sábado, 16 de mayo de 2015

LAS TAPADAS LIMEÑAS EN LA LIMA DE NUESTROS ABUELOS

La tapada limeña, era la denominación que se usaba para designar a la mujer limeña, en la época del virreinato del Perú y de los primeros años de la República. Se le denominó así, debido a que dichas mujeres, tapaban sus cabezas y caras con cómodos mantones de seda que denominaban "saya y manto", dejando al descubierto tan sólo un ojo. Su uso comenzó a partir del siglo XVI (1560) y se extendió hasta bien entrado el siglo XIX (1860), es decir, su uso se extendió durante tres siglos o trescientos años y no sólo se circunscribió a Los Reyes, sino también a otras ciudades importantes de la región. En Lima, la costumbre permaneció hasta bien entrada la República, cuando fue relegada por las modas francesas en boga.
Se piensa que el uso de la saya y el manto par de prendas distintivas de la tapada limeña aparecieron en la ciudad de Lima hacia 1560. Sobre su origen se ha dicho que es moro, por las innegables semejanzas que guardan con los trajes que cubren el cuerpo de las musulmanas, aunque sobre esto no hay pruebas concluyentes. Los primeros testimonios oficiales que tratan sobre la vestimenta fueron poco piadosos con sus usuarias: "Ha venido a tal extremo el uso de andar tapadas a las mujeres, que de ello han resultado grandes ofensas a Dios i notable daño a la república, a causa de que aquella forma no reconoce el padre a la hija, ni el marido a la mujer, ni el hermano a la hermana..."
Muchas fueron las ordenanzas posteriores a esta acta de las Cortes de 1586, pero ninguna pudo disuadir a las limeñas.
Es atuendo característico de la tapada connotaba insinuación, coquetería, prohibición y juego de seducción. Con todo, no dejaba de ser un vestido: la saya contorneaba las caderas y el manto cubría la cabeza y el rostro, excepto, por supuesto, un único ojo. Tras el manto podía habitar una abuela desdentada así como una mujer tuerta picada por la viruela.  Las posibilidades eran muchas como muchos debieron ser las ocasiones en que muchachos galantes o "viejos verdes" derrocharon piropos antes esposas, cuñadas, suegras, madres o hijas que podían ocultar su verdadera identidad tras los mantos.
La saya era una falda de seda grande y larga, de colores, azul, castaño, verde o negro. Para asegurarla se usaba un cinturón que la ceñía al talle de la mujer. No era extraño que algunas menos agraciadas usaran caderas postizas que exageraban sus dotes naturales. Por debajo de esta falda se podía ver el pequeño pie (calzado con un zapato de raso bordado) que también hizo famosas a las antiguas limeñas. El manto también era de seda, se ataba a la cintura y subía por la espalda hasta cubrir la cabeza y el rostro, dejando al descubierto tan sólo un ojo y acaso los brazos.
La tapada limeña no fue una moda pues la resistencia al cambio y el apego a la tradición denotan una estabilidad una comodidad que permitió el chismorreo, las intrigas y otras costumbres limeñas. Sin embargo, tras trescientos años de vigencia, la tapada fue desapareciendo y hacia 1860, la moda afrancesada había desplazado a la saya y el manto, destinándolas al baúl de los recuerdos.
Las tapadas limeñas fueron un ícono en la Lima antigua, una presencia original que no existió en ninguna otra ciudad de América. El juego de insinuación, el símbolo de clandestinidad, acaso de una incipiente libertad femenina, llamaron la atención de los visitantes que pasaron por la ciudad capital durante los trescientos años en que se usó el traje. En el siglo XIX fueron pintadas por el francés Leonce Angrandy y el limeño Pancho Fierro, así como llevadas a escena por Manuel Ascensio Segura en su obra satírica "La saya y el manto".
