, muy adelantada ya la fábrica del palacio, tuvo que trasladarse a él. Sin embargo, su hija doña Francisca, acompañada de su madre la princesa doña Inés, descendiente de Huayna-Capac, continuó habitando la casa de cadena hasta 1550 en que el rey la llamó a España. Doña Inés Yupanqui, después del asesinato de Pizarro, casó con el regidor de Cabildo don Francisco de Ampuero, y arrendó la casa a un oidor de la Real Audiencia, y en 1631 el primer marqués de la Conquista, don Juan Fernando Pizarro, residente en la metrópoli, obtuvo declaratoria real de que en dicha casa quedaba fundado el mayorazgo de la familia.
Anualmente el 6 de enero se efectuaba en Lima la gran procesión cívica conocida con el nombre de paseo de alcaldes. Después de practicarse por el ayuntamiento la renovación de cargos, salían los cabildantes con la famosa bandera que la República obsequió al general San Martín (y cuyo paradero anda hoy en problema) y venían a la casa de Pizarro. Penetraban en el patio alcaldes y regidores, deteníanse ante la cadena y batían sobre ella por tres veces la histórica e historiada bandera gritando: «¡Santiago y Pizarro! ¡España y Pizarro! ¡Viva el rey!».
Las campanas de la Merced se echaban a vuelo, imitándolas las de más de cuarenta torres que la ciudad posee. El estampido de las camaretas y cohetes se hacía más atronador, y entre los vivas y gritos de la muchedumbre se dirigía la comitiva a la Alameda, donde un muchacho pronunciaba una loa en latín macarrónico.
El virrey, oidores, cabildantes, miembros de la real y pontificia Universidad de San Marcos y todos los personajes de la nobleza, así como los jefes de oficinas del Estado, se presentaban en magníficos caballos lujosamente enjaezados. Tras de cada caballero iban dos negros esclavos, vestidos de librea y armados de gruesos plumeros con los que sacudían la crin y arneses de la cabalgadura. Los inquisidores y eclesiásticos acompañaban al arzobispo, montados en mulas ataviadas con no menos primor.
Así en este día como en el de la fiesta de Santa Rosa, el estandarte de la ciudad, llevado por el alférez real, cargo hereditario o vinculado en cierta familia, iba escoltado por veinticinco jinetes, con el casco y armadura de hierro que usaron los soldados en tiempo del marqués conquistador.
Las damas de la aristocracia presenciaban desde los balcones el desfile de la comitiva, o acudían en calesín, que era el carruaje de moda, a la Alameda, luciendo la proverbial belleza de las limeñas.
Danzas de moros y cristianos, payas, gíbaros, papahuevos y cofradías de africanos con disfraces extravagantes recorrían más tarde la ciudad. El pueblo veía entonces en el municipio un poder tutelar contra el despotismo de los virreyes y de la Real Audiencia. Justo, muy justo era que manifestase su regocijo en ocasión tan solemne.
En septiembre de 1812 se recibió y promulgó en Lima el siguiente decreto de las Cortes de Cádiz, comunicado al virrey por el Consejo de Regencia:
«Considerando que los actos positivos de inferioridad, peculiares a los pueblos de ultramar, monumento del antiguo sistema de conquista y de colonias, deben desaparecer ante la majestuosa idea de la perfecta igualdad,
»Queda abolido el paseo del Estandarte real que acostumbraba hacerse anualmente en las ciudades de América, como un testimonio de lealtad y un monumento de la conquista de aquellos países. Esta abolición no se extiende a la función de iglesia que se hacía en el mismo día del paseo del Estandarte real, la cual seguirá celebrándose como hasta aquí. La gran solemnidad del Estandarte real se reservará, como en la península, para aquellos días en que se proclama un nuevo monarca».

