jueves, 29 de agosto de 2013

ALGUNAS NOSTALGIAS SOBRE MI BARRIO

En el psiquiátrico o La Cadellada
“Oviedo, me atrapa y me puede el sabor de la provincia, el olor a la historia, los ritmos y rumores de la vida cotidiana, los placeres de la vida cotidiana, los placeres de la conversación, la geometría de las clases sociales, la escenografía literaria, el tiempo lento, la mirada distraída, el discurso circular y las amistades profundas…”.
Los locos de Oviedo, habían estado, entre 1887 y 1937  en el Hospital-manicomio de Llamaquique que fue semi destruido por la guerra, pero ya se andaba con la idea de hacer otro nuevo.
La Cadellada, era el nombre de una finca ovetense, en esta época la Cadellada estaba bastante lejos del centro de Oviedo, y por eso la Diputación de Oviedo decidió en 1925 comprarle la finca a Francisco Bailly, para hacer un nuevo manicomio u hospital psiquiátrico, nacido para “recoger, apartar o curar a los iluminados con una luz distinta”.  
La Diputación de Oviedo, mando hacer un estudio de los distintos hospitales psiquiátricos al doctor Sixto Armán, psiquiatra pionero y al arquitecto Manuel Bobes, con el objeto de buscar un centro modelo por el resto de Europa. Por inspiración del psiquiatra Vallejo Najera, se proyectaron una serie de pabellones con distintas funciones asistenciales, siendo lo jardines fruto de la labor terapia a algunos enfermos, pues después de muchos años todavía seguían con sus ingeniosos diseños y el encanto de sus glorietas, largas rosaledas , parterres con plátanos de sombra, podados sabiamente como esculturas vivas.
Al inaugurarse  La Cadellada en 1934,  quedaron atrás los tiempos de Llamaquique , con sus historias de película gótica, como aquel interno eternamente encamado, que criaba y amaestraba grandes ratas, que compensaban calentándole los pies.
Por aquellos años La Cadellada, guarda entre sus paredes muchísimas amarguras y también anécdotas y también esfuerzos destacables y aparecen como un escenario casi vacío, con las salas y los pasillos en sordo, callando a cal y canto lo que saben.  
Entre los locos famosos que pasaron por ese vetusto hospital tenemos que citar en primer lugar al médico del mismo hospital psiquiátrico Don Fernando, que había descubierto e  investigado la enfermedad de la Silicosis en los mineros. Fue internado en el mismo por tener adicciones de la clase alta (morfinómano).
El personal médico neuropsiquiatría estaba capacitado para atender las necesidades somáticas y sicológicas de los enfermos
Por aquel entonces el hospital psiquiátrico Provincial tenía 200 enfermos, y estaba dotado de toda clase de instalaciones de tipo de diagnóstico y terapéutico.

Por aquel entonces, el director de la Cadellada era el Dr. Pedro Quirós Isla, quien había nacido en Oviedo el 5 de agosto de 1904, cuando la capital de la provincia apenas superaba los 50.000 habitantes. Estudió Medicina y se especializó en Psiquiatría, defendiendo la medicina pública en una época en la que los programas de atención tenían deficiencias notables. Fue concejal del Ayuntamiento de Oviedo con los alcaldes Manuel García Conde e Ignacio García Conde siendo también defensor de Oviedo y Presidente de la Sociedad Ovetense de Festejos de 1952 a 1953.
Durante su trabajo como psiquiatra se puso en marcha el Hospital Psiquiátrico de La Cadellada,  Quirós fue nombrado jefe clínico del Hospital en 1931. Al comenzar sus trabajos estalla la guerra civil en 1936, teniendo que ser trasladados los enfermos al Monasterio de Corias, en Cangas del Narcea,  hasta 1939. En 1939 y hasta 1943 estalla la polémica entre Quirós y la Diputación a causa de las discrepancias entre el doctor y la administración sobre el trato a los enfermos mentales, que causa la apertura de varios expedientes al director del hospital. Anteriormente, en 1933, Quirós había abierto su clínica particular en el palacio de Agüeria, en Noreña.. La clínica de San Rafael fue trasladada a La Corredoria en 1959, simultaneando su trabajo en la clínica con el de director de La Cadellada.
