sábado, 31 de agosto de 2013

MI PAPÁ Y LA REVOLUCIÓN DE TRUJILLO

En 1930 la mayoría de las carreteras, aunque permitían el tráfico que por ellas se realizaba, dejaban mucho que desear.

Con todo, las compañías de vapores perdieron importancia con relación a los viajes cortos, a las zonas aledañas a la capital, Surgieron algunas agencias para el transporte terrestre entre Lima y Pisco por el Sur y Trujillo por el Norte. La agencia Ñapo, la primera que organizó el servicio a Trujillo, con no pocas dificultades , la Estación El Sol” de Rafael E. Salardi y otras que abrieron otras rutas a lo largo y ancho de la geografía peruana.  

La empresa de Transportes “El Sol”,  de Rafael . E.  Salardi, se asoció con mi padre y  tenían la concesión de llevar el tabaco a Chiclayo y Trujillo, al final de mes mi papá era el encargado de recaudar el dinero de todos los portes del mes. Días antes de que estallara la Revolución, mi papá llego a Trujillo y se hospedo como siempre en el hotel “Royal” en la Calle Sinchi Roca 1138, muy cerca del mercado y donde solían alojarse por aquella época muchos comerciantes. El día de la revolución se comenzó a hacer redadas en todos los hoteles en busca de los apristas. Desgraciadamente mi papá fue confundido como uno tantos de ellos. Fue tomado preso y gracias al ciudadano alemán Von Rosemberg, quien se preocupó de ver si necesitaba algo,  y después de presentar todos sus documentos, salió en libertad. Pero la Revolución acababa de empezar. Había que esperare que todo se calmara.

Según Basadre, la Revolución de Trujillo fue una de las peores tragedias que sufrió el Perú. Ningún episodio se le puede comparar. Sin exageración para este historiador, uno de los más abominables hechos de la historia nacional. Aquí reinó el encono y la venganza que anticipó a la guerra civil española de 1936 a 1939.
Ello no justifica para el mismo analista, la represión que sobrevino. En el cumplimiento de las sentencias con pena de muerte, se hicieron barbaridades.
Cabe añadir que ocurrieron centenares o miles de ejecuciones sin proceso. Pareció que  predominó la política no sólo de castigo o represalia sino con miras al exterminio del adversario que, al fin y al cabo, también era peruano.
Han pasado casi ochenta y un años desde que la normalidad acabó por completo en la capital del departamento de La Libertad. La madrugada del 7 de julio de 1932 quedó marcada para siempre. Allí en la histórica y bella ciudad ocurrió ese aciago día, inevitablemente, un enfrentamiento muy violento a sangre y fuego que trajo consigo miles de muertes que hasta ahora exactamente no se puede calcular, constante desolación y entero sufrimiento entre los peruanos. Estimados conservadores hablan de unos cinco mil fusilados en las ruinas pre-incas de Chan Chan, teniendo en cuenta que la población del Perú en 1940 era de seis millones de habitantes, y si extrapolamos esta cantidad a la actualidad (2013), es como si en Trujillo se hubieran ajusticiado a unos veinte y cinco mil ciudadanos.
Así  se enfrentaron, a como dé lugar y sin prever ninguna consecuencia, por un lado, los apristas cargados de ideales y de indignación imbuidos de apoyo popular con las fuerzas del orden compuesta por militares y policías que defendían como lo manda la Constitución y las leyes, el fuertísimo gobierno del Comandante Luis Miguel Sánchez Cerro.
Jorge Basadre dice en la Historia de la República del Perú: “Resulta muy difícil decir si hubo fraude o no en 1931… El escrutinio demostró que Sánchez Cerro obtuvo más votos… Los apristas constantemente han desconocido elecciones. Lo hicieron en 1962 y 1963 con idénticas características y con idéntico contenido”…
La denominada  Revolución de Trujillo, además de las injustas muertes de seres humanos y los daños irreparables, sí que trajo consecuencias políticas profundas durante casi medio siglo en la vida política del país porque dio  lugar a una rivalidad incontenible entre las Fuerzas Armadas y el Apra que recién pudo ser superada, luego de que el Gobierno dictatorial del General Morales Bermúdez puso de por  medio el entendimiento y desaparecieron para siempre, las heridas, poco antes de la muerte de Haya de la Torre, ocurrida el 2 de agosto de 1979.
