miércoles, 30 de diciembre de 2015

EL MOTÍN DE ESQUILACHE

Se denomina Motín de Esquilache a la revuelta que tuvo lugar en Madrid  en marzo de 1766, siendo rey Carlos III.
La movilización popular fue masiva (un documento contemporáneo cita la cifra de treinta mil participantes -posiblemente una exageración para una población de ciento cincuenta mil habitantes-), y llegó a considerarse amenazada la seguridad del propio rey. No obstante, a pesar de su espectacularidad y su extensión o coincidencia de revueltas por causas semejantes en otros lugares de España, la más evidente consecuencia política del motín se limitó a un cambio de gobierno que incluía el destierro del marqués de Esquilache, el principal ministro del rey, al que los amotinados culpaban de la carestía del pan, y que se había hecho extraordinariamente impopular como consecuencia de la prohibición de algunas vestimentas tradicionales. Su condición de italiano contribuyó de forma importante a ese rechazo. Las iniciales medidas de apaciguamiento y el especial cuidado que a partir de entonces se puso en el abasto de Madrid fueron suficientes para garantizar el orden social en los años siguientes.
Se han identificado diferentes intereses y grupos de poder nobiliarios y eclesiásticos, tanto entre los acusados de instigar el motín (que según las conclusiones de la Pesquisa Secreta llevada a cabo por las autoridades desde el mes de abril de 1766 estuvo planificado por los jesuitas y personalidades afines, como el marqués de la Ensenada –ensenadistas-) como entre los beneficiados por la nueva situación (denominados albistas por el Duque de Alba, aunque el personaje que alcanzó mayor poder fue el conde de Aranda -cabeza del partido aragonés-; junto con un equipo de burócratas ilustrados –Roda o Campomanes-). La historiografía actual lo interpreta como un movimiento popular espontáneo, pero con una instrumentalización política evidente en medio de una lucha por el poder entre dos facciones de la Corte, por lo que se ha calificado de motín de Corte para indicar que no se reduce al modelo de motín de substencias.
El bando de capas y sombreros.- Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, ministro de absoluta confianza del rey, al que venía sirviendo desde su anterior reinado en Nápoles (1759), se había propuesto un programa de modernización de la villa de Madrid (cuya suciedad, insalubridad e inseguridad eran consideradas indignas de una Corte ilustrada) que incluía la limpieza, pavimentación y alumbrado público de las calles, la construcción de fosas sépticas (lo habitual hasta entonces era el agua va -es decir, arrojar las aguas sucias desde las ventanas a los arroyos que corrían por medio de las calles-) y la creación de paseos y jardines. Entre tales medidas se incluyó la renovación de una prohibición ya existente, pero cuya repetición era muestra de su incumplimiento (Reales Órdenes y bandos publicados en los años 1716, 1719, 1723, 1729, 1737, 1740... y especialmente la Real Orden... que se renovó en el año de 1745). Pretendía erradicar definitivamente de uso de la capa larga y el chambergo (sombrero de ala ancha, gacho, redondo, montera calada y otros modelos especificados) bajo el argumento de que el embozo permitía el anonimato y la facilidad de esconder armas, lo que fomentaba toda clase de delitos y desórdenes.
El bando publicado el 10 de marzo de 1766 dice: “quiero y mando que toda la gente civil... y sus domésticos y criados que no traigan librea de las que se usan, usen precisamente de capa corta (que a lo menos les falta una cuarta para llegar al suelo) o de redingot o capingot y de peluquín o de pelo propio y sombrero de tres picos, de forma que de ningún modo vayan embozados ni oculten el rostro; y por lo que toca a los menestrales y todos los demás del pueblo (que no puedan vestirse de militar), aunque usen de la capa, sea precisamente con sombrero de tres picos o montera de las permitidas al pueblo ínfimo y más pobre y mendigo, bajo de la pena por la primera vez de seis ducados o doce días de cárcel, por la segunda doce ducados o veinticuatro días de cárcel... aplicadas las penas pecuniarias por mitad a los pobres de la cárcel y ministros que hicieren la aprehensión...”
La medida fue vista como la imposición de una moda de procedencia extranjera. Paradójicamente, la castiza vestimenta origen de la polémica había sido introducida apenas cien años antes por las tropas del general Schömberg y popularizada en Madrid por la guardia de la reina Mariana de Austria, regente en la minoría de edad de Carlos III.
El hambre, la verdadera causa.-  El motín de Esquilache fue una revuelta de carácter social con reivindicaciones políticas y económicas expresadas de forma bastante ingenua; pero en ningún caso se manifestó ningún sentimiento popular contra el poder real o contra los privilegios de la nobleza española (ni mucho menos del clero). Más allá de las ofendida dignidad nacional ante el bando de capas y sombreros y la condición extranjera del ministro, la causa material del descontento era la subida de los precios de los alimentos de primera necesidad, que produjo una verdadera situación de hambre entre las capas populares, y que se atribuía a las medidas de reforma económica promovidas por Esquilache.
El pan, elemento fundamental en la dieta, había duplicado su precio en cinco años, pasando de siete cuartos la libra -460 gramos- en 1761 a doce cuartos en 1766 y a un máximo de catorce en los días previos al motín. El jornal diario podía ser, para distintos oficios y categorías, de entre dos y ocho reales. Un ingreso medio de cuatro o cinco reales diarios (34 o 42,5 cuartos a 8,5 cuartos por real) llegaba apenas para comprar entre dos y tres libras de pan a ese precio máximo. Visto el proceso con mayor perspectiva temporal, se ha calificado de hundimiento el descenso de los salarios reales en la segunda mitad del siglo XVIII; mientras que las periódicas crisis de subsistencias de carácter puntual habían ocurrido con parecida gravedad, y aún duraban en la memoria colectiva de los madrileños las terribles hambres de la crisis secular del XVII, cuando el nivel de los once y doce cuartos por libra de pan también se había alcanzado (el 25 de abril de 1677, cuando se produjeron protestas contra Juan José de Austria, y el 28 de abril 1699, cuando se produjo el llamado Motín de los Gatos o de Oropesa).
Siguiendo las clásicas pautas de los motines de subsistencia del Antiguo Régimen, la carestía del pan en todas esas crisis llegó a ser insoportable para los más humildes en la época del año en que justamente el trigo es más caro, antes de la cosecha y cuando se están agotando las reservas del año anterior, provocando un máximo de conflictividad coincidiendo con los meses de primavera (llamados tradicionalmente meses mayores a esos efectos). En esta ocasión, no fueron únicamente las malas cosechas las que estaban detrás de tal escalada de precios; sus efectos se intensificaron por la aplicación del decreto de 1765 (de supresión de la tasa de granos), que preveía la liberalización del comercio del trigo. Dada la inexistencia de un mercado interior ágil ni de dimensiones nacionales (por razones tanto geográficas como tecnológicas y de estructura económica y social), no se produjeron los benéficos efectos que el programa reformador ilustrado preveía del libre juego de la oferta y la demanda. Los acaparadores de trigo (empezando por nobleza y clero, que perciben la mayoría de sus rentas en especie) no tenían ningún incentivo para vender barato, esperando a que el precio subiera al máximo.
El problema de la causa en las revueltas populares está extensamente tratado en la historiografía. Normalmente se utiliza la expresión «causas lejanas» o precondiciones y «causas próximas» o precipitantes (la pólvora y la chispa en una explosión). Actuaron como precondiciones (como pólvora) la depauperación de las clases populares, pero sobre todo la percepción que tenían del abandono por parte de las autoridades de la misión que se les atribuía: garantizar el abasto barato de bienes de consumo (la denominada economía moral de la multitud), en un contexto de transición no completada del feudalismo al capitalismo. Como chispa actuó el bando de las capas, un precipitante más bien espontáneo, aunque sin duda se vio favorecido por intrigas socio-políticas de extraordinaria complejidad entre banderías nobiliarias (albistas y ensenadistas), distintas partes del clero, en el contexto de la ampliación del regalismo, y redes clientelares de origen universitario (los jesuitas apoyados por los colegiales golillas, enfrentados con las demás órdenes religiosas y los manteístas; y divisiones semejantes entre las mitras episcopales, a su vez enfrentadas con las togas -letrados, tanto golillas como manteístas- y las corbatas -militares-). La xernofobia antiitaliana, como la antiflamenca de la Guerra de las Comunidades dos siglos antes, fue un elemento movilizador de primer orden.
