domingo, 25 de agosto de 2013

DEL VIEJO MRCADO DEL PROGRESO A LA JIRAFA

Cuando en el mes de mayo de 1968  llegue a Oviedo,  lo primero que vi después de salir, de la hoy vieja estación del Alsa, con lo primero que me encontre fue con el Teatro Campoamor, que yo recordaba muy bien, porque en 1954 habíamos estado toda la familia de vacaciones en España y pasamos algunas semanas hospedados en el Hostal La Paloma cuyos propietarios eran del Concejo de Salas.
Durante esas semanas nos ocupamos de recorrer aquel Oviedo de esos años, y según recuerdo era más oscuro, por el  humo de las calefacciones de carbón durante tantos años. Me recuerdo que a mi hermano y a mí, todo nos llamaba la atención, como es el caso de este mercado que se encontraba en el mismo centro de Oviedo, y al costado del Teatro Campoamor.
Lo único que me recuerdo de aquellos años, lo que hoy es la calle Alonso Quintanilla había una especie de escaleras que se unían con la calle 19 de Julio.  
En la calle 19 de Julio, delante del Café Tropical tenían su parada los Autos Luarca (hoy Alsa). Estos viejos autobuses llegaban por aquel entonces hasta Cangas del Narcea. Con el transcurrir de los años estas se han convertido en una gran flota que van por todo Europa ¡ Quien lo iba a decir!.
Cruzando la calle Pelayo siempre nos encontramos una mole única que ocupa toda la acera. Primero fue la huerta del convento de Santa Clara, cuyos muros se derribaron en 1845, para luego dar dar cabida al Mercado del Progreso y más tarde la «Jirafa».
Es muy posible que ese mercado naciera, al lado del teatro Campoamor, en sitio equivocado, siempre demasiado céntrico para cobijar a las mujeres de pañuelo en la cabeza y goxa repleta.
El viejo convento franciscano femenino de Santa Clara acabó siendo sede de la Delegación de Hacienda, quizá por prolongar lo de las órdenes mendicantes y, tras enconada polémica que dio nacimiento a los «Clarisos», documentados defensores del patrimonio local, ese que tradicionalmente se dejó empobrecer para luego destruir, y de ello hay muchos ejemplos, es ahora edificio yeyé, «que ni ye antiguo ni ye moderno».

Durante siglos, los ovetenses hacían sus compras de alimentación en los puestos que se repartían por toda la ciudad, regulados por las ordenanzas municipales, que señalaban los espacios para cada producto. La plaza del Fontán y la de Trascorrales fueron modelos de mercados cubiertos, que se rodeaban de puestos al aire libre, las llamadas «tiendas del aire».
A mediados del siglo XIX nadie imaginaba que la ciudad iba a crecer hacia el Naranco, y cuando así fue, toda aquella zona se hizo pronto comercial por excelencia y por allí se proyectó y se hizo un mercado, en terrenos que habían sido huerta del cercano convento de Santa Clara, lo mismo que ocurrió con el teatro Campoamor, contiguo al mercado, que tomó el expresivo nombre de El Progreso, en una ciudad que, efectivamente, progresaba. El arquitecto Aguirre, que era provincial, proyectó un mercado en gran medida como el 19 de Octubre, pero teniendo en cuenta las diferencias del solar, ya que el 19 de Octubre iba adosado a la iglesia de San Isidoro, en lo que había sido su colegio, cuando era el jesuítico de San Matías, y aquél sería un edificio exento y de planta triangular. La forma del terreno, entre la calle Pelayo y el paseo de Santa Clara, se complicaba con la necesidad de respetar una instalación eléctrica que ya estaba.
La nave larga medía 66 metros y daba a la calle Pelayo, y la nave corta, que forma la T, 22. Ambas medían 14 metros de ancho. Había tres puertas, dos a cada lado de la nave larga y otra en el medio. Como el terreno, cosa muy ovetense, no era perfectamente llano, se respetó la línea del teatro Campoamor y las diferencias se salvaron con peldaños.
El hierro, procedente de la Fábrica de Mieres, fue el material fundamental, junto con el vidrio, y había un zócalo de ladrillo visto y cantería.
El mercado de El Progreso, situado en el centro del Oviedo nuevo, al lado del teatro principal, en contraposición con el viejo teatro del Fontán, cumplió una gran función social, como paseo, y vivificó todo el comercio de los alrededores, que se anunciaba como cercano a El Progreso.
El Mercado del Progreso acabó pereciendo víctima de su propio nombre. El mismo progreso urbano que lo vio nacer acabó con él, cuando, maltrecho por las heridas de guerra, fue derribado en 1950 para levantar en su solar la altaricona «Jirafa», imagen de un Oviedo nuevo que entendía así el progreso.

Como tantas cosas de la ciudad, sufrió mucho en la guerra y ya no volvió a ejercer como mercado, y durante un tiempo dedicó su espacio, lo mismo que el de Santa Clara, a cancha de bolos, en una ciudad muy aficionada a ellos. El Progreso, como bolera, y en Santa Clara, para baloncesto. Entre 1950 y 1953 se derribó para hacer en su lugar el edificio que pronto el ingenio local bautizó como «La Jirafa».
En el nuevo edificio, la «Jirafa», se establecieron, comercios que llegaron hasta la última reforma, en la que el hotel La Jirafa y la sede central de Correos desaparecieron.



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