NUESTRO SERENAZGO LIMEÑO

Cuando ocurren enfrentamientos como el que protagonizaron serenos de Miraflores y Lima la semana pasada, es bueno preguntarse qué sucedería si, como reclaman algunos distinguidos opinólogos, estos cuerpos de seguridad municipales tuvieran en su poder pistolas, rifles y otras armas letales, dizque para enfrentar con eficacia a la delincuencia.
A la luz de los antecedentes, la respuesta se cae de madura: cada municipio o, mejor dicho, cada alcalde tendría bajo su mando un pequeño ejército particular que, pueden apostarlo, no utilizaría solamente para combatir a arrebatadores, ‘cogoteros’, ‘marcas’, ‘raqueteros’ y traficantes de droga al menudeo. Lo usaría también para resolver otras diferencias, sea un colega impertinente por un asunto fronterizo o un vecino terco acusado de pasarse de faltoso. 
No exagero. Ya ha habido choques violentos por quítame estas pajas. El año pasado, San Isidro y Magdalena escribieron otra bochornosa página en su eterna contienda limítrofe cuando serenos y vecinos convirtieron una cuadra de la Avenida del Ejército en un campo de batalla. ¿El motivo? Un letrero que el municipio sanisidrino colocó en una urbanización que su vecino reclama como propio. 
Las piedras volaron de uno y otro lado, quebrando la tranquilidad del vecindario. Algo similar ocurrió tiempo atrás, a unas cuadras de allí, en el cruce de las avenidas Javier Prado y Juan de Aliaga. Los modales de salón cedieron su lugar a la discusión arrabalera, acompañados por varazos, puños, patadas y otros cariños bonitos.
La violencia utilizada en estos choques permite vislumbrar qué podría ocurrir si uno de estos vigilantes portara un arma. Por lo pronto, en la pelea del último sábado en el puente 28 de Julio, ocho agentes resultaron magullados. Y se denunció que algunas radios se perdieron en la trifulca.
Si esto sucede en Lima, en municipalidades modernas, dueñas de altos ingresos, que se supone cuentan con personal capacitado para afrontar situaciones de crisis, imaginen por un segundo qué podría ocurrir en comunas más distantes, en momentos de mayor conflictividad social.
Ayer, el propietario de una agencia de viajes fue baleado mientras tomaba desayuno a una cuadra de la Municipalidad de Breña, muy cerca de la sede de Migraciones, una zona donde la custodia policial no escasea. Sucesos como este, usuales en nuestro desangrado Perú de hoy, generan encendidos reclamos de mayor eficacia policial, en los que nunca falta el pedido de armar a los serenos. Considerarlo siquiera sería un enorme error. Además de ser personal que no se encuentra preparado para cumplir esa función, depende de alcaldes que siguen creyendo que su municipio es un pequeño país donde pueden hacer lo que les venga en gana. 
La inseguridad ciudadana no se combate solo con armas. Requiere planes, estrategia, liderazgo y autoridades que, además de coraje para tomar decisiones, tengan un amplio y desinteresado sentido de ciudadanía. En suma, que trabajen con responsabilidad

jueves, 13 de febrero de 2014

HUANCAVELICA

Desde hace un tiempo, Huancavelica representa el reto más difícil de pobreza regional. Su atraso, incluso, fue levantado como bandera por un presidente de la región, quien así buscó –y obtuvo– un estatus de desamparo extremo ante las entidades públicas y privadas, con lo cual se justificó un nivel especial de apoyo.

La geografía agreste es parte de ese reto. Su territorio es enteramente serranía, y gran parte se ubica en una altura que impide la agricultura. Sus abundantes ríos y lagunas se ubican lejos de las tierras cultivables, las que más bien padecen no solo de heladas sino de frecuente sequía. Además, el fraccionamiento de su territorio por las profundas quebradas del Mantaro y otros ríos ha impedido el intercambio con otras regiones y la misma unión regional. En efecto, la geografía ha sido un cierrapuertas, y ha aislado a la población de Huancavelica.