Muy significativa es la comparación del motín de Esquilache como movimiento social (tanto en la Corte como en su prolongación en las alteraciones en provincias que tuvieron lugar en los meses siguientes), con la contemporánea gestación de la Revolución francesa de 1789. Las turbas populares que asaltaron el Palacio de Versalles y que trajeron de vuelta a Paris a la familia real, rebautizados como el Panadero y la Panadera, no eran muy distintos de las madrileñas de veintidós años antes, pero la gestión política y social de los acontecimientos fue abismalmente diferente. En Francia hubo un asalto al poder por parte de una nueva élite dirigente con conciencia de clase: la burguesía definida como Tercer Estado por Sieyes. En España no la había. No fue el motín de Esquilache una vacuna contra la revolución, sino una muestra evidente del atraso relativo de España; pero las élites ilustradas lo vieron precisamente así: el conde de Floridablanca, ante las noticias que iban llegando de los desórdenes de 1789, hizo un curioso análisis: que quizá servirían para restablecer el buen orden y el crédito en Francia, como había ocurrido en España con el motín contra Esquilache. Ciertamente, el aprovechamiento de los desórdenes populares para incrementar el poder de la monarquía tenía precedentes, tanto en la monarquía francesa (la Fronda) como en la española (Alteraciones de Aragón), e incluso en el Gran Memorial del Conde Duque de Olivares a Felipe IV se planteó ese recurso como uno de los que se debían considerar.
Buena muestra del concepto paternalista que el desñpotismo ilustrado tenía de su relación con el pueblo es la frase, atribuida al propio rey, y que glosa José María Pemán:
“El rey Carlos III se burlaba de buena fe de esta especie de resistencia pasiva que advertía en el pueblo frente a sus mejoras, y solía decir que sus súbditos españoles eran como los niños, "que lloran cuando se les lava y se les peina…"
El motín.- Publicado el edicto, la reacción popular fue sustituir los bandos por pasquines vejatorios contra el italiano, cuya redacción culta no podía atribuirse al vulgo iletrado. Esquilache, lejos de amedrentarse, ordenó a los soldados que ayudaran a las autoridades municipales en el cumplimiento de la orden, y las multas comienzan a producirse, con lo que el descontento crece, sucediéndose pequeños conatos violentos. Los aguaciles acortaban en plena calle las capas de los díscolos y a veces trataban de cobrar las multas en su propio beneficio. Algunos enigmáticos personajes estimulaban el descontento en ambientes marginales (uno era conocido con el nombre de "tío Paco", que en Lavapies -un barrio popular, del que salió la figura del manolo - pagaba a los chicos por gritar).
El Rey Carlos, bonitatis,
el Gobernador, tontitis,
el Confesor, chilindritis,
pero el Ministro, agarrantis.
Los Grandes serán gratis
cabrones sin ton ni son,
Madrid, Datán y Abirón,
y si no hay quien nos socorra
también Sodoma y Gomorra,
excepto la Inquisición.
Pero no fue hasta las cuatro de la tarde del Domingo de Ramos (23 de marzo) cuando se desencadenó el motín. En la plazuela de Antón Martín, un embozado con capa larga y chambergo se acercó provocadoramente al cuartelillo allí existente, llamado de Inválidos (también era lugar de mercado y repeso, donde los alguaciles habitualmente vigilaban el cumplimiento del bando de capas y sombreros, que preveía que unos sastres cortaran y cosieran las ropas que lo contravinieran). Un sorprendido oficial le dio el alto; tras un breve intercambio de recriminaciones, el embozado sacó de entre sus ropas una espada y avisó, silbando, a un grupo más numeroso que estaba prevenido, y al que se juntaron espontáneamente muchos transeúntes. Los agentes del orden se vieron obligados a huir, permitiendo al grupo de revoltosos asaltar el cuartelillo y apoderarse de sables y fusiles. Comenzaron a marchar por la calle de Atocha, donde se les fueron sumando cada vez más personas, quizá unas dos mil. Sus gritos eran:¡Viva el Rey! ¡Viva España! ¡Muera Esquilache! Llegados a la plazuela del Ángel, los amotinados se encontraron con un enigmático personaje, dentro de una berlina de dos mulas, que se detuvo ante ellos el tiempo suficiente para animarles (les dijo: Vosotros seguid la liebre, que ella se cansará) y darles un escrito (redactado con anterioridad, el 12 de marzo) titulado Estatutos del cuerpo erigido por el amor español en defensa de la patria para quitar y sacudir la opresión de los que intentaban violar sus dominios, que además de justificar la revuelta y señalar como objetivo a Esquilache, contenía instrucciones que detallaban el modo en que habían de comportarse los amotinados, incluso en el caso de ser apresados. El tumulto continuó por la Plaza Mayor, donde se congregó una verdadera multitud. En la Puerta de Guadalajara detuvieron el carruaje del duque de Medinaceli, Caballerizo mayor, que acababa de dejar al rey en el cercano Palacio, tras volver precipitadamente de su cacería en la Casa de Campo al tener noticia del alboroto. Al ser abordado, el duque se comprometió a transmitir al rey su descontento y peticiones. Efectivamente, fue a Palacio a informar, y al poco tiempo volvió acompañado del Duque de Arcos, confiando ambos en que su buena fama entre el pueblo les haría receptivos a sus razones y depondrían su actitud.
Los amotinados ignoraron tales consejos y comenzaron un recorrido por las calles de la ciudad en el que, además de obligar a desapuntar el sombrero a todos los que lo llevaban de tres picos (o sea, deshacer las puntadas que lo mantenían conforme al bando), fueron destrozando cuantos farolas encontraron a su paso (desde 1765 había 4000 en todo Madrid -su coste de instalación había sido astronómico: 900.000 reales-, y se les denominaba popularmente esquilaches, porque su existencia provenía de una orden de Esquilache de obligado cumplimiento para los vecinos, que eran quienes los debían mantener a su costa, lo que produjo el encarecimiento del aceite y las velas de sebo, haciendo que los más pobres vivieran a oscuras en sus casas mientras las calles estaban iluminadas). Al llegar a la casa de Esquilache (llamada de las siete chimeneas) la asaltaron, matando a cuchilladas a un servidor que trató de ofrecer resistencia. El ministro no estaba allí (había huido a San Fernando de Henares, mientras su mujer había salvado las joyas y se había refugiado en el lugar donde estudiaban sus hijas, el Colegio de las Niñas de Leganés); con lo que, tras vaciar la despensa, optaron por dirigirse a las casas de otros dos ministros italianos: Grimaldi y Sabatini. El día terminó con la quema de un retrato de Esquilache en la Plaza Mayor.
El Lunes Santo (24 de marzo) se extendió la noticia de que Esquilache se encontraba en Palacio junto al rey, y una muchedumbre, en la que había un significativo número de mujeres y niños, se fue congregando a sus puertas, en el Arco de la Armería. A diferencia de la guardia española que no hizo el menor asomo de defenderse, la guardia valona, un cuerpo militar compuesto por extranjeros y muy mal visto por los madrileños, se mantuvo firme frente a la masa de manifestantes; terminando por abrir fuego y matar a una mujer. Los amotinados, aún más enardecidos, coreaban consignas contra Esquilache y contra los valones; en el forcejeo cuerpo a cuerpo con los guardias valones aumentaron las bajas entre los amotinados, pero éstos consiguieron atrapar y matar a diez de los guardias, uno en ese mismo lugar y otros que fueron sorprendidos en otros puntos de la ciudad; cuyos cadáveres mutilados fueron arrastrados por las calles, quemando dos de ellos. La temeridad de los amotinados, y el hecho de que los heridos rehusaran ser oídos en confesión, fueron interpretados posteriormente como una prueba de que habían sido aleccionados por clérigos que les habían convencido de la santidad de su causa, y de que no debían temer por la salvación de sus almas. También parecían estar convencidos de que los heridos o presos y sus familias serían apoyados económicamente.
En ese momento, un fraile franciscano (el Padre Yecla o Padre Cuenca) llegó a la zona pretendiendo calmar los ánimos; aunque lo que consiguió fue actuar como mediador y recibir una lista de exigencias redactada allí mismo por uno en traje de clérigo. Escoltado por las tropas, se abrió paso entre la multitud hasta Palacio, donde fue recibido por el propio rey, que leyó él mismo el documento:
1.       Que se destierre de los dominios españoles al marqués de Esquilache y a toda su familia.
2.       Que no haya sino ministros españoles en el Gobierno.
3.       Que se extinga la Guardia Valona.
4.       Que bajen los precios de los comestibles.
5.       Que sean suprimidas las Juntas de Abastos.
6.       Que se retiren inmediatamente todas las tropas a sus respectivos cuarteles.
7.       Que sea conservado el uso de la capa larga y el sombrero redondo.
8.       Que Su Majestad se digne salir a la vista de todos para que puedan escuchar por boca suya la palabra de cumplir y satisfacer las peticiones.