El 6 de julio de 1992 tomó posesión del cargo académico numerario en la Real Academia de Medicina de Asturias y León. En esta toma de posesión, González Quirós pronunció un discurso que llevaba por título Los cuentos de tradición oral y el desarrollo emocional.
Falleció el 5 de enero del año 2000. Previamente, el Ayuntamiento de Oviedo decidió el 17 de mayo de 1998 premiar la labor de Quirós denominando calle del Doctor Pedro Quiros situada en Ponton de Vaqueros y antes de la Estrecha.

Otros locos muy especiales
Eloina, era una demente que estaba, siempre a cargo de una cuidadora y sujeta siempre con una cadena y un candado.  Lograba escaparse utilizando una horquilla para el pelo ó un imperdible. Se iba por las fincas aledañas por detrás del hospital y también andaba por los tejados. Era un poco el terror de todas las personas más de los niños.
Pedro, un loco de traje muy sucio y corbata, que siempre eran de muchos colorines y muy largas. Siempre repetía el mismo estribillo “Piedrín, que le dijo el padre al hijo”, Los niños que pululaban por aquellos años cerca del hospital, le hacían esta pregunta y el muy solemne les contestaba “si no tiene que fumar que fume el pijo”. Lo que era muy celebrado por los niños.
Nava (tal vez  este apodo se lo habían puesto por ser oriundo de Nava), había sido ferroviario y repetía siempre el mismo estribillo: La entrada y salida de los trenes. ”El tren con destino Gijón, va a hacer su salida por vía 1 anden 1”  Todo el tiempo  decía lo mismo.
El administrador del Hospital psiquiátrico se apellidaba Brun (un hijo de él fue el publicista), este señor era todo un personaje,  vivía con su familia muy cerca de la entrada de hospital y detrás de la Iglesia.
El sr. Brun tenía tres hijos, un hombre que se fue a Francia, se casa con una señora (muy insulsa  de la Tenderina). Una de las hijas era un poco cogita que disimulaba muy bien, y años después llego a trabajar en la Diputación provincial de Oviedo.
¿Cómo era el Barrio?
El Barrio era desde Bermúdez de Castro, llamado a su vez campo de los Reyes,   y la carretera del Villar. Siendo una vida intensa entre las calles Fernández Ladreda y el hospital psiquiátrico, formando una L invertida hacia Pontón de Vaqueros que tenía por aquel entonces 224 habitantes.
Entre las esquinas de Bermúdez de Castro y la avenida del mar, se encontraba un edificio de varias plantas cuyo propietario era Luis Trabanco. En los bajos de ese inmueble se encontraban las cocheras de los tranvías que circulaban por Oviedo y después serían los garajes de los autobuses de Traval.   
El tranvía eléctrico, que se instaló en el año de 1919, supuso una buena ocasión para el extrarradio y dio buena vida a la creación de nuevos barrios y terrenos que hasta entonces se consideraban alejados de Oviedo redondo. Con ello surge un grupo de viviendas, el más madrugador del nuevo concepto, llamado no ya a cumplir lo de “casas baratas”, sino a hace casas dignas para profesionales de clase media, según modelos arquitectónicos y urbanísticos que, de haber prosperado, hubieran dado lugar a un Oviedo nuevo. Por un lado no prosperaron lo suficiente, quizás partidos por la guerra, y por otro, el desarrollo mal entendido se encargó de hacerlos desaparecer, en general. Ese grupo fue el de la llamada “Colonia de la Prensa” en el campo de los Reyes, cerca de las cocheras del tranvía.
El campo de los Reyes, ha quedado en nada, adsorbida su personalidad e incluso su nombre, se ha quedado en nada, absorbida su personalidad e incluso el nombre, ya que sólo recuerdan por allí los naturales y vecinos de viejo cuño, que señalan como aquello era campo de los Reyes a partir de la vía del ferrocarril.
El campo del que hablamos, se busca de Bermúdez de Castro adelante, siempre con la esperanza de encontrar los restos de alguna de las quintas y fincas de recreo que por allí hubo. Cuando se dio el nombre del general Bermúdez de Castro a aquella zona, en 1920, se razonaba la nueva calle, entonces trazada entre prados, anunciando que:
“en día no lejano será de las más importantes vías de la ciudad y que principia en la entrada del actual seminario y futuro cuartel de infantería para terminar en el punto mismo del campo de los Reyes en el que se inicia la carretera a Ventanielles…”  
El Seminario que iba a convertirse en Cuartel es lo que ahora es el Campus del Milán, con lo que demuestran el poco arraigo y solera de ese nombre de Milán en la ciudad, siendo aquello primitivo campo de Santullano, que hubiera sido un bonito nombre para el campo.  