Pero en el camino del desentendimiento, azuzado por diferentes grupos representativos  de intereses incluso legítimos e ilegítimos, la Historia del Perú  cambió por completo. Sobre todo en contra de los apristas. Por ello, en primer lugar, jamás Víctor Raúl pudo llegar a la Presidencia de la República, no obstante contar con el voto popular. El veto militar, inevitablemente, lo impedía. Aunque eso no fuese muy democrático que digamos.
En efecto, en 1962, luego de las elecciones donde ninguna de los candidatos alcanzó el tercio que la Constitución vigente de 1933 exigía, los militares le dieron a conocer al Presidente Prado la oposición tajante de las Fuerzas Armadas de que el líder del Apra asumiese el poder.
Haya había obtenido el primer lugar y se suponía que el Congreso lo iba a elegir entre los tres candidatos que ocuparon los tres primeros lugares. En este caso, él, Fernando Belaúnde y el General Manuel A.  Odría.
Entre las décadas de los años  1920 y 1930, Trujillo vivió la gestación y crecimiento de la organización sindical entre los campesinos  y la agitación de la intelectualidad.
Las haciendas Casa Grande, Cartavio y Laredo se convirtieron en verdaderos bastiones del recién nacido Partido Aprista Peruano, organización política  fundada por el líder estudiantil, seguidor del radical Manuel González Prada, Víctor Raúl Haya de la Torre.
Sánchez Cerro publicó una ley controvertida que proscribía las libertades políticas y permitía la detención de cualquier ciudadano, sin mandato judicial. Este hecho, sumado a las desigualdades sociales, al desconocimiento de los derechos laborales de los trabajadores de las haciendas azucareras ubicadas al norte de la ciudad de Trujillo, acrecentó el descontento social. A partir de entonces, las demandas  en contra del gobierno y  la liberación de Haya de la Torre, se volvieron incontenibles.
De madrugada a eso de las 2 am, el 7 de Julio de 1932, un grupo insurgente compuesto fundamentalmente por campesinos obreros y estudiantes del Colegio Nacional de San Juan, comandado por Manuel Barreto conocido como “Búfalo", asaltó y capturó el cuartel de artillería Ricardo O’Donovan, ubicado en la entonces entrada de la ciudad de Trujillo.
En la madrugada del 7 de julio de 1932,1 un grupo insurgente compuesto fundamentalmente por campesinos y obreros, comandado por Manuel Barreto (conocido como “Búfalo") reconocido líder aprista, asaltó y capturó el cuartel de artillería Ricardo O’Donovan, ubicado en la entonces entrada de la ciudad. En esta acción, el mismo Barreto fue uno de los primeros en caer abatido. El cuartel fue saqueado. Las armas, entre ellas seis cañones móviles, fusiles y ametralladoras fueron llevadas a la ciudad de Trujillo mientras entonaban, los levantados, la "Marsellesa Aprista".
La lucha duró cuatro horas desde las 2 a.m. hasta las 6 de la mañana. Murieron, inevitablemente, muchos de los  defensores y  los atacantes.
El Capitán Leoncio Rodríguez Manffaurt, que vio el cadáver de el “Búfalo” Barreto en el hospital, lo describe así: “Está decentemente vestido con traje cabritilla. Era bastante musculoso, peludo y barbudo. Más que todos. Su color  amarillo, como si hubiese sufrido ictericia. Por boca y narices sale ya una espuma sanguinolenta. Tiene una rosa rosada en el primer botón del saco, en el centro mismo del pecho. Un gesto de sonrisa que hiela la medula. Esa sonrisa parece una daga toledana”.
Durante la mañana, la ciudad fue tomada por el pueblo insurrecto, se nombró como Prefecto (máxima autoridad civil), a Agustín Haya de la Torre (hermano de Víctor Raúl); los distritos aledaños a la ciudad también se sumaron a la revuelta.
El levantamiento se extendió a Salaverry, el valle de Chicama, Otuzco, Santiago de Chuco y Huamachuco. También llegó a  Cajabamba en Cajamarca y repercutió por completo en Huaraz, la capital de Ancash.
El Mayor Alfredo Miró Quesada con tropas enviadas desde Lima, dos compañías de fusileros y una sección de ametralladoras, desembarcó en Salaverry, puerto que fue recapturado bajo protección de dos secciones del mismo destacamento, cuyo avance se efectuó por carretera desde Chimbote.
Pero al marchar sobre Trujillo, Miró Quesada encontró porfiada resistencia y tuvo que retirarse con pérdidas de vidas y de armamento. Los sublevados habían obtenido una primera victoria y la celebraron entregándose a la algarabía y el alcohol, sin perseguir al enemigo.