La lista incluía amenazas gravísimas (si no se accede, treinta mil hombres harán astillas en dos horas el nuevo Palacio) y acababa con una advertencia: de no hacerlo así arderá Madrid entero. El rey, animado por el fraile (que le ofreció su propia vida en garantía si hay el menor desorden), parecía dispuesto a presentarse físicamente ante los amotinados, creyendo que con su mera presencia les calmaría; pero antes de tomar personalmente ningún tipo de decisión, convocó con urgencia una reunión de consejeros en su misma antecámara. La mayor parte de los consejeros militares (duque de Arcos, marques de Priego -francés- y conde de Gazzola -italiano-) aconsejaron responder con máxima violencia para restablecer el orden, excepto el mariscal Francisco Rubio y el conde de Revillagigedo (que votaba el último por ser más anciano y reprochó que alguno de estos señores ha propugnado la fuerza porque no ha tenido el suelo español por cuna); los consejeros civiles (marques de Casa-Sarria, conde de Oñate) eran claramente partidarios de que al pueblo se le dio gusto en todo lo que pide, mayormente cuando todo lo que pide es justo, y culpaban de todo a Esquilache. El rey aceptó el criterio de este segundo grupo, y con mayor o menor convicción, salió acompañado del Padre Eleta (su confesor, también fraile gilito) y el Conde de Fernán Núñez a un balcón que daba a la plaza de la Armería. Allí, entre la multitud, un calesero llamado Bernardo "el Malagueño" resumió a gritos las reivindicaciones: fuera Esquilache, fuera guardias valones... y que baje el pan. El rey asintió con gestos y pretendió retirarse, pero tuvo que volver a salir ante la insistencia de los congregados, que sólo se dieron por satisfechos cuando la guardia valona se replegó al interior de Palacio, momento en que se lanzaron sombreros e incluso algunos disparos al aire. Cuando la multitud se dispersó, la calma parecía reinar de nuevo en la ciudad.
El Martes Santo (25 de marzo) amaneció tranquilo, con la confianza del pueblo en el cumplimiento de la palabra real. Enseguida se divulga la noticia de que Carlos III, que se había sentido muy afectado en su dignidad y estaba fuertemente asustado, había partido hacia el Palacio de Aranjuez llevando consigo a toda su familia. El miedo de las élites al pueblo era una constante del Antiguo Régimen. El miedo popular a la ausencia de la figura del monarca también lo era, buen testimonio del paternalismo que legitimaba las relaciones sociales y políticas. Ambos miedos volverán a manifestarse de forma evidente en la jornada del 2 de mayo de 1808 que abría la guarra de Independencia Española.
La población se inquietó ante los rumores y el miedo de que esa marcha pudiera significar que el monarca tuviera la intención de doblegar a la ciudad utilizando al ejército. Aumentó la agitación en las calles y se produjeron desórdenes y saqueos peores que los de la jornada anterior. Fueron asaltados almacenes de comestibles, cárceles y cuarteles. Diego de Rojas, obispo de Cartagena y presidente del Consejo de Castilla, fue tomado prisionero en su propia casa y obligado a redactar una carta destinada al rey en la que se detallaba el estado de cosas; o al menos eso es lo que él sostuvo, puesto que la Pesquisa posterior le atribuyó (junto a otros, también ex-colegiales en puestos clave, como el corregidor Alonso Pérez Delgado y el presidente de la Sala de Alcaldes Francisco Mata Linares) alguna responsabilidad en el propio motín, y fue apartado (como éstos) de sus cargos políticos. La carta también contó para su redacción con la colaboración de Luis Velázquez, marques de Valdeflores, y fue enviada a Aranjuez mediante otro calesero llamado Diego de Avendaño que actuaba en condición de diputado del pueblo.
Carlos III, consciente ahora de la torpeza que supuso su marcha de la ciudad, hizo redactar a Roda una carta que el mismo Avendaño llevó al Consejo de Castilla, donde se recibió el día 26 a mediodía. El grupo organizado que había mandado la primera carta, ya había enviado otra, esta vez con el calesero Bernardo el Malagueño (o Juan "el Malagueño"), que se cruzó con la traída por Avendaño. La actividad escrita de este grupo incluyó textos para su difusión más amplia, como unas Ordenanzas que se deben y han de observar indispensablemente y bajo de las penas que es expresarán, por todos los sujetos de que se compone el cuerpo de españoles de esta corte, que ansiosamente solicitan ver a su amado Monarca y Señor Don Carlos Tercero (que Dios guarde), fechadas ese mismo día de 25 de marzo de 1766 y que, por su forma elogiosa de referirse al obispo Rojas, sirvieron posteriormente como pruebas de su implicación en el motín.
La carta del rey se hizo pregonar en las calles de Madrid. En ella, explicando su ausencia por una indisposición, ratificaba su promesa de respetar las peticiones populares (especialmente la bajada de cuatro cuartos en todos los precios de alimentos, y más aún en el pan, que pasaba a valer ocho cuartos la libra); pero advirtiendo que, al contrario de lo que indicaba una de las peticiones, no se presentaría ante su pueblo hasta que los ánimos se hubieran calmado. La reacción generalizada entre la multitud que escuchaba el pregón fue volver a sus casas lanzando vivas al rey. Las armas que habían sido capturadas por los amotinados fueron devueltas a sus depósitos. No obstante, siguieron apareciendo pasquines.
Ya falleció de repente
el gran monstruo Esquilache,
y aunque el entierro se le hace,
no está de cuerpo presente.
Mucho llora su gente,
Parayuelo e Ibarrola,
Santa Gadea y Gazola,
no siendo cosa ynhumana [sic]
que quien mandó a la italiana
sea servido a la española.
Requiescat: Murió Squilace,
in pace ha quedado el Reino.
Amén dice toda España,
Jesús, y a qué lindo tiempo!
En una fecha no determinada, pero contemporánea al motín, los ciegos pregonaron por las calles hojas impresas por el librero Bartolomé de Ulloa que reproducían los vaticinios de Diego Torres Villaroel (cuya fama de Gran Piscator Salmantino provenía de haber pronosticado la muerte de Luis I), previamente publicados (en 1765) como almanaque para 1766. Allí se pronosticaba, para el mes de marzo, del 11 al 18: un juez se descuida en los procedimientos justos: levantase un motín en su pueblo, y del 27 al 31 de marzo: un poderoso de cierta corte vive en trabajos y persecuciones de los que se habría librado si hubiera sabido gobernar. La indefinición de lo predicho se podía adaptar con facilidad a los hechos sucedidos; y ante la credulidad de la gente las autoridades se inquietaron. Se obtuvieron explicaciones y disculpas sumisas del propio Torres, que incluyó en su siguiente publicación una advertencia contra la manipulación de sus predicciones.
La guardia valona fue retirada discretamente, y no volvió a desplegarse en Madrid. Cuando en el mes de mayo un pequeño número de guardias realizaron un movimiento de persecución de unos desertores, que podía interpretarse como un intento de comprobar cómo eran recibidos por los madrileños, volvieron a aparecer pasquines de protesta:
Si volvieran los walones,
no reinarán los Borbones
Extensión del motín por España.- Las noticias del motín de Madrid provocaron una oleada de emulación en otras ciudades como Cuenca, Zaragoza, Barcelona, Sevilla, Cádiz, Lorca, Cartagena, Elche, La Coruña, Oviedo, Santander y poblaciones de Vizcaya y Guipízcoa (donde se les dio la denominación local tradicional de machinadas); en las que, con muy distintas particularidades, por lo general se hacían peticiones de proteccionismo hacia el consumidor, el modelo clásico de motín de subsistencia. No había ninguna coordinación entre ellas, ni hubo ninguna continuidad. No se aprovechó tampoco, como durante la crisis de 1640, para movimientos políticos de más calado por parte de ninguna oposición organizada realmente peligrosa.
Cambios políticos.- Muy a disgusto del Monarca, Esquilache partió al destierro. El conde de Aranda, capitán general de Valencia, que con sus tropas desplazadas a Aranjuez había tranquilizado al amedrentado monarca, se convirtió en el hombre fuerte del nuevo gobierno, que posteriormente se identificaría con la etiqueta de partido aragonés (personalidades próximas a Aranda, vinieran de Aragón o no, militares y manteístas-letrados plebeyos-) desplazando a los italianos y a los golillas (que se habían formado en los aristocráticos colegios mayores, mecanismo clásico de formación de las élites); no obstante, golillas y ministros italianos, como el genovés Grimaldi, siguieron ostentando cargos de la confianza real. Otras figuras emergentes fueron personajes de la talla política de Pedro Rodríguez de Campomanes, y el conde de Floridablanca, que terminarían consiguiendo la caída de Aranda (desplazado a la embajada de París en 1773).
Colegio Imperial de la Compañía de Jesús, en la Calle de Toledo, situado entre los puntos neurálgicos del motín (a la izquierda, la Plaza Mayor, a la derecha, la bajada a Lavapiés, detrás, la Cárcel de Corte y la calle Atocha, que va a la plazuela de Antón Martín). Campomanes anotaba cuidadosamente todos los rumores que implicaron a los jesuitas en el motín: cómo se vio a ocho o nueve padres de la compañía en la portería de su colegio, celebrando lo que ocurría a sus mismas puertas; o en el mismo lugar una mujer gritaba "¡Tumulto!".
Expulsión de los Jesuitas.- La atribución a posteriori de la culpa no tardó en sustanciarse en la Pesquisa Secreta promovida desde finales de abril por Aranda y Campomanes. Tenía todo el sentido de la oportunidad de encontrar chivos expiatorios, lógicamente, entre los enemigos del partido que ocupaba ahora la confianza del soberano: el marqués de la Ensenada fue desterrado de la Corte; también fueron castigados Isidoro López (procurador general de la provincia de Castilla de la Compañía de Jesús) como inspirador del motín, y como sus cómplices, el abate Miguel Antonio de Gándara, Lorenzo Hermoso de Mendoza, y Luis Velázquez, marqués de Valdeflores.
La Compañía de Jesús fue expulsada de todos los reinos de la Monarquía Hispánica al año siguiente, 1767. La expulsión de los jesuitas no fue exactamente un signo de anticlericalismo (aunque la masonería se ha asociado con la figura de Aranda), pues la medida tuvo el acuerdo de la mayor parte del clero, tanto secular como regular (sus principales enemigos eran las otras órdenes religiosas).
Vuelta al paternalismo de los abastos.- El abasto y el consumo alimentario en Madrid fueron, en lo sucesivo, vigilados especialmente a través de las instituciones tradicionales y sin las veleidades liberalizadoras de los decretos de libre comercio, respondiendo anti cíclicamente a los periodos de escasez y carestía. En el vértice del aparato institucional estaba el Consejo de Castilla y la Sala de Alcaldes de Casa y Corte, mientras que la base descansaba en los alguaciles, la red de repesos y los minoristas (tablajeros, panaderos); entre vértice y base se encontraban agentes intermedios y verdaderos grupos de presión (Pósito, obligados, Cinco Gremios Mayores, Ayuntamiento de Madrid).
La moda y el casticismo.- Suavemente, y con el consenso de la atemorizada sociedad madrileña, las capas y chambergos desaparecieron, curiosamente, para pasar a identificarse con la vestimenta del verdugo, a quien nadie quería recordar. El traje de las capas populares pasó a ser identificado con el de un personaje de sainete: el manolo, que los aristócratas imitaban por casticismo, como las diversiones populares (flamenco y toros); una promiscuidad estética que en otras cortes europeas hubiera sido inimaginable, y que, de hecho, funcionó como factor de cohesión y freno a los cambios sociales. En el siglo XIX se identificó como moda española la denominada capa española.


