martes, 12 de mayo de 2015

REPERCUSIÓN DEL COMBATE DEL DOS DE MAYO (SEGUNDA PARTE)

Las noticias del combate llegaron pocos días después a los países aliados con Perú, donde fue celebrado con distintos actos. En Chile, el resultado se conoció el 10 de mayo,, suscitando gran júbilo popular. Los repiques de campanas, banquetes y misas abundaron, el 12 fue embanderada la capital chilena y tuvo lugar un tedeum en la catedral con asistencia del presidente José Joaquín Pérez y sus ministros y siendo el invitado principal el plenipotenciario peruano Felipe Pardo y Aliaga; en octubre del mismo año el embajador chileno en Lima, Marcial Martínez, confirió al general Mariano Ignacio Prado el rango de general de división del ejército chileno. También hubo manifestaciones oficiales y populares en La Paz (Bolivia). El gobierno de este país, presidido por Mariano Melgarejo,  declaró el 17 de mayo fiesta nacional y acuñó una medalla con la inscripción: «A los vencedores de Abtao y el Callao». En Ecuador, el gobierno de Jerónimo Carrión, dispuso celebraciones por tres días consecutivos y la Sociedad Republicana organizó un desfile con los pabellones de las cuatro naciones aliadas por las principales calles de Quito.
A principios de junio, comenzaron a llegar las noticias a España, donde fueron celebradas con grandes festejos: orquestas, espectáculos pirotécnicos y obras de teatro, cuyos beneficios fueron a parar a las viudas y huérfanos de los muertos en combate. Por Real Decreto de 10 de junio, Méndez Núñez recibió el cargo de Jefe de Escuadra y por Reales Decretos de 20 de junio, todos los oficiales que comandaron un buque de la Escuadra del Pacífico fueron ascendidos y todos los hombres que estuvieron embarcados recibieron el doble de paga. Méndez Núñez también fue recompensado con la Gran Cruz de Real y Distinguida Orden de Carlos III, por Real Decreto de 26 de junio.
El 11 de junio se reunió en Valparaíso la escuadra aliada, ahora reforzada por los modernos blindados Huáscar e Independencia. El gobierno peruano pretendía continuar las hostilidades contra la escuadra española de las Filipinas, pero el temor a un ataque español desde el Atlántico y la dimisión de 35 oficiales peruanos tras el nombramiento de un marino extranjero, el comodoro John Tucker, como Jefe de la Escuadra, frustraron el proyecto. Los temores a un posible ataque no estaban infundados pues las fragatas BlancaResoluciónVilla de Madrid y Almansa continuaban en aguas sudamericanas (atracadas en Río de Janeiro y Montevideo) y, al poco tiempo se les unieron las también fragatas de hélice Concepción y Navas de Tolosa. Mientras, cerca de Madeira, la fragata española Gerona capturaba a la corbeta chilena Tornado el 22 de agosto de 1866.
El 28 de junio de 1866, Gabriel García Tassara, embajador español en Washington, comunicó al secretario de estado William H. Seward las nuevas instrucciones que su gobierno, presidido por Leopoldo O’Donnell, pretendía enviar al almirante Méndez Núñez, entre las que figuraba la reocupación de las islas Chincha, pero aclarando que España no tenía pretensión alguna sobre los territorios de las repúblicas sudamericanas ni deseos de intervención en sus respectivos gobiernos y que solo buscaba resarcirse mediante la venta del guano peruano de los gastos ocasionados durante la guerra y que no habían podido ser cubiertos por el rechazo al tratado Vivanco-Pareja. Seward hizo saber a Tassara que los Estados Unidos protestarían ante todo intervencionismo europeo en América y que si a pesar de su protesta éste se realizaba no podrían mantener su neutralidad. El general Hovew, ministro plenipotenciario de Estados Unidos en Lima, comunicó al ministro Toribio Pacheco que la contestación del secretario de estado al enviado español constituía una exposición explícita de la doctrina Monroe.
"Así concluyó uno de los combates más interesantes de la historia, y sus consecuencias se sentirán en el mundo entero. La agresión europea ha sido rechazada y el republicanismo americano vindicado por la boca de los cañones."