Pero, además de la geografía, el hombre ha sido un causante del atraso. Durante siglos, las riquezas de Huancavelica fueron sustraídas de la región para beneficio de otros. Por mucho tiempo se trataba de la riqueza minera, y más tarde de las rentas de haciendas. Hoy, la actividad más productiva de la región consiste en la generación de electricidad, pero casi todas las ganancias y el propio consumo de esa energía son aprovechados por otros departamentos. Incluso el agua de su laguna principal, Choclococha, es aprovechada por Ica.

No obstante, los evidentes obstáculos de la geografía y de la historia, el nivel de vida de los huancavelicanos ha empezado a mejorar significativamente: la región sigue registrando el porcentaje más alto de pobreza, pero ese porcentaje se ha reducido de 85% en el 2007 a 53% en el 2012; el ingreso promedio de las familias ha aumentado en casi 100%, muy por encima de la mejora promedio del país; el jornal agrario es casi el doble del nivel que tuvo hace diez años; la proporción de personas con déficit calórico ha bajado de 63% a 38%, reducción que supera largamente la del promedio del país; y la reducción de la mortalidad infantil, de 109 recién nacidos en 1996 a 27 en el 2011, supera por mucho la de la población total, de 50 a 16. 
¿Cómo explicar ese contraste entre el atraso histórico y las mejoras recientes? El crecimiento de la producción regional ha sido relativamente modesto, de 3,1% al año desde el 2001, cifra que no parece justificar tanta mejora en los niveles de vida. Además, la producción agropecuaria, sustento principal de la economía de la mayoría de las familias, habría crecido solo 2,3% al año.
Parte de la explicación se encuentra en la idiosincrasia de la economía de Huancavelica: casi la mitad de su producción consistiría en la generación de electricidad, actividad que contribuye poco a las familias de la región y que ha tenido un crecimiento poco significativo. De excluirse la electricidad del cálculo, se deduciría que las demás actividades, que sí aportan en mayor medida a los ingresos huancavelicanos, han venido aumentando a una tasa anual de 4,2%, cifra que es más consistente con la mejora del nivel de vida.

Pero, además de la producción, la economía familiar se ha visto favorecida por una reversión de la histórica sustracción de riqueza. Hoy, las transferencias recibidas por las familias de Huancavelica, del Estado y de fuentes privadas largamente superan la transferencia de riqueza que sale de la región.

Finalmente, Huancavelica vive un dramático proceso de apertura. La capacidad productiva y de desarrollo personal para la mayoría de la población ha aumentado enormemente por una apertura de oportunidades en la educación, la conexión, la comunicación y la participación política. En mi opinión, esa apertura de puertas ha liberado las energías y las capacidades que explican gran parte de las mejoras en la economía de las familias huancavelicanas.