lunes, 21 de diciembre de 2015

LOS TAMALES EN LA NAVIDAD DE ANTAÑO

Los tamales (palabra mexicana) son de origen precolombino y se preparan en varios países latinoamericanos, con recetas distintas. Pero fray Bernabé Cobo, en 1653, afirma que los españoles, en el Perú, los hacían “con más recaudo y curiosidad que... los indios. Los ordinarios... son de carne de chancho (puerco), mas, los que se hacen de regalo, llevan carne de gallina o de pollos y palominos”

Ricardo Palma, el gran tradicionista, nos cuenta en sus “Tradiciones Peruanas” que el arzobispo limeño con los canónigos y un fraile visitador, almorzaron “suculentamente... tamales... y otros apetitosos guisos de la cocina criolla”. Además, recuerda que, en la Colonia, en las fiestas navideñas, “A la misa del Gallo seguía en las casas opípara cena, en la que el tamal era el plato obligado”.

Sigue contándonos don Ricardo Palma que los pobladores de la antigua Lima celebraban la Navidad con tamal, butifarras, chicharrones y chichas diversas. Muchos años antes de la irrupción del pavo, hacia los años cincuenta, la población no concebía una cena navideña sin la presencia de ese maravilloso platillo de maíz.

Por su parte, Manuel Atanasio Fuentes afirma, en 1860, que el tamal era uno de los “artículos de predilección para los almuerzos dominicales” y que era una “pasta de maíz molido a la cual se agrega maní, ají, carne de puerco y manteca en abundancia y que se echa al fuego, envuelto en hojas verdes de plátano”

Mientras que Carlos Prince, en su libro “Lima Antigua” publicado en  1890, se queja porque los tamales eran “envueltos en multitud de hojas de plátano, con lo que [la tamalera] engaña al comprador aumentando el volumen del objeto encubierto”, indicando que “Además de los comunes, hay asimismo tamales especiales que van subiendo de precio según sean los condimentos que llevan” .

Desde la época de la colonia, la Navidad ha sido una de las celebraciones católicas más loadas –junto a la Bajada de Reyes-. Por aquel entonces, todas las vísperas de las fiestas católicas eran precedidas por un día de ayuno. Sin embargo, el 24 de noviembre era un día especial en el que la colación (refacción que se consumía en la tarde o en la noche los días de ayuno) podía ser doble, como característica festiva.
En el libro “La Cocina Cotidiana y festiva de los limeños en el siglo XIX” escrito por Rosario Olivas, dice: “Con el transcurrir de los siglos, la hora de la doble colación de la Víspera de la Navidad se iba postergando, llegando a pasar la medianoche. Así nació la costumbre de cenar abundantemente pasadas las 12 del 24 de diciembre, pues ya había acabado el ayuno”.
Así que, a deleitarnos con los exquisitos tamales peruanos, que se preparan en cada región con características propias y únicas.
La llegada del pavo y el panetón.- Es todavía en los años cincuenta y bajo la influencia norteamericana que el pavo se hace protagonista en las mesas de las clases medias limeñas.
Sin embargo, cabe destacar que en un comienzo se trataba de pavo de  corral, que era comprado vivo en el mercado y degollado en casa luego de emborracharlo con pisco. Es más tarde que el pavo se masifica y es expendido por doquier y de manera refrigerada.
Los panteones llegan bajo la influencia italiana a Lima pero hasta los años sesenta los panteones que se consumían en Lima eran artesanales, de la panadería de barrio: el más popular era un panetón genovés más achatado y simple, distinto al panetón milanés que hoy se elabora industrialmente. En las casas generalmente se elaboraban galletas y queques navideños, y algunos dulces, como el tradicional manjar blanco o la más plebeya mazamorra de cochino.
Existen gustos y prácticas de consumo diferentes según estratos sociales. El pavo encuentra mayores preferencias en los estratos medios y altos, mientras que en la mesa popular tienen relativamente más presencia el pollo y el chocolate.