En el Perú la contienda tuvo serias consecuencias económicas. Los gastos para la compra de armamento y barcos de guerra fueron muy elevados, lo que, unido a la ocupación de las islas Chincha (productoras de guano, la principal fuente de ingresos del país), llevaron a la solicitud por parte del gobierno de diversos préstamos. Esta situación se alargó en el tiempo, ya que la deuda en 1872 era diez veces mayor que en 1868. Además, tras la guerra, Chile inició un rearme que llevó al país a ostentar una superioridad militar que demostró en la contienda que le enfrentó con sus antiguos aliados entre 1879 y 1884. Así, por ejemplo, en 1868 España y Chile (que técnicamente seguían en guerra) firmaron un acuerdo por el que ambos países sacaron buques de los astilleros ingleses, donde se encontraban bloqueados por el gobierno inglés. Perú se opuso a este convenio e intentó impedir la salida de los barcos, pues entendía que violaba la todavía vigente alianza con Chile.
En España la crisis económica que azotaba Europa se dejó sentir con fuerza. Esto, unido a la pérdida de las cosechas de 1866 tras unas graves inundaciones, provocó una grave crisis política. La reina Isabel II ya no confiaba en O'Donnell, y la sublevación del cuartel de San Gil sirvió de excusa para obligarle a presentar la dimisión. Así, el  10 de julio de 1866. Ramón María Narváez fue nombrado nuevo Presidente del Consejo de Ministros. O'Donnell, principal impulsor de las expediciones al exterior, era apartado definitivamente del poder. Poco después, el nuevo ministro de Marina anunció ante las Cortes que la expedición en el Pacífico había terminado.
El 20 de julio de 1866  las flotas de Austria e Italia se enfrentaron en Lissa. Antes del combate, el almirante austriaco Wilhelm von Tegetthoff arengó a sus tripulaciones al grito de «¡Imitemos a los españoles en El Callao!»
El 13 de octubre las fragatas NumanciaBerenguela y Vencedora y los transportes Marqués de la Victoria y Uncle Sam, arribaron a Manila (Filipinas), donde su llegada se celebró con diferentes actos públicos de regocijo. Posteriormente continuarían el viaje de regreso a España bordeando África hasta Cádiz. La Numancia, entonces, además de ser el primer blindado que cruzó un océano (el Atlántico, para ir a encontrarse con la Escuadra), se convirtió en el primero que dio la vuelta al mundo.
Para apreciar los resultados del combate del dos de mayo , es necesario estudiar  detenidamente  sus aspectos militar, político, diplomático y moral.
En el aspecto militar, alegaron los peruanos, con razón que sus cañones no cesaron de disparar hasta el último instante; que la suspensión del fuego partió de la escuadra, antes de que terminara el día; que ella emprendio la retirada, habiendo quedado imposibilitada para un nuevo ataque; y que si lo hubiera intentado, habría encontrado nuevamente porfiada resistencia. El objeto del combate esta revelado en la famosa “Orden de la Escuadra”, redactada por el mayor General, capitán de navío Miguel Lobo: “En el bombardeo de la población no se cesará sino después de ser indudable  que la importancia del fuego es tal que la dejará  “reducidas a cenizas”. Este propósito no fue logrado.
Desde el punto de vista político y diplomático, es cierto también  que, con la retirada de la escuadra, la guerra terminó: que España no recibió las satisfacciones que había demandado; que ni el tratado Vivanco Pareja ni otro análogo fueron reconocidos por el Perú; que el gobierno de la Dictadura rompió toda relación con el diplomático español Albístur, cuyo viaje a España el 22 de diciembre de 1865 no provocó ninguna demanda de satisdaciones, como en el caso de Salazar y Mazarredo; y que los países europeos, en general, moderaron  después del 2 de mayo su actitud en las reclamaciones que les tocó presentar al Perú.
Desde el punto de vista moral, resulta evidente que ante el combate se produjo una unanimidad sin precedentes en el fervor público peruano, y que su  belicosidad no se enervó después, sino al contrario, arreció y se preparó para una nueva lucha. En vez de hacer sufrir humillaciones o castigos. Méndez Núñez, logró, sin saberlo, robustecer el espiritú nacional  antes del 2 de mayo de 1866 es el día cumbre de la historia republicana del Perú y más de una jornada militar, es una jornada cívica.
Allí  actuó con eficacia decisiva una fuerza , en la que es preciso confiar, durante los momentos culminantes de un país: la opinión pública. Si ha sido olvidada  o desdeñada, poco habrá   de esperar de ella en dichos momentos culminantes. Pero en esta época  había sido trabajada con profética visión  desde 1861, para la defensa contra la agresión extranjera.