Las limeñas de aquellas épocas,  salían casi siempre solas y cualquier paseante podía  dirigirles la palabra: lo peor que puede pasarle es caer en el vacío, o soportar un epígrafe. Pero las tapadas eran la que generalmente toman la iniciativa, sobre todo si un extranjero ha inflamado por cualquier motivo su curiosidad, averiguan todo lo que les concierne, por pocas confidencias indiscretas que haya tenido, no dejara de sorprenderse al oir una voz desconocida, revelarle intimas particularidades de su vida, aunque a menudo colocadas en la antípoda del lugar en      que sucedieron. El traje de saya y manto, que en su origen estuvo destinado a servir ideas de castidad y de celos,  llegando por una de esas curiosas contradicciones a proteger costumbres diametralmente  opuestas; su uniformidad hace de la ciudad un vasto salón de intrigas o de ingeniosas maniobras que burlan la vigilancia  de los más fieros Otelos.
 Los escándalos, las aventuras regocijadas, los equívocos burlescos no pueden faltar con tales elementos. Algunas veces un interés misterioso exige el incognito absoluto a una dama de alto rango: entonces se reviste de una saya andrajosa, transforma por diferentes artificios su figura  y con la ayuda de este disfraz engaña también aún la mirada ejercitada  de su marido,  hasta el punto de que se ha visto a uno de éstos, olvidando  la rigidez de principios pregonados bajo  el techo conyugal, perseguir con declaraciones ardientes  y avances temerarios a una tapada que lo fulminaba descubriendo un rostro de esposa irritada ante la oferta de un incienso ilegitimo.  En las circunstancias ordinarias, la manta no parece inflexiblemente  cerrada.
Una limeña bonita encuentra en su camino mil pretextos para descubrirse, al fin de recoger al paso una mirada de admiración o una alabanza entusiasta. Nunca debe desconfiarse bastante del exceso de severidad en el recogimiento del manto, sobre todo si, en contraposición a la costumbre de las limeñas de llevar los brazos desnudos, una manga larga  viene a ajustarse sobre el guante, de modo que  no se pueda ver por parte alguna el color de la piel: la manta traidora esconde a veces a una africana, negra como la noche, achatada como la muerte, ante la cual sería por lo menos superfluo derrochar las perlas de la galantería. Como podemos apreciar, la saya y el manto  ha consagrado en Lima la libertad de las mujeres; no tiene para ellas sino ventajas, y para los hombres, degradados. Todo concurre en la ciudad a justificar el dicho peruano: “Lima, paraíso de mujeres, purgatorio de hombres, infierno de borricos”.
En la limeña hay, a la vez, de la avispa y el colibrí. Tiene como la primera, un fino corpiño, y un dardo que es el epigrama, y el segundo, el color brillante, el vuelo caprichoso y desigual, y de ambos, un amor inmoderado del perfume y de las flores. Se la ve bajo los portales revolotear codiciosamente de un cesto a otro de las mistureras, y a veces se le ocurre acosar a un transeúnte de cierta calidad con toda clase de zalamerías y gentilezas para obtener de su generosidad algún ramillete ansiado. En la época en que la maniobra de          que hablamos florecía con un brillo que se va extinguiendo cada día, se llamaba calle del Peligro, al sitio ocupado por las ramilleteras. Las sirenas  ejercían seducciones tan irresistibles, que los cicateros, para evitar este pasaje peligroso, daban vueltas inmensas, o si por aventura  se aventuraban, no era sino después de haberse tapado prudentemente las orejas, como los marineros de Ulises en el Mar Tirreno.
Aunque la mayoría de las limeñas, hayan adoptado la saya de esa época, que se llamaba desplegada, se ve todavía pasar bajo los portales, mujeres fieles a la saya angosta, la única que estaba en uso por aquel tiempo. Este vestido curioso desciende sobre la cadera hasta el tobillo, dibujando las formas y las líneas con una conciencia de las menos castas; la abertura inferior es tan estrecha, que la mujer puede apenas llevar un pie delante del otro  al caminar. Subir el día domingo, a la hora de misa, a las gradas de la Catedral construida para las mujeres así  vestidas un verdadero ejercicio de destreza, en el que los extranjeros, sobre todo, tomaban un  vivo interés. Unas sobresalían en esta ascensión difícil que resultaba para otras una penosa labor.       

Terminó así una tradición que durante tres centurias  dio a las mujeres de Lima un atuendo distintivo que ninguna otra ciudad tuvo en Hispanoamérica. 

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