Migrantes del interior del país traen sus usanzas. Así, los cusqueños tienen preferencia por el lechón y los amazonenses por los juanes.

lunes, 7 de diciembre de 2015

LAS CUEVAS DE LAURICOCHA

Entre 1958 y 1960 el investigador y  arqueólogo peruano Augusto Cárdich, descubrió las cuevas de Lauricocha. Las cuevas de Lauricocha  se ubican en la localidad  de Huánuco a la altura de 3900 metros sobre el nivel del mare, cerca del nacimiento del río Marañón.
En estas cuevas se han localizado cantidad de restos dejados por el Hombre de Lauricocha y también muestra que fueron grupos de cazadores recolectores con dataciones de 9525 a. C.  En estas cuevas se descubrieron once esqueletos humanos, 4 de adultos y 7 de niños; los restos óseos se hallaron incompletos, al parecer mutilados intencionalmente. También se encontró raspadores y lascas líticas, huesos fosilizados de camélidos y cérvidos, raíces y tubérculos, proyectiles y utensilios de hueso y piedra, dibujos rupestres de animales, representaciones de danzas ceremoniales y cacería, etc. con comprobación científica.
Se cree que el poblamiento de esta zona fue propicia pues era favorable para el asentamiento humano, cuando los glaciares se deshelaron. Las cuevas de Lauricocha, que se ubican sobre un antiguo valle glaciar, en las regiones altas de Huánuco, al parecer albergaron a un importante grupo de cazadores - recolectores del Período Arcaico que por miles de años utilizaron las cuevas como refugio natural.
Las paredes muestran pinturas rupestres los hombres del arcaico dejaron las huellas e impresiones de su quehacer diario. Ya sea porque fue parte de su rito ancestral o porque simplemente quisieron expresar  un hecho importante de sus vidas, las pinturas rupestres son, uno de los principales registros que el hombre andino ha dejado y que después de miles de años se conservan intactos.
La constante en las distintas pinturas rupestres es la escena de caza. Hombres armados con lanzas se abalanzan sobre camélidos y cérvidos y estos huyen despavoridos, pero muchos de estos ya han sido heridos. En las cuevas de Toquepala, Huargo y Lauricocha se aprecia a los animales con heridas sangrantes. Las pinturas permiten establecer la dieta del hombre andino y conocer las herramientas con las que cazaban  y obtenían su sustento diario. Se cree que estas pinturas responden a ritos de ofrendas con la caza con el fin de que los animales no se vayan o no se terminen en la zona y por esta razón los hombres deban emigrar a otros lugares en búsqueda de alimento.

En esta cueva se encuentran los restos humanos más antiguos del Perú: se calcula que fueron enterrados en el 9525 a.C. Resultan ser los mejores testimonios del proceso de poblamiento del Perú. En otro estrato de la misma cueva, se encontraron también restos de utensilios de piedra con una antigüedad algo menor, cuya factura demuestra que el hombre de Lauricocha conocía las principales técnicas de la industria lítica. Los cazadores de Lauricocha tenían una vida nómada, dedicándose a la cacería en "chaco" (en forma de anillo).

El hombre de Lauricocha existió aproximadamente entre los años 9000 – 7000 a.C y es uno de los restos humanos más antiguos del Perú. La zona de Lauricocha está ubicada en las cabeceras del río Marañón-Amazonas, en el distrito de San Miguel de Cauri, provincia de “Lauricocha”, departamento de Huánuco, su extensión altitudinal comprende alturas desde los 3900 m.s.n.m en el sector más bajo del valle y 4500 m.s.n.m en las cumbres.
Entre las inhumaciones más famosas está el denominado “Entierro Nº 6” con un individuo que presentaba deformación craneana artificial del tipo tabular erecta. También destacan los cuerpos de tres niños (Entierros Nº 9, Nº 10 y Nº 11) cuidadosamente enterrados en medio de un misterioso ritual funerario. Recibieron ofrendas como collares y chaquiras de hueso y turquesa, valvas de concha, objetos de sílex y puntas líticas, todo ello rodeado de piedras calientes y cubiertas por ocre rojizo. Se cree que la diferencia en los patrones de enterramiento entre niños y adultos fue intencionada y corresponde a un rito especial para el cual se utilizaron ofrendas de distinto tipo.
En el caso de la sepultura infantil Nº 11 se aprecia claramente que por encima de la misma se ubicó un fogón, tal vez vinculado a la idea de que de esa forma el cuerpo enterrado pudiera recuperar el calor perdido, y algo muy particular, la presencia de oligisto (óxido de hierro) en polvo cubriendo la osamenta del niño. Es notable también el uso del ocre, de color rojizo en la sepultura Nº 9 y amarillo en la Nº 10. Las tumbas de los adultos de la fase Lauricocha I, han sido de carácter sencillo.
Las características principales del hombre de Lauricocha eran:
·         Cráneo alargado (dolicocéfalo)
·         Cara ancha
·         Estatura media de 162 cm
·         Piernas cortas y musculosas (propias de cazador nómada)
·         Dientes en forma de pala (preparadas para desgarrar los músculos de sus presas)
En cuanto al arte rupestre, en la cueva de Chaclaragra, en Lauricocha, se puede observar interesantes pinturas rupestres que representan una fila de camélidos acosados por ambos extremos por cazadores que llevan lanzas, dos de las vicuñas han sido heridas y llevan las lanzas incrustadas en su cuerpo. Estas pinturas atestiguan el método de cacería de este antiguo pueblo.
Los proyectiles líticos encontrados en Lauricocha se asemejan mucho a los ubicados en el Complejo de Ayampitín de la sierra argentina, lo que sugiere que formaron parte de una gran tradición lítica de cazadores avanzados de la cordillera andina. La secuencia cultural, realizada a partir de las herramientas y proyectiles encontrados, posibilitó la periodificación de tres fases. La primera fase, denominada Lauricocha I(10.000 – 8.000 a.C.) se caracterizó por el predominio de puntas foliáceas (forma hoja de árbol) y cuchillos bifaciales. La segunda fase, Lauricocha II (8.000 – 5.000 a.C.) por la presencia de puntas “hojas de sauce” y otras de forma triangular y base recta. Y la tercera fase, denominada Lauricoche III (5.000 – 4.000 a.C.) se caracterizó por la utilización de pequeñas puntas y herramientas de hueso, aunque hay menos evidencia de artefactos líticos, pues se encontró poca cantidad de ellos.
En Lauricocha existía una organización del trabajo y empezaban a aparecer las primeras jerarquías, la defensa colectiva de su círculo de supervivencia y se evidencia ya la práctica funeraria.