El Gobierno de Lima  envió para debelar la rebelión de Trujillo al Coronel Manuel Ruiz Bravo, Comandante de la Primera Región Militar con sede en Lambayeque. Las fuerzas que estuvieron bajo sus órdenes fueron un regimiento de infantería, una compañía de fusileros una sección de ametralladoras de Cajamarca y varios destacamentos de la Guardia Civil.
Su acción estuvo facilitada por la defensa que efectivos de esta institución habían hecho de la hacienda Casa Grande y por la toma efectuada el 9 de Julio de la hacienda Cartavio, fuertemente defendida por los revolucionarios en cinco horas de cruento combate.
El ataque de Trujillo fue materia de un plan elaborado por Ruiz Bravo y su Estado Mayor encabezado por el Teniente Coronel Eloy Ureta, después general, héroe de la Guerra contra el Ecuador y Mariscal del Perú.
Este plan combinó la acción en dos frentes de las tropas provenientes de Lima, a órdenes del Mayor Miró Quesada cuya base era Salaverry y de las del noreste que tenían su vanguardia cerca del aeropuerto. La aviación recibió la misión de colaborar señalando los nidos de ametralladoras y los focos de resistencia de los facciosos.
La lucha se inició en la madrugada del 10 de Julio, precedida por el bombardeo aéreo de la ciudad sin previo aviso, incluyendo el hospital donde había números heridos y desoyendo, los atacantes, la petición de parlamentar.
El combate ocurrió dentro de la ciudad y el avance de los gobiernistas fue hecho en algunos barrios, casa por casa. En la noche del 10 de julio entraron en acción las tropas de Miró Quesada que habían sido reforzadas y a las 10 de la mañana del 11 ya combatían por la posición de la Plaza de Armas y la Prefectura. Esta fue capturada a la 1 de la tarde.
Participaron, en la debelación del levantamiento de Trujillo, una escuadrilla de aviones de caza mandada por el Teniente Coronel Sales Torres y una escuadrilla de hidros bajo la dirección del Comandante Manuel Cánepa Muñíz. La aviación protegió, junto con el Crucero Almirante Grau y dos submarinos, el desembarco de tropas gobiernistas en Salaverry. Luego bombardeó el cuartel O´Donovan y otros lugares de Trujillo.
United States Department of State / Foreign relations of the United States diplomatic papers, 1932. The American Republics (1932) page 944. Peru.
“La insurrección no es anti-extranjera, es anti-Sánchez Cerro”.
Estalla la insurrección aprista en Trujillo. Los rebeldes controlan la ciudad y el Valle del Chicama. Están dirigidos por el coronel Rubén del Castillo y Augustín Haya de la Torre, hermano de Víctor Raúl. Agustín telegrafía a Lima amenazando con matar a los rehenes militares a menos que su hermano sea liberado.
El gobierno responde rápida y duramente con bombardeos aéreos que parten de la base de Chimbote. Los seis aviones militares lanzan 26 bombas de fabricación estadounidense, de 25 libras cada una, que más impacto causan en destruir la vida y la propiedad de los no combatientes, pero con el efecto militar decisivo de horrorizar a la población y destruir la moral de los insurrectos. El ejército toma Salaverry y avanza sobre Trujillo. Se combate en las calles de Trujillo. Los insurrectos se concentran en Laredo, pero los militares al final los derrotan totalmente. Todo lo que sale en la prensa, incluyendo las informaciones de Associated Press y United Press, está censurado por el gobierno. La embajada le advierte al Departamento de Estado que debe desconfiar de la precisión de tales informaciones.
El embajador Dearing considera que la insurrección de Trujillo no es “anti-extranjera”, sino “anti-Sánchez Cerro”.Los 35 ciudadanos estadounidenses en el Valle del Chicama, básicamente de Cartavio y Grace, se encuentran bien. Los intereses estadounidenses en la zona son Grace y Northern Peru Mining and Smelting Company.