EL TOUR DEL PISCO

Un amigo me cuenta como fuel el tour del día del Pisco en nuestra Lima. El operativo empezó ayer al mediodía en la histórica barra del Hotel Bolívar. Silvino, el ayudante del barman, nos facilitó una ronda de pisco sours con la que dimos por inaugurado el tradicional Tour de Diez Escalas. Yo brincaba de contento: era la primera vez que se me permitía participar en el exigente ritual que un grupo de amigos celebra cada primer sábado de febrero desde que se decretó el día oficial del Pisco Sour, hace exactamente una década.
Antes del primer brindis, el líder del elenco –Roberto Aguilar– recordó las normas consabidas con la voz de un árbitro que da las reglas: “Se tomará un solo pisco sour en cada instalación, quedando terminantemente prohibido abandonar la comitiva”. Luego advirtió que en años anteriores algunos participantes fueron inhabilitados por declinar en la quinta o sexta parada, malogrando la excursión.   
Tras el sorbo inicial ellos, de paladar más fogueado, procedieron a saborear la textura del pisco, medir el cuerpo de la bebida, reconocer la consistencia del jarabe de goma, el punto del limón, adivinar las dosis de canela, huevo, hielo, en un ejercicio que repetirían a lo largo de la tarde. Parecían científicos, probetas y tubos de ensayo en mano, evaluando una sustancia química. Desde un rincón yo intentaba imitarlos y les sonreía bajo mi bigote de espuma. Secados los vasos, caminamos unas cuadras e ingresamos al Maury, otro clásico, donde abordamos una de las mesas enchapadas en madera.
El pisco sour llegó heladito, en copas, y al cabo de la degustación se debatió si este era mejor que el anterior. Sin quórum, dejamos el recinto y trepamos la combi alquilada que nos llevaría al bar inglés del Country. Allí todos se matricularon del saque con un pisco sour doble, y aunque me sugirieron tomar uno simple dada mi condición de primerizo, me sumé al pedido grupal, arrepintiéndome al tercer trago, cuando los dibujos geométricos de la alfombra comenzaron a desplazarse extrañamente.
El cuarto sour lo tomamos en La Calesa de San Isidro, estancia de luces bajas a la que guardo especial afecto por episodios sentimentales que allí acontecieron cuando vagaba en la universidad. Quizá fue por ese acceso de nostalgia que rompí la regla uno y anoté un segundo pisco a mi cuenta cuando los demás ya se disponían a marcharse. El clan reprobó mi actitud, y me vi en la obligación de vaciar velozmente el vaso para no demorar el tour.
La siguiente escala fue Las Brujas de Cachiche y de ahí me parece que bajamos a La Rosa Náutica –¿o primero comimos en La Picantería? No, no, el almuerzo fue en El Cordano–, bueno, el hecho es que tomamos una copa más en el Queirolo y otra en el Capitán Meléndez de Miraflores. Pero de eso último ya no recuerdo nada, salvo una imagen de terror: estoy de pie sobre una mesa, dirijo el brindis, invoco el espíritu del gran pisquero Orson Welles, balbuceo un discurso incomprensible en el que se mezclan el Fallo de la Haya, el Nuevo Año Chino, los refuerzos de la U, y luego, con la excusa de los carnavales, dejo caer melosas cataratas de pisco sour sobre la cabeza de mis amigos, que se apresuran en cargar mis restos y depositarlos en el fondo de la combi fúnebre, donde dormito como una pesada encomienda que nadie nunca reclamó.

¿PODEMOS REDUCIR LA INSEGURIDAD?