domingo, 29 de noviembre de 2015

LA DELICIOSA PACHAMANCA

El término Pachamanca no se encuentra en el vocabulario Quechua del padre Diego González Holguin, publicado a comienzos del siglo XVII. Sólo muchos años después en plena República  se lo utiliza e indica que surge de las conjunciones de dos palabras Pacha (tierra) y  manca (olla).
El Instituto Nacional de Cultura del Perú, ha declarado a la Pachamanca  “Patrimonio  cultural del Perú”.
La pachamanca es un plato típico de la sierra del Perú, elaborado por la cocción, al calor de piedras precalentadas, de carnes de vaca, de cerdo, pollo y cuy previamente aderezados con ingredientes como chincho (el principal), huacatay, ají, comino, pimiento y otras especies, asimismo de productos originales andinos adicionales, como papas, camote, choclo, haba en vainas y eventualmente, yuca. Más allá de una comida o de un ágape, es un rito comunitario en el Ande y en la ciudades con vecinos andinos.
Cerca de las cuevas de Lauricocha, la más antigua evidencia de cazadores y recolectores peruanos  existen desde hace  18.000 mil años unas hermosas ollas labradas en plena piedra. Para hacer hervir el agua ponían piedras de río calentadas al fuego directo.
El arqueólogo Augusto Cárdich fue el descubridor de las Cuevas de Lauricocha (Huánuco), igualmente en telemachay (Junin), se encontraron piedras para las monkas (ollas), así como en las pampas de la pelota (Chincha) donde el arqueólogo Javier Alcalde descubrió ollas más recientes trabajadas  en plena roca , que datan aproximadamente de mediados del siglo XV.
En el antiguo Perú, la huatia o Watia, era común en los campos, especialmente  en tiempos de la cosecha de las papas, era una ceremonia muy importante. Se fabricaban unos pequeños hornos con terrones húmedos y se los sellaba con fuego directo, allí se cocinaban las papas nuevas en el recodo naranja.     
La comida enterrada en sus orígenes ancestrales tiene un carácter  simbólico, pues era una forma de rendir pleitesía a la deidad tierra, comiendo directamente de sus entrañas que ella frecuentaba.
Representa la fuente suprema  de fertilidad, de vida natural, es el ciclo perfecto de numerosos productos que vuelven  a ella para ser cocinados y luego compartir las entrañas de la Madre tierra y los humanos en plena comunicación y armonía.
 El término «pachamanca» proviene de las voces quechuas pacha, «tierra» y manka, «olla»; por lo que su significado sería «olla de tierra»; pero cabe precisar que en lengua aimara el término manca o mankha significa «comida» por lo que un significado alternativo también es «comida de la tierra».1
Este plato especial de la gastronomía del Perú, existente desde la época del arcaico tardío en el Valle Fortaleza la preparación masiva en los milenarios Vichamas Raymis de Paramonga (Caballete y Huaricanga) de cinco mil años de antiguedad y continuo con el Imperio inca ha ido evolucionando y su consumo se ha expandido a lo largo del territorio peruano, introduciéndose variaciones en el procedimiento técnico de elaboración, mas no en sus ingredientes ni en su cocción.
Actualmente este plato también es preparado en olla y en ese caso recibe el nombre de «pachamanca a la olla».
La pachamanca se asocia con la «huatia» de las regiones de Ayacucho y Huancavelica, , con el «copús» de la región Piura y el «curato» de Chile.
Historia.- Un antecedente importante de la pachamanca es un plato precolombino conocido como «huatia», «huatiya» o «huatiayascca» que consiste en papas asadas en pequeños hornos, en la tierra o en barbacoa y que se sirven con queso fresco andino, como el «cachipa», o con una salsa de ají y queso conocida como «capchi» o «japchi», y que se prepara en la época de cosecha de las papas.2
Declarada Patrimonio Cultural de la Nación, la Pachamanca proviene de una voz quechua que significa "olla de tierra". Es el procedimiento de cocción de determinados alimentos en un hoyo abierto en la tierra, Encontramos un precedente hace 7000 a 8000 años a.C. en un abrigo rocoso Telermachay, ubicado en San Pedro de Cajas, Junín, en el que el hombre andino ya usaba de esta técnica de cocer sus alimentacios como la vicuña, utilizando para ello piedras calientes.Pero de utilización masiva en el Valle Fortaleza según las últimas investigaciones arqueológicas de la Universidad Cayetano Heredia y el Científico Haas.
Durante el siglo XIX surgen las referencias a la pachamanca tal como se conoce en la actualidad, una de ellas corresponde al Nuevo Manual de Cocina Peruana de fines de siglo.1 El tradicionalista Ricardo Palma es uno de los autores que da cuenta detallada de la pachamanca en el siglo XIX; él menciona y describe costumbres relacionadas con la pachamanca en las tradiciones: Los tesoros de Catalina Huanca (1877), El orgullo del cacique (1880) y La venganza de un cura(1880).1 En «Los tesoros de Catalina Huanca» se señala lo siguiente: "en los lugares de la sierra, esas fiestas duran de ocho a quince días, tiempo en que los ciegos disfrutan de festines, en los que la pacha-manca de carnero y la chicha de jora se consumen sin medida".1
El argentino Santiago Estrada da cuenta de la pachamanca en su obra «De Valparaíso a la Oroya» (1873); otras referencias son el «Diccionario de Peruanismos» del año 1883 por Luan de Arona y el recetario «Cocina ecléctica» de Juana Manuela Gorriti (1890)
La pachamanca que la mayoría de los peruanos conocen es relativamente moderna. En tiempos precolombinos no se ponían carnes, como corresponde a la «huatía», y la cocción era realizada en "pirqas" (se pronuncia 'pir(sh)kjas') que son como pirámides huecas en las que se ponían maderos encendidos para calentar las piedras y luego de estar calientes se ponían las papas.
Preparación.- El principio básico es crear una cavidad con material refractario, que permita ser llevado a una temperatura alta para proceder a la cocción de las carnes. Así, en muchos lugares del Perú se crea un horno artesanal abriendo un hoyo en la tierra donde se colocan piedras, que se calientan con la combustión de leños; no cualquier piedra es apta, las mejores son exquisitas y el contenido de sulfuro no es deseado pues altera el sabor. Alternativamente se usan estructuras de ladrillos hechas ex profeso.
Calentado el "horno", se procede a introducir la carne previamente sazonada, macerada en los productos saborizantes, y envuelta en hojas de plátano ordenándose sobre alguna superficie portante (piedras, lajas o bandejas metálicas). Se acompaña a las carnes con los adicionales, para al final cerrar el "horno" sea a la manera tradicional, con hojas, géneros y tierra, o mediante algún otro mecanismo que cierre herméticamente el mismo a fin de concentrar el calor que los elementos termo refractarios habrán conservado. Transcurrido un tiempo (basado en el cálculo y la experiencia del cocinero) se abre "el horno" y se procede a servir. Dependiendo de la cantidad de alimentos el tiempo ideal es de 40 a 90 minutos que bien vale la pena esperar, dependiendo de cuán caliente se encuentran las piedras.
La forma más estupenda de servir y comer la pachamanca es en una mesa grande o en el suelo, donde se tiende unas mantas. Las papas, las habas, los camotes y las humitas se tienden a lo largo de la mesa, de donde todos los invitados pueden coger y comer a su gusto sin limitaciones. Las carnes se sirven en platos, por cada tipo. El japchi (ají de rocoto, queso y huacatay) acompaña a estos deliciosos manjares.
Un factor común es el empleo de piedras carentes de contenido de sulfuros -son apropiados los esquistos-, la papa y el camote como ingredientes, y las carnes en general herméticamente envueltas en hojas de plátano. La forma tradicional lleva a construir este horno mediante un hoyo en tierra limpia, en el cual se ordenan las piedras calientes y se acomodan las carnes y los productos adicionales. Para proceder a la cocción de mismo se cierra el "horno" tapándolo como se ha señalado: hojas del árbol de plátano o similares, géneros o mantas, y tierra. Otro elemento común a todas las formas de preparación es la maceración de la carne con alguna especia que da un sabor característico a la carne, concluida la maceración. Asimismo, la carne de cerdo se macera en chincho en la región de Huánuco. El resultado es que cada carne tienen un color distinto concluido la cocción.
que no puede ser
Ingredientes.- Carnes: Res, cerdo, pollo, gallina, cuy, alpaca
Vegetales: papas, camotes, yucas, habas, choclos, Platanos
Alimentos pre elaborados: quesos, humitas
Aderezos, chincho, culantro, ají colorado, huacatay

Diferencias Regionales.- En la actualidad las diferencias regionales se han ido disipando pero es relevante dar cuenta de las preparaciones tradicionales.
Junín: Carnes: Cuy, Alpaca, Chancho, Cordero, Res. Vegetales: Papas, Habas, Choclo, Oca, Camote. Aderezos: Sal, Ají colorado, Paico, Achiote, Chincho. Alimentos pre elaborados: humitas dulces y saladas. Acompañamientos: Salsa de ají y queso (japchi). Notas adicionales: El horno cuece con leña de eucalipto o retama.
Cuzco: Carnes: Cerdo, Carnero. Vegetales: Papas, Choclos, Humitas. Aderezos: Sal, Huacatay, Chincho.
Ayacucho: Carnes: Cerdo. Vegetales: Papas, Habas, Ocas. Aderezos: Ají, Ajo, Comino, Sal, Hierbabuena. Alimentos pre elaborados: Tamal, Queso. Acompañamientos: Salsa de queso y rocoto,Cancha serrana.
Notas adicionales: Se utiliza leña de molle o huarango.
Huánuco: Carnes: Carnero. Vegetales: Plátanos, Yucas, Papas. Aderezos: Chincho. Alimentos pre elaborados: Tamales. Acompañamientos: Salsa picante de ají y cebolla.

La Libertad: Carnes: Carnero. Vegetales: Plátanos, Papas Alimentos pre elaborados: Humitas verdes. Aderezos: Ají, chicha de jora,  Ajos, Sal.
notas adicionales: Se utiliza leña de algarrobo.
Ancash y los ancashinos en Lima: Horno subterráneo en forma de casquete esférico, recubierto por lajas especiales. Combustible: leñas y/o troncos de eucalipto o de molle. Carnes: Cerdo, de Res, ocasionalmente, Cuy; Gallina. Vegetales: Papas, Camotes, Choclos y Haba verde en vainitas, oca en su temporada. Aderezos: Ajos, Ají verde, huacatay, Chincho. Alimentos pre elaborados: Tamales, sobre todo las humitas. Cobertura de culantro, de muña, ichu, hojas de papa. Bebidas de sobremesa. chicha de jora o cerveza de fábrica.
El brote de un humo blanco y tenue anuncia el momento que debe descubrirse.