Sin embargo, el gobierno de Sánchez Cerro, para seguir con los bombardeos, por un lado, quiere recurrir a los aviones comerciales estadounidenses, propiedad de la compañía estadounidense Panagra (Pan American-Grace Airways) dirigida por el capitán Harold R. Harris, y a sus pilotos para que vuelen un tri-motor Ford. No hay pilotos peruanos que puedan pilotearlo. Los necesita para llevar municiones a sus tropas y abastecer a los aviones de combustible, como para según el gobierno llevar cigarros y avituallamiento a las tropas y trasladar de regreso a Lima a los heridos. En pleno bombardeo a Trujillo, la Panagra había llevado combustible a la base Chimbote para abastecer a los aviones militares, cosa considerada por la embajada, y por la Panagra, como una transacción puramente comercial. Por otro lado, el gobierno agota todas sus bombas en los ataques a Trujillo, por lo que le pide a los EEUU que le envié más desde la Zona del Canal de Panamá.
“No more bombs for you”
Se inicia un conflicto diplomático entre los EEUU y el Perú. Los EEUU consideran que los bombardeos aéreos son excesivos para reprimir la insurrección norteña. Tampoco quiere verse involucrado en la represión a una rebelión que no va contra sus intereses. El gobierno peruano considera que la empresa aérea estadounidense debe poner sus equipos y personal a disposición del gobierno en su respuesta militar a la rebelión.
El gobierno estadounidense protesta ante el gobierno de Sánchez Cerro por la presión a su compañía aérea, pero éste insiste, amenazando con suspenderle los contratos. Según el gobierno peruano, la compañía privada estadounidense debe apoyar al gobierno peruano en su represión contra cualquier revolución que surja. Finalmente, la compañía aérea, con la informal y desmarcada luz verde de la embajada estadounidense, accede al pedido del gobierno peruano. El piloto estadounidense Thomas Jardine, bajo órdenes de militares peruanos, vuela de la base militar de Chimbote hacia Casagrande, y de ahí a Trujillo, llevando paquetes que cree que son municiones. El piloto estadounidense cuenta a su embajada que sintió las balas de los rebeldes disparando a su nave. La población trujillana que acaba de sufrir los bombardeos está indignada con los aviadores. La embajada rechaza seguir apoyando las operaciones militares represivas. El gobierno peruano insiste y pide que la Panagra capacite a pilotos peruanos para volar las naves. La embajada rechaza el pedido.
El gobierno peruano vuelve a insistir invocando un artículo de un contrato, que estipula que en casos de “desórdenes internos graves” la empresa aérea debe poner a disposición del gobierno peruano sus equipos y su personal. El gobierno peruano le recuerda a la embajada que está restableciendo el orden en un territorio donde hay intereses de ciudadanos estadounidenses, que corrieron peligro con los disturbios allí ocurridos. Al respecto el embajador Dearing recibe una comunicación del Secretario de Estado Stimson en que le dice que desde un punto de vista estrictamente legal el gobierno peruano tendría la razón, pero que puede continuar negándole la razón al gobierno peruano.
Los EEUU también rechazan la solicitud del gobierno de Sánchez Cerro de que le envié más bombas desde su base de Colón, en la zona del Canal de Panamá, para reprimir a los rebeldes. El gobierno peruano, sin poder reabastecerse de bombas de fabricación estadounidense, recurre a bombas “hechizas”, fabricadas localmente usando dinamita.
“Los bombardeos en Trujillo fueron inspirados en el cine”
El embajador Fred M. Dearing le escribe la siguiente carta al Secretario de Estado:
“Señor: tengo el honor de reportar al Departamento [de Estado] cómo una película americana ejerció un efecto marcado en la forma aceptada de conducir operaciones militares en el Perú. En los últimos días de mayo una película americana titulada “Hell Divers” fue exhibida por primera vez en Lima. La película muestra vistas excelentes sobre aviadores navales americanos lanzando bombas sobre objetivos estacionarios. Como es costumbre en las primeras noches de las nuevas películas en Lima, los exhibidores se propusieron hacer la primera muestra de “Hell Divers” una función de gala. El jefe de la Misión Naval Americana en el Perú había visto esta película y comprendió su valor en promover el interés en la aviación americana haciendo que las principales autoridades militares asistan a la proyección. Asistió el presidente, acompañado por sus principales asesores y las autoridades militares y navales. Todos los aviadores en servicio activo fueron así mismo invitados y la audiencia estuvo compuesta exclusivamente por oficiales peruanos. Se afirma que el presidente quedó muy impresionado por la increíble precisión de los bombardeos navales y los militares peruanos estuvieron igualmente muy impresionados por la película.