El campo de los Reyes estaba desarbolado y cercado, llegó a fines del siglo XIX con 55 casas y 522 habitantes , ya en trance de perder su personalidad a cambio de nada, es  decir, a cambio de convertirse en un barrio vulgar como lo es ahora, en el que sólo algunas casitas de planta baja y piso, nos recuerdan, todavía el aspecto de posguerra, cuando por allí había sosiego y espacio para sembrar rosales de mayo y fruta de verano.
Los personajes  más pintorescos del barrio eran: Bar Casa Faldetes, cuyo propietario era José Valdés, diputado por el tercio familiar de la diputación provincial de Oviedo.
Este establecimiento era, Bar, lagar de Sidra,( en la que se encontraban algunas pipas de sidra, las que estaban vacías), también era fábrica de licores (casi al final de la finca, que era un lugar tétrico y oscuro y los chicos de aquella época tenían miedo de entrar  por aquellos vericuetos donde años antes se había fabricado él licor. Cerca había un jego de la llave y de la rana.
El juego de la llave consiste en lanzar desde la distancia establecida los pellos con el objeto de golpear la llave o chave.
El juego de la rana,  es un juego de lanzamiento de precisión múltiple, donde se intenta introducir un determinado número de fichas o discos de hierro ( "tejos" en España) o de bronce (en Perú y Argentina) en los múltiples agujeros que existen en la mesa de la rana. Algunos de ellos tienen obstáculos que dificultan la precisión del lanzamiento. Las partidas se suelen celebrar a diez tiradas. Si la moneda entra en la boca de ahumada gana 500 puntos.
Detrás del Bar había una explanada donde los niños y los nietos de Faldetes jugaban a los bandidos.
 En la época de la Ascensión, como el mercado de ganado de realizaba cerca del bar, y no habiendo muchos medios de locomoción, los interesados llegaban en “charrettes ”  tiradas por caballos, los que eran guardados, en esa explanada y conducidos  por sus propios “charretier”. Y a la hora de comer el bar estaba de bote en bote. Me imagino que en sus mesas se habrán realizado muchas e importantes transacciones comerciales para aquella época.
Desde los tiempos de su fundación por Máximo y Fromestano en 761 hasta bien entrado el siglo XVIII, que marcó el ingreso de la ciudad en la modernidad ideológica y económica, Oviedo vivió una relación simbiótica con el campo circundante. El paisaje de aquellos siglos resultaría irreconocible para un observador contemporáneo, puesto que en los bosques que rodeaban la ciudad se alzaban numerosos robledales cuyos frutos servían de pasto a las piaras que, procedentes de las aldeas vecinas y lejanas, se traían a las numerosas ferias que se organizaban en el recinto urbano, donde un abigarrado caserío se apiñaba contra la muralla.
Será a partir del segundo tercio del siglo XIX cuando se pueda hablar de una transformación acelerada del paisaje ovetense en el conjunto del municipio, área urbana y zonas rurales. Las razones serán de muy diversa índole, pero todos los procesos: confirmación de la capitalidad regional en 1833; la desamortización con sus enormes transferencias de propiedad y cambio de uso en tierras y edificios; derribo de la muralla; eclosión del trabajo industrial... acabaron convergiendo en la radical transformación de la morfología municipal. Los prados y tierras de labor sustituyeron definitivamente al bosque autóctono porque los ganaderos, al orientarse hacia la producción de leche para atender la demanda en expansión de una población creciente, intensificaron la ocupación del territorio al incrementar la superficie agrícola aprovechada.