Lima: Carnes: Cerdo, Vegetales: Papas, Camotes, Aderezos: Vinagre, Ajos, Huacatay, Ají. Acompañamientos: Salsa ctiolla.

domingo, 22 de noviembre de 2015

EL QUIPU PERUANO GUARDA LOS SECRETOS DEL IMPERIO DE LOS INCAS



El quipu (quechua: khipu, "nudo" ) fue un sistema nemotécnico de cuerdas de lana o algodón y nudos de uno o varios colores desarrollado en los Andes. Si bien se sabe que fue usado como un sistema de contabilidad por los funcionarios del Imperio inca, se estudia su posible uso como una forma de escritura, a partir de la teoría del Ingeniero William Burns Glynn.
Se han hallado quipus en Caral, la ciudad más antigua de América, como también en los centros de la cultura Wari.

Estructura.- El quipu consta de una cuerda principal, sin nudos, de la cual penden otras generalmente anudadas y de diversos colores, formas y tamaños -llamadas cuerdas colgantes-. Puede haber cuerdas sin nudos, como también cuerdas que no se desprenden de la principal sino de la secundaria (cuerdas secundarias). Los especialistas contemporáneos piensan que los colores y quizá la forma de trenzado de las cuerdas indican los objetos, mientras que los nudos harían referencia a las cantidades, incluyendo el número cero.

"Entre los quipus conocidos hay una gran variedad de tamaño y complejidad, pues van desde los muy simples hasta los que tienen más de mil cuerdas" (Franklin Pease García Yrigoyen).

Uso.- Se sabe de su uso contable, registro (censos, cosechas) y se investiga sobre su utilidad como sistema de representación lingüística y de memoria (historia, canciones y poemas).

Contabilidad.- Su uso como sistema de numeración es la forma más conocida. En este caso, las cuerdas secundarias representan, cada una, un número. Los nudos van indicando las cifras según su orden: las unidades se hallan a mayor distancia del cordel principal. Pablo Macera dice que el quipu era el elemento matriz de la cultura inca y que el control político se debió en parte a que a través de ellos podían llevar un cálculo de los pueblos que controlaban. Para el conteo, también se apoyaban en el uso de la yupana ábaco inca, del cual se conoce su existencia por los cronistas, pero no su manejo específico, aunque hoy en día se ha adaptado como instrumento pedagógico, para enseñanza de las matemáticas en proyectos interculturales, en Perú, Bolivia, y Ecuador.

¿Sistema equivalente a la escritura?.- Es de recordar al respecto que en los Andes no se conocía la escritura con caracteres sobre una superficie, tal y como se entiende en occidente, pero los quipus parecen haber sido una eficaz herramienta mnemotécnica en las labores administrativas de la civilización Inca que podrían haber servido para recordar hechos acontecidos.

Se postula que era un sistema equivalente a la escritura pues es posible lograr más de 8 millones de combinaciones gracias a la diversidad de colores de cuerdas, distancia entre cuerdas, posiciones y tipo de los nudos posibles. Hay algunos pueblos andinos alejados que mencionan tener "escritos" en los quipus de su localidad tradiciones orales.

Representación de un quipu.- William Burns Glynn plantea que los quipus eran libros con una escritura alfanumérica donde los números simbolizados en cada nudo representan una consonante de la lengua quechua y, a su vez, tienen una equivalencia con los dibujos geométricos utilizados en cenefas textiles y en la alfarería, con lo cual ellos también se convierten en textos de escritura incaica.
El 12 de agosto del 2005, la revista Science incluye el reportaje "Khipu Accounting in Ancient Peru" ("Contabilidad con Quipu en el antiguo Perú") de Gary Urton y Carrie J. Brenzine según el cual por primera vez se hubiera descifrado un elemento no numérico en un quipu: un topónimo para el pueblo de Puruchuco al inicio del mismo, constante de tres nudos óctuples.

Usuarios.- Es sabido que sólo los funcionarios estatales conocían el uso de los quipus. Éstos eran llamados "khipu kamayuq" (en quechua «responsable del quipu», plural: khipu kamayuqkuna). Éstos eran apoyados por los qullqakamayuqkuna, que ordenaban los almacenes o tambos. Generalmente el khipu kamayuq era un varón anciano, mientras que la qullqa kamayuqkuna era una anciana, y ambos posiblemente habían sido pareja de más jóvenes

Los quipus fueron conocidos por los cronistas, quienes hablaron detenidamente de ellos y emplearon la información que contenían, interpretada y proporcionada por los khipu kamayuqkuna, especializados en su manejo.

Historia.- Los quipus más antiguos fueron hallados en la ciudad antigua de Caral y algunas posteriores en centros urbanos Wari. Ello hace evidente que el uso del quipu tiene una gran antigüedad.

Fueron utilizados por el Imperio Inca para registrar la población de cada uno de los grupos étnicos que entregaban su fuerza de trabajo a través de la mit'a y de la producción almacenada en las qullqa para lo cual todo depósito tenía su khipukamayuq residente.
Pedro Cieza de León señala que en cada capital de provincia había un khipukamayuq encargado de todas las cuentas, incluso las relativas a los textiles. De acuerdo con la importancia del depósito algunos de estos contadores pudieron haber pertenecido al linaje del Qhapaq inka..
Durante la conquista, muchos quipus fueron quemados y destruidos por los conquistadores españoles como cosas del demonio.
En la actualidad, se sigue investigando el significado de los cerca de 600 quipus sobrevivientes y otros tantos encontrados durante elsiglo XX en tumbas de toda naturaleza, lo que sirve para ampliar los conocimientos sobre el antiguo Perú.