Suele decirse que, para imaginar la economía peruana del futuro, hay que ver a Chile y proyectarnos diez o veinte años. La modernidad de ese país debe mucho a la aplicación de los principios de la economía de mercado, en dictadura y en democracia, y a través de gobiernos de distinto tinte ideológico. 
Mal que bien, en ese mismo curso estamos también nosotros, supuestamente. Pero la gran diferencia es que nos toca enfrentar un desafío adicional: la inseguridad. La criminalidad de todo tipo es tan vasta y creciente entre nosotros que nuestro modelo de país se va pareciendo más a México, con sus carteles, autodefensas y ciudades militarizadas.
El norte del Perú debe ser hoy como Michoacán hace una década. Las redes de delincuentes y sus acciones violentas son seguramente como eran hace unos años los zetas y los capos. Nos falta quizá el salvajismo de mutilar y exhibir extremidades cercenadas, pero ya tenemos sicariato y asesinato de niños. El crimen furtivo ya fue y ahora se mata al mediodía y en el centro de las ciudades.
Por otra parte, lo que está pasando en el sur de Lima quizá sea el avance noticioso de nuestra futura Sinaloa. Hay bandas armadas para la conquista de terrenos eriazos como si estuviéramos en el lejano y salvaje Oeste. Junto a lo cual se ha institucionalizado un sistema criminal de amedrentamiento y extorsión para la construcción de obras civiles.
Todo ello se suma a la criminalidad cotidiana, el arrebato de pertenencias, los asaltos en los buses, el raqueteo y las violaciones. En San Isidro o en Camaná, ricos y pobres estamos a la deriva en el mismo bote infortunado.
No sé realmente de qué nos podrá servir el modelo chileno de progreso si el país se vuelve inviable por la violencia. Si se trata de escoger, mejor paramos acá nomás y nos quedamos pobres, como estamos, pero más tranquilos. 
La teoría y la experiencia internacional enseñan, sin embargo, que se puede progresar económicamente y reducir la inseguridad. Es más, lo uno seguramente es condición para lo otro. Pero parece que a nosotros no nos sale la receta. Mientras más plata de impuestos tenemos, más inseguros vivimos.
Tal vez, entonces, no se requiere solo recursos económicos sino también gestión, dirección, plan estratégico, asignación presupuestal, pruebas y errores. O sea, capital humano y herramientas de ‘management’. 
Como están las cosas, el tema de la inseguridad es tan relevante que debería ser la tarea más importante de las autoridades. Los mejores funcionarios públicos deberían ser asignados a ella, ministerios enteros deberían cerrarse para dedicar esos recursos a combatirla. Si pudiéramos hacer todo a la vez y bien, extraordinario. Pero es claro que no podemos. Entonces, como en cualquier emprendimiento que aspira a tener éxito, hay que poner el foco en menos objetivos y más concentración de recursos en ellos.
¿Dónde están los consultores internacionales que podrían ayudarnos a entender el problema? ¿Cuántos gerentes públicos del extranjero nos están visitando para comentar lo que hicieron y lo que funciona? ¿Cuáles son las ciudades de otros países, como Nueva York, a las que hemos mandado gente a desentrañar las estrategias, programas y resultados? ¿Qué cuerpos policiales o militares de afuera están entrenando a nuestros agentes del orden en tácticas, armamento, operaciones?
¿Chile o México? Por lo demás, es difícil ser optimista si el capitán de la nave no tiene claro que tenemos un problema grave.