Nuestro observador contemporáneo, al que aludíamos más arriba, si quisiera hacerse una idea románticamente precisa del aspecto que presentaba el municipio a finales del XIX, siempre puede recurrir a la prosa de Leopoldo Alas Clarín ya que, cuando se viaja al pasado, siempre es mejor hacerlo a hombros de gigantes: «Empezaba el Otoño. Los prados renacían, la yerba había crecido fresca y vigorosa con las últimas lluvias de Septiembre. Los castañedos, robledales y pomares que en hondonadas y laderas se extendían sembrados por el ancho valle, se destacaban sobre prados y maizales con tonos obscuros; la paja del trigo, escasa, amarilleaba entre tanta verdura. Las casas de labranza y algunas quintas de recreo, blancas todas, esparcidas por sierra y valle reflejaban la luz como espejos. Aquel verde esplendoroso con tornasoles dorados y de plata, se apagaba en la sierra, como si cubriera su falda y su cumbre la sombra de una nube invisible, y un tinte rojizo aparecía entre las calvicies de la vegetación, menos vigorosa y variada que en el valle».
El Bar Paris, era una sidrería,  propiedad de una familia muy apreciada en el barrio, se ubicaba en la esquina de la Avda. de Bermúdez de Castro y la Calle Villar. Años más tarde esta antigua sidrería, fue trasladada a la Avda. del mar, donde todavía funciona atendida por los descendientes de los primeros propietarios.
Curiosamente Manolo, su dueño había ideado una distracción para los meses del Verano. Contrataba actuaciones de malabaristas, magos, equilibristas y demás para esparcimiento de los clientes y público en general. Estos actos se realizaban a la entrada del establecimiento, siendo el único pago de entrada el que cada una de las personas que asistía llevara su silla.
Tiendas de Abarrotes y Comestibles  
Casa Cándida, que vendía toda clase de alimentos, entre ellos el aceite por cuartillos. La dependienta llevaba una libreta donde anotaba lo que le vendía a cada parroquiano y al final del mes, se lo pagaba.
Casa La Potera, una frutería. Consuelo era la encargada de llevar toda esta mercancía al psiquiátrico, ella solía subir esa cuesta descalza con todas las canastas de productos llevándolas en las manos y hasta en la cabeza.
Por aquella época como sensación llego un familia gallega, que puso una tienda de comestibles  (el padre fontanero, que hacía chapuzas a domicilio), ellos se integraron  muy bien a la vida del barrio, pero los vecinos siempre los vieron con cierto recelo.
Un poco más allá, se encontraba un edificio en la que había una casa de citas llamada “Casa Marcela”, por donde en aquel entonces me imagino que pasarían muchos personajes de aquel Oviedo que se fue.   
Merece citar con un punto y aparte a los talleres Pedregal, que estaban ubicados entre la Avda. del Mar y Bermúdez de Castro. Eran tres hermanos: Pepe, Paco y Alfredo, que residía en Venezuela). El mecánico era Pepe Pedregal, que había dejado los talleres del Vasco, para poner junto con su hermano Paco, quien llevaba la administración del taller. Era un taller donde casi todos los “aiga” que venían de América, solían pasar para su revisión rutinaria.
La madre  que era viuda trabajaba en “Camilo de Blas”,  una confitería fundada en 1827 en León, por don Camilo de Blas Heras. Desde los inicios de su historia tiene como actividad principal la venta de productos de confitería, y como actividad secundaría la venta de delicatessen y productos gourmet.
En febrero de 1914 se abre la primera confitería Camilo de Blas en Oviedo, instalado el obrador en el número 21 de la calle Jovellanos. Al año siguiente se inaugura la confitería Camilo de Blas en Gijón, situada en el Paseo de Begoña nº 30.
Entre 1920 y 1923, D. José de Blas indica a su maestro obrador D. José Gutiérrez, la creación de un dulce que se identifique con los ovetenses. Este dulce será conocido como "carbayones", que es un pastel de almendra y yema bautizado con el gentilicio popular de los ovetenses. Se creó en esta casa para acudir junto con los dulces conocidos como "duquesitas" a la primera Feria de Muestras de Asturias celebrada en Gijón en 1924.
En 1929 la confitería sufrió uno de los mayores incendios sucedidos en un área comercial en Asturias.
La fama de la confitería puede verse por ejemplo, en el hecho de que el escritor Luis Junceda, ganador del premio Ciudad de Murcia de 1969, mencione tanto a la confitería como a su producto estrella, los carbayones.