LA BATALLA DE LA RINCONADA

BATALLA DE LA RINCONADA
El combate de La Rinconada de Ate, es la acción bélica que se realizó el día 9 de enero de 1881, dentro de la fase que se denomina campaña de Lima en el marco de la guerra del Pacífico.
Antecedentes.- Producido el desembarco Chileno en Chilca y en la playa Curayacu; el día 23 de diciembre de 1880, la brigada Gana se pone en marcha y entra en Lurín por la tarde. No se encontró resistencia por parte de los peruanos, situación que causó gran alivio en el mando chileno ya que se tenía el temor de que si los peruanos defendían los accesos a las fuentes de agua, la expedición podía ponerse en serio riesgo en una zona tan árida, puesto que no obstante la producción continua de los aparatos de destilación, los navíos veían disminuir rápidamente sus provisiones.
En la Rinconada de Ate se encontraba desde el 4 de enero de 1881, el coronel peruano Mariano Vargas con una fuerza de 340 soldados, compuesta por los hacendados y pobladores de la zona armados con fusiles Minié y cañones. Vargas dispuso su artillería en el cerro Vásquez. El 9 de enero de 1881, la división chilena de Orozimbo Barbosa llegó a Pampa Grande (Musa, La Planicie) después de una marcha por la quebrada de Manchay desde Pachacámac con una fuerza de más de 2.000 soldados aproximadamente armados con modernos fusiles Gras de fabricación francesa.
Ordenes de Batalla
CHILE
·         6 compañías del 3° de Línea
·         1 compañía montada del 1° de Línea "Buin"
·         1 batallón del Regimiento Lautaro
·         100 jinetes del Regimiento de Caballería Granaderos
·         4 cañones de montaña
PERÚ
·         1 batallón de reservistas Pachacamác
·         30 guerrilleros
·         Caballería reservista
El Combate.-  Con el propósito de explorar los accesos y alrededores de Lima, los chilenos se aventuran por los caminos. El día 9 de enero de 1881, una de estas patrullas chilenas tomó el camino Pachacámac-Manchay-La Molina. La División de Barboza se enfrentó con los hombres de Vargas en el combate de La Rinconada de Ate.
Barboza despachó a los "Granaderos" a determinar si existían minas frente a las posiciones peruanas. Estos pronto volvieron trayendo la noticia de que la vía se encontraba limpia, entonces Barboza desplegó a la compañía del 1° de Línea "Buin", fijándoles como objetivo tomar por asalto una quebrada entre dos cerros. Ordenó emplazar dos piezas de artillería a fin de cubrir a la infantería y a tres compañías del 3° de Línea tomar los cerros por los flancos de las posiciones que debían atacar los del "Buin", dejando a la demás tropa en reserva.
Las tropas avanzaron contra las posiciones realizando "fuego en avance", es decir separados en dos líneas, la primera de ellas dispara rodilla en tierra, efectuada la descarga la línea completa se arroja al suelo, avanzando entonces la segunda línea que a unos metros de la primera realiza la misma operación.
Una compañía abre fuego sobre los peruanos, pero estos resistieron por 2 horas hasta que la caballería chilena flanqueó por el cerro de Melgarejo (o Huaquerones) y amenazó con caer por la espalda de la línea peruana, por lo que Vargas, para impedir que su tropa fuera acuchillada sin misericordia, dio la orden de retirada. Barboza hace avanzar a sus reservas a los cerros y es en ese instante cuando aparecen refuerzos de caballería peruanos comandados por Millán Murga que se lanzan contra los chilenos a fin de proteger el repliegue de la infantería y darles tiempo de reagruparse.
Tras doblegar a la débil defensa peruana, los chilenos avanzaron hasta el cerro Vásquez, donde entró en acción la artillería peruana que provocaría la retirada de los chilenos hacia Lurín.
Consecuencias.- Los chilenos sufrieron la perdida de once hombres, un muerto y diez heridos. Las bajas peruanas a pesar de no estar del todo comprobadas, pueden fijarse en una veintena, caídos en su mayoría en la carga de Vivanco.
Una valiosa información obtenida por los chilenos fue lograda con la captura del mayordomo de la hacienda Melgarejo, el ingeniero británico Murphy, quien les dio datos exactos de los lugares y modo en que estaban dispuestas las defensas peruanas en el ala izquierda de San Juan, Monterrico, Ate y otras áreas. Posteriormente al retiro de los chilenos, el mando peruano ordenó reforzar la línea de defensa de la Rinconada quedando constituida por los restos del batallón Pachacamác, el batallón N° 14 de la Reserva y 4 cañones White.
La Tradición.- Luego de la batalla, los soldados contaban y hoy la tradición lo cuenta también, que los peruanos mal armados, en un momento en que eran arrollados por los chilenos durante la batalla, hicieron entrar en combate al “batallón taurino”.
Constaba éste de un encierro de toros de lidia, que se encontraba en la zona de la batalla. En un determinado momento de la misma, cuando los chilenos estaban agrupados, los peruanos abrieron el encierro y provocaron una estampida.
Los toros de lidia, en su desbande, arremetieron contra los chilenos de la brigada Barbosa, embistiéndolos y poniéndolos en veloz fuga. Los chilenos así derrotados, regresaron a su campamento de Lurín.


domingo, 25 de octubre de 2015

COLOMBRES POR LA RUTA DE LA EMIGRACIÓN

Este año de 2015, se le ha concedido el Premio del Pueblo Ejemplar a l Pueblo de Colombres. En el acta el jurado “Acuerda conceder el Premio al Pueblo Ejemplar de Asturias 2015 a Colombres (Ribadedeva), cuya sociedad civil, organizada a partir de un tejido asociativo plural, ha sabido conservar y enriquecer el legado de los emigrantes asturianos, manteniendo su patrimonio y reivindicando ese pasado que convierte la emigración en un elemento dinamizador de la cultura, la economía y la sociedad. El Jurado lo considera un ejemplo a destacar, especialmente en estos momentos de gran sensibilidad hacia la emigración..”.
Colombres es la capital del concejo de Ribadedeva, situado en el extremo oriental de Asturias, entre la Sierra del Cuera y la mar. Con una extensión de 35 kilómetros cuadrados, en este municipio se hallan concentradas las esencias históricas del oriente asturiano, desde el arte parietal (Cueva del Pindal) hasta el legado arquitectónico indiano. De los 1.900 habitantes con los que cuenta el concejo, aproximadamente la mitad viven en Colombres. Se dedican al trabajo en el campo, sobre todo a la ganadería, y al sector terciario, pues el turismo está siendo fuertemente impulsado en el concejo.
Ribadedeva es tierra de emigración. Hasta los años 50 del pasado siglo fueron muchos los que optaron por buscar en América el futuro y en la actualidad no hay prácticamente ningún vecino que no tenga familiares en México, Cuba o Argentina. A la generosidad de los emigrantes que regresaron a Asturias enriquecidos se debe la transformación de Colombres en un pequeño núcleo urbano en el que se construyeron escuelas, el ayuntamiento, el asilo de ancianos, la traída de agua, la electrificación, el cementerio, el ferrocarril, un balneario marítimo y otro de aguas termales, caminos, fuentes, telégrafo, alumbrado, una larga lista de equipamientos que transformaron la vida del concejo, hasta convertir a Colombres en un pueblo con los mismos servicios que una gran urbe. En esta transformación tuvo mucha importancia el trabajo de importantes arquitectos y constructores, como Marcelino González o Manuel Posada Noriega, así como la importación de todo tipo de objetos, muebles, pinturas, etcétera para decorar las viviendas. La villa de Colombres  fue declarada Bien de Interés Cultural por el Gobierno del Principado en junio de 2013.
El Rey Felipe VI, en su discurso recordaba sobre el Pueblo de Colombres:“Porque la vida de Colombres, su historia y, sobre todo, su presente vital y prometedor, no se entiende sin ese carácter solidario, participativo y de unidad que mantenéis y que nos consta que reconocéis como el mejor regalo que os han hecho los indianos. Un carácter que os mueve al asociacionismo y a potenciar los objetivos y planes que hacen de Colombres un modelo de desarrollo económico y social y que es además el origen de la vinculación fructífera que muchos de los emigrantes y sus descendientes mantienen con vosotros, impulsando y creando relaciones e iniciativas prometedoras…”
“Colombres renació y se convirtió en una villa cosmopolita y abierta al mundo gracias, en buena medida, a la inversión económica que los indianos hicieron en ella, y también a la inversión, en gratitud, en consuelo y en patriotismo. Vosotros, al agradecer y reconocer todos estos valores y saber proyectarlos hacia el futuro, habéis desarrollado los mecanismos necesarios para promover el desarrollo cultural y para potenciar y mejorar los servicios sociales de vuestra comunidad.,..”
Con el fin de reivindicar y reconocer la historia, el Ayuntamiento de Ribadedeva ha liderado el proyecto de organización de una Feria de Indianos para celebrar la importante aportación de los indianos a la cultura, economía, sociedad y costumbres del municipio. Se celebra un mercado con género de ultramar y se programan actos diversos: exposiciones, proyecciones, visitas guiadas, actuaciones, talleres de oficios antiguos. En definitiva, una iniciativa que pretende no solo ser una importante cita comercial sino también un reencuentro con su historia más cercana, reivindicando el pasado con la implicación de todos los vecinos. Por otra parte, la Quinta Guadalupe, de 1906, es la sede de la Fundación Archivo de Indianos-Museo de la Emigración, creada en 1987 por iniciativa del Principado de Asturias, Cajastur y la Universidad de Oviedo. El objetivo de esta Fundación es promover, incentivar y promocionar las actividades dirigidas al establecimiento de un centro de estudio, investigación y documentación sobre el fenómeno de la emigración. Además, los vecinos de Colombres han construido a lo largo de los años un tejido asociativo que, actualmente, comprende un total de 34 asociaciones de todo tipo: deportivas, culturales, de festejos y juveniles, entre otras. El Rey Felipe VI, siguen diciendo en su discurso de Entrega al Premio del  Pueblo Ejemplar: “Todo ello hace de Colombres una villa ejemplar; una villa dinámica, cosmopolita, alegre y solidaria. Un ejemplo que hoy reconocemos y admiramos..”.
“Todo ello se convierte en un excelente aval para el futuro, para vuestro futuro y el de vuestros hijos. Y es, además, uno de los pilares de vuestro presente, en el que vuestro esfuerzo, vuestro empuje, vuestros deseos de superar las dificultades os identifican y os hacen ejemplares. Por otra parte, la vitalidad de vuestras asociaciones y el reconocimiento a la generosidad de tantos asturianos de la emigración, son el mejor símbolo de esta manera productiva y resuelta con la que habéis enfrentado los problemas, a menudo acuciantes y siempre complejos, del presente. Y es un símbolo también de vuestra capacidad para actuar con ilusión, sin caer en el desánimo…”.