Dos semanas después estalló la revolución de Trujillo. Normalmente, los revolucionarios hubieran podido tener tiempo para consolidarse, mientras esperaban que el ejército peruano se ponga en posición de atacar. En este caso, sin embargo, el presidente hizo que sus asesores militares movilicen inmediatamente todos los aviones militares y navales, seis en número, y los ubiquen en un pueblo cerca de Trujillo. Los aviones estaban equipados con todas las bombas disponibles en el Perú. Parece evidente que la influencia de la película de bombardeos causó este rápido empleo de los aviones bombarderos peruanos.
Una corte marcial comenzó a actuar de inmediato a diestra y siniestra, condenando a la pena de muerte a 44 reos presentes y a 53 ausentes. Entre ellos Agustín Haya de la Torre. Sin embargo, este último nunca fue encontrado. Recibieron la pena de penitenciaría 19 reos presentes y 62 ausentes.
Pero también ocurrieron para colmo de males, las numerosas ejecuciones no legalizadas de Chan Chan. En relación con las muertes entonces producidas, conviene distinguir entre las víctimas que hicieron la tropa y los oficiales al tropezarse en su avance casa por casa y calle por calle, con combatientes civiles o con sospechosos de serlo y quienes cayeron después de que cesó la lucha.
 Inclusive se aseguró que fueron fusilados todos aquellos a quienes se encontró en las manos o en los hombros huellas de que habían disparado. Con crueldad e irresponsabilidad total.
El levantamiento de Trujillo repercutió en Huaraz. Después de haber sido vencidos cinco rebeldes, fueron ejecutados en cumplimiento de una sentencia de una corte marcial. Con el voto en contra de dos vocales de ella
Entre los fusilados, en un acto de crueldad innecesaria, estuvieron el Mayor Raúl López  Mindreau y el joven dirigente aprista Carlos Philips. Uno de los reos, Arístides Boza, recibió la pena de prisión, sin haber sido acusado por el Fiscal y sin nombrarle defensor.
El juzgamiento fue hecho primero por grupos, clasificados de antemano por los jueces como autores, cómplices e inculpados. Las cuestiones de hecho y las sentencias fueron dictadas individualmente, sin haberse oído y juzgado a todos los acusados. Similares anomalías hubo en los procesos de Trujillo.                                                                                                                                En la madrugada del día 11 de julio, tras un intenso bombardeo aéreo y terrestre, un gran despliegue de tropas inició la ocupación de la ciudad. En la “Portada de Mansiche”, un grupo de francotiradores dirigidos por Carlos Cabada contuvo el avance del ejército, ayudando a fortalecer las defensas dentro de la ciudad.
En la histórica plazoleta de “El Recreo”, al final de la calle central  Pizarro,  María Luisa Obregón, apodada “La Laredina”, condujo la resistencia disparando ella misma una ametralladora. La lucha se desarrolló calle a calle. Los soldados eran recibidos con disparos y en general con cualquier objeto contundente arrojado por los pobladores rebeldes desde los techos, entre cánticos y lemas alusivos al Apra.
Fue el profesor Alfredo Tello Salavarria quien se mantuvo al frente de las últimas trincheras, en el barrio trujillano de “Chicago”.
El 18 de julio, el jefe de operaciones, Coronel Luis Bravo, informó tener pleno control territorial, luego de cometer numerosas represalias contra la población civil en Chepén, Mansiche, Casa Grande, Ascope y Cartavio. Las tres últimas haciendas azucareras donde laboraban algunos de los revolucionarios.
Un gran número de combatientes que incluso se  rindieron fueron fusilados sin juicio. La Corte Marcial”, sin ninguna garantía e independencia, dictó pena de muerte contra muchas personas sindicadas como principales responsables del alzamiento.
Muchos de ellos se encontraban fugitivos y otros fallecieron en el enfrentamiento. La pena se aplicó a los detenidos, quienes fueron llevados a la ciudadela histórica de barro de Chan Chan, obligados a cavar sus fosas que se convirtieron en sus tumbas.
Sin excepción, ellos recibieron la descarga fatal el 27 de Julio de 1932. Según algunas fuentes, el número exacto de muertos, al terminar el conflicto, llegó a sumar más de 4 mil civiles muy vinculados al Partido Aprista, quienes fueron fusilados de forma extrajudicial.
Este número, precisamente, lo dio Haya de la Torre en su manifiesto del 12 de noviembre de 1933.
Lo cierto es que el Perú pasó por uno de sus mayores sufrimientos. No le hace bien a la patria. No le hace bien a ningún peruano. De guerras estamos cansados. Y si son civiles. Peor. Mucho peor. Nunca más.


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