Entre 1982 y 1986 la confitería Camilo de Blas dio el salto a la gran pantalla, siendo escenario del rodaje de la película «¡Jo, papá!». En este mismo periodo, la confitería se convierte en un improvisado plató, donde se rueda un programa dedicado al consumo, en el que se sigue, paso a paso, la elaboración del turrón artesano.
Camilo de Blas se convirtió en plató cinematográfico para la película 'Vicky Cristina Barcelona' de Woody Allen.
La actriz estadounidense Gwyneth Paltrow ha recorrido España, en compañía del chef Mario Batali y el crítico gastronómico Mark Bittman, para dar a conocer lo mejor de la gastronomía y la cultura del país, en un viaje que se plasmará en la serie de televisión "Spain on the road again", presentando la elaboración de los carbayones en el capítulo 10.
En el año 1989 la confitería cumplio el 75 aniversario de la apertura del establecimiento ovetense, celebrando la confitería sus bodas de diamante.
Una de las normas distintivas de la casa es el escrupuloso respeto por la calidad de los ingredientes y la bondad de las tradiciones. Conserva aún los mostradores originales de mármol de Carrara de su primera apertura.

La Sra. viuda de Pedregal, solía tener en su casa pastas, que cuando los niños iban a visitar el taller de sus hijos les obsequiaba golosinas. 
Los niños que vivían cerca solían frecuentar el taller y allí muchos de ellos aprendieron mecánica y a conducir coches. 
El taller de los Pedregal fue en Oviedo el Primer concesionario autorizado para dar servicio a los camiones de firma Barreiros.
Su hijo Alfredo, que vivía en Venezuela, quien había hecho fortuna en las Américas, vino a casarse con una ovetense, que también ayudo a la construcción de un edificio de cuatro plantas en el mismo terreno donde se encontraba el garaje.
También existía cerca del garaje una (calle sin salida) llamada la calleja de la República  en la que, había  una carbonería que abastecía a las distintas necesidades del tiempo.
Aquel era un barrio muy humilde del que salieron grandes personajes que incursionaron en los distintos campos de la vida, como el futbolista Enrique Castro  González “Quini” nació el 23 de septiembre de 1949 en Oviedo,” Mi andadura por el fútbol, aunque parezca un tópico, comenzó prácticamente desde que nací.  Jugando la pelota con mis amigos en la calle. Pero puedo decir que comencé a jugar en "un equipo" cuando formé parte de los infantiles del Colegio de los Salesianos. [...] Mi primer campo de fútbol fue "La Carbonilla", que como su nombre indica, era de carbón fino esparcido por encima del duro terreno.
Quini vivió en la capital asturiana, en una casa propiedad de su abuela, hasta los cinco años, momento en que la familia se trasladó a vivir a Avilés, merced a la concesión de una vivienda en el poblado de Llaranes, construido para los trabajadores de la empresa Ensidesa, en la que trabajaba su padre. Allí discurrió su infancia y adolescencia.
Fue el primero de los tres hijos de Enrique Castro —cuyo apodo, Quini, heredó— y María Elena González. Sus hermanos son Jesús, que fue portero del Real Sporting de Gijón durante diecisiete años y falleció ahogado en 1993 en la playa de Amió, situada en la localidad cántabra de Pachón; y Rafael, Falo, que jugó también de guardameta en el Sporting de Gijón Atlético, filial del equipo gijonés.
Estudió en el Colegio de los Padres Salesianos de Llaranes, donde comenzó su carrera futbolística. Jugó en el equipo del colegio, el Grupo Deportivo Bosco.
En edad juvenil pasó a engrosar las filas del Bosco Ensidesa.:
“Con el Bosco jugábamos en uno de los campos que recibían el nombre de "La Toba"; ya teníamos césped y a mí me parecía un magnífico estadio; su principal inconveniente era que en invierno [...] se embarraba…”
Su carrera futbolística comenzó a ser prometedora y le resultaba difícil compaginarla con sus estudios y proyectos de futuro laboral, viéndose obligado a dejar la escuela de aprendices de Ensidesa, primero, y la empresa Montajes del Tera, a la que había entrado con la intención de aprender el oficio de soldador…

Es uno de los más grandes futbolistas asturianos, nacido en humilde barrio de esta vetusta y literaria ciudad de Oviedo, cuna de otros grandes hombres que se destacaron en otras facetas de la vida.

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