viernes, 22 de mayo de 2015

EL GREMIO DE LOS AGUADORES EN LA ANTIGUA LIMA

Cuando Francisco Pizarro fundo la ciudad de Lima, los vecinos tenían que ocupar uno de sus criados,  para que “en grandes cantaros de barro” trajese del río al hogar el refrigerante e imprescindible líquido.
Algunas familias acomodadas  quisieron consumir mejor agua que la del cauce del río, y mandaban a un esclavo negro en un asno, que sustentaba un par de pipas a proveerse de agua clarísima de Piedra Lisa y de otras vertientes vecinas a la ciudad.
Piedra Liza se ubica en el límite de San Juan de Lurigancho y el Rímac. Fue fundado a mediados del siglo XX. En la antigua Lima Colonial por los años de 1685, el lugar era conocido por su antiguo molino del tipo llamado de Cubo, los cuales eran comunes en la España del siglo XVI. Este molino se encontraba ubicado muy cerca al puquial y toma principal del canal que descendía de San Juan de Lurigancho, para luego ser conocido como "baños de Piedra Liza".

En el año de 1650 se constituyó, con un gasto de ochenta mil pesos, una pila monumental en la Plaza Mayor, asociándose quince o veinte negros que ya estaban en libertad, y se organizaron un gremio para proveer de agua a los vecinos. El precio con que se vendía era de medio real de plata por cada viaje. Un viaje de agua constaba de dos pipas.

Estos aguadores usaban un lenguaje soez potr la desvergüenza de su vocabulario, “Tanto que era refrán  para las buenas madres limeñas, al reprender a sus hijos diciendo “Callen niños que por las “lisuras” que dicen me parecen aguadores”.

El gremio de estos ambulantes, se anunciaba con el tintineo de una campanilla al paso del asno, y conforme al reglamento, estaban obligados a consagrar cada quince días una tarde a la matanza de perros callejeros que no ostentaban un collar, comprados por sus dueños de la autoridad de policía, previo pago de dos pesos. El seguro de vida era barato, siendo el mes de diciembre, el que estaba designado para la renovación de la argolla.

Estos negros utilizaban para matar a los pobres perros callejeros, unos gruesas trancas con punta de plomo, y en esa tarde era horrible y repugnante el espectáculo que ofrecían las calles de Lima. En el año 1856 ó 57 después de la batalla de la Palma, se sustituyó el feroz garrote por el de la carne envenenada, sistema que no admitía privilegios ni excepciones caninas. Igualdad ante la ley de muerte al perro “chusco” como al mimado “falderito”. Quien deseaba salvar a su mascota tenía que averiguar preguntando al aguador de la casa cuando era el día del “bocadillo”, a fin de mantener encerrado en la casa al ladrador. Cuando ceso de funcionar el gremio  quedaron todos los perros de Lima, “como moros  sin señor y libres de todo susto” Después de muchos años,  se estableció la perrera municipal.

La aguadores celebraban su fiesta anual el día de San Benito, patrón del gremio, y la Misa se celebraba en la Iglesia de San Francisco. Era para ellos ese día de mucho francachela.

Al incorporarse un nuevo aguador al gremio, entregaba cuatro pesos al alcalde, para fondos de la asociación al incremento de los cuales contribuía semanalmente con la cuota de un real de plata.

Estaban también obligados a  regar cada sábado la Plaza Mayor y las plazuelas de San Francisco, Santo Domingo, la Merced y San Agustín.

Al llegar la república con sus ideas de igualdad democrática, el gremio de los aguadores se convirtió en una fuerza política para los actos eleccionarios. El alcalde se transforma en un personaje  muy mimado por los caudillos. El que contaba con la ayuda del gremio tenía asegurada las elecciones tanto parroquiales de la capital. “La disciplina era  una maravilla, pues nadie osaba hacer la más ligera observación  a un mandato del alcalde”. Al integrarse en el gremio, todos los asociados prestaban juramento de obediencia.

En 1850 hubo en Lima, un caballero acaudalado, al que bautizaron con el nombre de José Francisco, quien  era un gran político, quien había calculado que si se adueñaba de los aguadores, sería siempre el consentido de palacio, lo que se llama una potencia. Nuestro hombre se convirtió en el paño de lágrimas para los del gremio, que en cualquier problema acudían a el, y con bastante frecuencia los salvaba de ir a la cárcel por cualquier problema doméstico. El era el padrino de bautizo de todos los retoños, y por supuesto, que siempre tenía un compadre alcalde. Tenía a todos los aguadores comprados y hasta les daba una “propina” para que se tomaran algo en la “pulpería” a su salud.

Cuenta Ricardo Palma en sus tradiciones que “en una ocasión vieronse varios aguadores complicados en un juicio  por pecado de hurto. Don José Francisco se puso en movimiento, y después de recia fatiga, consiguió que el juez sobreseyera en la causa, dejando a los acusados en libertad para repetir la hazaña”. El gremio en prueba de agradecimiento y en voto de unanimidad, nombro de don José Francisco “Aguador honorario”, distinción que hasta entonces nadie se había acordado.  

Se cuenta que todos los sábados se congregaban  todos los aguadores alrededor de la gran pila de la plaza Mayor. A nuestro hombre se le veía paseando delante de los arcos del Portal de Botoneros y cuando al pasar lista gritaba el alcalde: “!José Francisco, aguador honorario!” , siempre se oia la voz que contestaba “!Presente señor alcalde!” y cumplido su deber de disciplina se retiraba a su domicilio.

En la vida  política los  aguadores tenían la siguiente misión. Desde  el día anterior  a la constitución de las mesas distritales que debían recibir el sufragio de los ciudadanos, los aguadores se reunían en algún caserón viejo, dejando a los partidos políticos en libertad para la lucha. Los aguadores eran un cuerpo de expectativa o de reserva, pero ellos pasaban las horas consumiendo aguardiente y comiendo butifarras , hasta que les daban la noticia de que el partido de la oposición al Gobierno había triunfado o estaba en vías de adueñarse de alguna parroquia. En ese instante aparecía José Francisco con su revolver en la mano  y gritando “! A tomar la mesa de San Marcelo! ¡A San Marcelo muchachos! ¡Viva el gobierno!” “aquí no hay más Dios que Mahoma y don José Francisco, , que es su profeta”.

Con el garrote, la daga o puñal en mano, en medio de un gran griterío y corriendo por la calle los doscientos negros aguadores se lanzaban sobre los ocupantes de la plazuela, que después de una ligerísima resistencia y algunos heridos, se daban todos a la fuga “o ponían pies en polvorosa ¡Victoria por los aguadores…y por el Gobierno!.


Desde hace muchos siglos, en el campo eleccionario ya no corre sangre. Aunque se ven embrollos y trampas pacíficas en las ánforas, han reemplazado al garrote de los aguadores, que no es más que un recuerdo de una época de antaño.   

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