lunes, 10 de febrero de 2014

MOTÍN DE LIMEÑAS

Cuenta don Ricardo Palma, en una de sus Tradiciones Peruanas, que el 10 de Febrero de 1601, la ciudad de Lima estaba en ebullición. El siglo XVII apenas había nacido y empezaba con berridos y retortijones de barriga. La ciudad estaba bastante alarmada y agitada, parecía que se iba a armar la gorda y proclamar la Independencia rompiendo el yugo con la Corona.
En las gradas de la Catedral que todavía estaba en construcción,  y en el espacio donde mas tarde se edificaron los Portales, se veía un gentío que se arremolinaba, de rato en rato “como las olas del mar embravecido”.
En el  patio de Palacio, se encontraba las compañía de lanzas, escolta del virrey , Luis de Velazco, marqués de Salinas, con los caballos enjaezados, un tercio de infantería  con mosquetes y cuatro morteros servidos por soldados de artillería. Decididamente, el Gobierno no  las tenía todas consigo.
Algunos frailes y cabildantes, trataban de tranquilizar a la muchedumbre, pero las mujeres eran las que más alboroto levantaban, entre ellas se veían ciertas damas de copete que azuzaban a la muchedumbre.
Fray Antonio Pesquera, trataba de poner calma a la muchedumbre exaltada. Este fraile rechoncho, que parecía un proyecto de apoplejía, comendador de la Merced, que desde los tiempos de Pizarro, así anduvieron los mercedarios en esos trotes.
El regidor de alcabalas de la Municipalidad de Lima,  Damián Salazar , decía “que no hay que ser cata de gallina cruda, cátala cocida y menuda”.
Otro cabildante, decía a voces “que todo se arreglara a pedir de boca, según acabo de oírselo decir al virrey “, Mandaba esperar.
Una mozuela, con peineta, aromas y jazmines en los cabellos rizos, murmuro: “ Muchos con la esperanza/viven alegres/muchos son los borricos/que comen verde”.
El comendador decía que la Real Audiencia, se estaba ocupando del asunto, y cu ando la resolución  demora  “salvos somos”.
“Benedicamos Domine et benedictus sit Regem, añadia en un latín macarrónico, el lego que acompaña al padre Pesquera.
Las palabras del lego nadie las entendía, pasaron en la muchedumbre más q          ue los discursos del comendador y y cabildantes.  Pero los ánimos comenzaron a inquietarse.     
El caso es que la víspera había llegado al puerto del Callao, una escuadra procedente de la Coruña y traía “el cajón de España”, quye en la actualidad serian las valijas “de la mala real”.
Aunque la imprenta no estuviera aun en su pleno desarrollo, no dejaban de llagar a Lima gacetas. En Madrid se publicaba un semanario titulado “El Aviso”, que era el diario oficial, pero en el fondo, una completa crónica callejera de la villa de Madrid.
Entre las Reales Cedulas y los avisos recibidos aquel día, una pragmática promulgada por bando a todas las ciudades de España  en junio de 1600, lo que había bastado para alborotar el gallinero. “Antes de morir que Obedecerla”, dijeron las mujeres de esta tierra, recordando que ya se las habían tenido tiesas con Santo Toribio de Mogrovejo  y su Concilio, cuando ambos intentaron legislar contra la saya y el manto”.
“Manda el rey nuestro señor que ninguna mujer, de cualquier estado y calidad que fuere, pueda traer ni traiga guardainfante, por ser traje costoso y superfluo, feo y desproporcionado, lascivo y ocasionado a pecar, así a las que los llevan como a los hombre por causa  de ellas excepto las mujeres que públicamente son malas de su persona, y ganan por ello”. Al mismo tiempo se prohibía el llevar jubones que llamen escotados, salvo las que en público ganasen con su cuerpo. A las que lo hiciesen en contrario se les aplicaría una multa de mil maravedíes.
Las limeñas de aquel entonces todas ussaban faldellín con aro, lo que era una especie de guardainfante más exagerado que el de las españolas. Y en matería de escotes por más que los curas sermonearan, las mujeres no le hacían ningún caso.
Pero todavía había más.
Se prohibia que ninguna mujer que anduviere en zapatos pueda usar ni traer verdugados , virillas claveteadas de piedras finas como esmeraldas y diamantes,  ni otra invención ni cosa que haga ruido” y que solamente pueda traer los dichos verdugados con chapines  que no bajen de cinco dedos”. La justicia velara celosamente por el cumplimiento “de esa pragmática” que se impone, entre otras la pena de privación de oficio.
Pero nuestras antiguas limeñas no hicieron ningún caso. Y como dice un refrán “Por la patito bonita  se calienta la marmita”, ¡venirles el rey  con pragmáticas contra el zapatito de raso y la botita!...!Vaya un rey de baraja sucia!.
Por aquel entonces en ningún hogar, padre o marido se atrevía a legislar en su casa contra el “taquito a lo Luis XV.
Como asi estaban las cosas, la Real Audiencia, después de unas grandes discusiones acordó dejar la pragmática en la categoría de “hostia sin consagrar”. Es decir qaue el bando no se promulgo en Lima y que Felipe II encontró aceptables a las observaciones que respetuosamente  formularon los oidores, celosos de la tranquilidad de los hogares y quietud de la república  y  con el contentamiento del pueblo.
Así el día, que había empezado amenazado pñor tempestad, termino con un gran repique de campanas.

Y para terminar el día, por la noche hubieron saraos aristocráticos , se quemaron fuegos artificiales y se encendieron barriles de alquitrán que eran las iluminaciones de aquel atrasado siglo, y que ya se empezaba a soñar con la luz eléctrica.