jueves, 21 de mayo de 2015

LA HACIENDA DE SAN BORJA Y EL LAVAPLATOS

Antiguamente, en la etapa del Intermedio Tardío, aproximadamente entre los años 1100 y 1450 d. C., el territorio del Distrito de San Borja formaba parte del Señorío Ichma o también llamado Ychima, unidad política que administraba la región de Lima antes de la llegada de los Incas al lugar. Según María Rostworowski de acuerdo a su investigación en los diccionarios de Diego Gonzáles de Holguín y el Fray Antonio de la Calancha que, el vocablo Ichma sirvió para designar un colorante de color rojo, el cual pudo haber sido el achiote o elcinabrio (azogue).
El Señorío de Ichma floreció en la Costa Central de Lima, abarcó los valles bajos de las cuencas del río Rímac y Lurín; la sociedad local Ichma fue gobernada desde el centro religioso de Pachakamaq.
Durante el período Inca, este señorío observó un crecimiento en la población y la producción. Durante todo ese tiempo, en ese territorio se construyeron, aproximadamente unas 17 huacas, es por esa razón que Ichma fue una cultura de gran prestigio. En la época de la conquista, los españoles destruyeron muchas de las huacas en busca de tesoros escondidos. Actualmente, solo quedan dos de todas ellas, la Huaca San Borja y el Complejo Arqueológico Limatambo.
La ciudad de Lima hizo que esas tierras se otorgaran al conquistador Antonio Cortijo, secretario de Carlos Gabriel Calderón Portugal. Posteriormente este territorio pasó a ser la propiedad de los Jesuitas hasta que ellos fueron expulsados por orden del Rey. Desde entonces, el territorio pasó por varios dueños.
La hacienda de San Borja, en los alrededores de Lima, media noventa y dos  fanegas de terreno y como dotación de agua disfrutaba de ocho riegos y medio lo que ciertamente era poquita cosa.
Los padres jesuitas propietarios del fundo, decían que San Borja apenas tenía agua para que un pato nadase con holgura; pero ellos sabían ingeniarse para contar siempre con algunos riegos más a expensas de las haciendas vecinas, con cuyos dueños mantenían  constantes pleitos.
Cuenta Ricardo Palma, que por los años de 1651, el alcalde provincial y juez de aguas, don Bartolomé de Asaña se propuso realizar una visita de inspección  a todas las haciendas del valle de Surco, para, como resultado de ella hacer una nueva distribución de los riegos. Hablo de su propósito al virrey, el  Conde de Salvatierra, y este que tenía enrumbados y por resolver  en la Real Audiencia más de veinte procesos sobre aguas, decidio acompañarlo en la inspección       para que con esa previa visita sobre el terreno fallar en conciencia las pretensiones y querellas de los agricultores.
Durante cuatro meses, y tres veces a la semana, el virrey, con el alcalde y una comitiva de ocho personas, junto con una escolta compuesta por un capitán y varios soldados. Saliendo de palacio a las seis de la mañana, con muy buena cabalgadura, emprendían camino a la hacienda. A la entrada de la misma, les esperaba el hacendado, su familia y algunos amigos, recibían al representante del monarca, después de los saludos de estilo, todos lo acompañaban a caballo a recorrer la propiedad, El dueño del fundo daba laas explicaciones precisas sobre las acequias, tomas y demás puntos hidráulicos.
Después de recorrer la hacienda durante varias horas , todos regresaban a la casa-hacienda “haciéndose le la boca agua lo opíparo del almuerzo con que se refocilarían tan empingorotados visitadores”.
El dueño de casa ofrecía un buen almuerzo, de lo mejor, y más sabroso que era para “tirar la casa por la ventana”, remojado con deliciosos vinos.
La vajilla era de una plata, centrada, pero al virrey le chocaba que solo a él le cambiaran los platos y los cubiertos, y no se hiciera la misma atención con los demás comensales.
Al levantarse de la mesa, el virrey no pudo dejar de manifestar “su extrañeza por la grosería y desaseo ”, en gente como los jesuitas gozaba reputación de culta y limpia.
“Harto nos duele, señor excelentísimo, la falta involuntaria en que hemos incurrido, y crea vuecencia que sólo una absoluta imposibilidad nos ha impedido cambiar plato y cuchara para cada servicio”.
El virrey pregunto cuál era la imposibilidad.
El administrador le contesto, que tenían tan poca agua que no les alcanzaba ni para lavar los platos.
El conde de Salvatierra, se sonrio y se dijo para sí: “estos benditos varones no tienen puntada sin nudo y cuando dan el ala es para mejor comerse la pechuga”.
Inmediatamente, por si le ocurría volver a la hacienda en compañía de su sequito, y tuvieran que almorzar en platos sucios; el virrey le ordeno al juez de aguas, que asignase un riego más para esta hacienda para el servicio de la cocina.
Hasta ahora por la cocina de San Borja, pasa una acequia abundante de agua, bautizada desde ese entonces   con el nombre de “Lavaplatos”.



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