Ella se alzó altiva frente a la ocupación de las islas de Chincha; ella impuso el repudio del tratado y la guerra; ella alentó el fuego de las baterías del Callao. Lección elocuente para los escépticos, los cínicos, los carentes de fe en su propio país.
Dentro de la política interna peruana, la victoria del 2 de mayo tuvo importantes  consecuencias. El sacrificio de Gálvez  privó a los liberales de su jefe indiscutible. Uno de los más caracterizados liberales de aquella hora, Fernando Casós, en su novela “Los hombres de bien”, abandona todo intento de ficción o de farsa, cuando relata que ellos, representados por Gálvez, habían ido con repugnancia intima a integrar el gabinete de la dictadura, al lado de Pardo, el financista aristocrático, de Pacheco , el jurista de ideas conservadoras, antiguo defensor  periodístico de Echenique y secretario  de Vivanco en la revolución ultramontana de 1865, de Quimper, liberal rosáceo, y de Tejada, moderado  brumoso. La necesidad de la defensa nacional  les había llevado a este frente único; pero enseguida pensaban, lanzar la candidatura de Gálvez y dar la gran batalla tantas veces soñada, por la transformación del país.
Lejos de ponerse en seguridad, bien ajeno a la frase  irrisoria de que “los generales mueren en la cama”, Gálvez había querido combatir como un soldado más, cara a cara al peligro. Su sacrificio  le dío ante la posteridad, precisamente la faz que a lo largo de su vida no había querido tener. Murió como el “coronel Gálvez”, como el secretario de la Guerra, él, que el 54 había renunciado ese mismo grado; él, que en la convención del 56 dijera que nunca había sido militar por no querer jamás  esclavizase a nadie. Ante las generaciones siguientes, el patriota opacó al ideólogo. Unos cuantos minutos épicos en el torreón de la Merced borraron el recuerdo de tantas sabias mañanas en las aulas de Guadalupe y de tantas agitadas tardes en la Convención Nacional. De figura modesta, el cuerpo pequeño, blanco de color, pálido el semblante, la cabeza peinada con esmero, pulcro el traje y suaves los modales, tenía la apariencia, a la vez, fría y dulce. En el fondo bullían en él, intensamente la convicción y la fe. Dice el historiador Vicuña Mackena que viajó con él  durante la campaña  revolucionaria contra Pezet, “que su patria sería salvada  más por el castigo que por la magnanimidad, más por el patíbulo  que por la ley; y en esta parte era más de la escuela de Santa Cruz  y Salaverry, que del incruento  general Castilla. Si Gálvez hubiera vivido, ¡quién sabe si alguna  vez se hubiera  dado la amplia amnistía que hoy ha otorgado sabiamente Prado! ¡Quién sabe  si Castilla hubiese muerto,  pero no del ahogo de una tos! “
La filiación de Gálvez fue de un liberal radical. Ha contado Jorge Guillermo Leguía (su biógrafo), que, recordándolo, alguien, al saber la voladura de la torre de la Merced exclamó: “¡Qué pólvora tan bien gastada!”. Pero en el cadáver  del maestro de Guadalupe y del tribuno de la Convención Nacional del 56, debajo de su uniforme de coronel improvisado, se encontró un cordón franciscano.
En 1871, por mediación de los Estados Unidos, se firmó un armisticio entre las naciones beligerantes. A petición de Chile el armisticio no restablecía las relaciones comerciales entre los firmantes.
El 13 de junio de 1872  se emitió un decreto por el que se autorizaba al gobierno peruano a firmar la paz por separado con España, pero fue derogado por el Presidente Manuel Pardo y Lavalle. La alianza con Chile quedó rota con la guerra que enfrentó a este país con Perú y Bolivia. España se declaró neutral, ya que técnicamente continuaba en guerra con todos los países implicados. Sin embargo, la prensa española se manifestó abiertamente a favor del Perú y muy crítica con el comportamiento chileno y con el gobierno español, a quien echaba en cara que la imposibilidad de mediar en el conflicto era resultado de no haber firmado aún la paz. Ante esta situación, se iniciaron definitivamente las conversaciones que llevaron a la firma en París de un Tratado de paz y amistad entre España y Perú el 14 de agosto de 1879. En él se indicaba que: [...] habrá total olvido de lo pasado, y una paz sólida e inviolable entre S.M. el Rey de España y la República del Perú.
La paz con el resto de naciones beligerantes se firmó en los años siguientes. El 21 de agosto de 1879 con Bolivia, el 12 de junio de 1883 con Chile y el 28 de enero de 1885 con Ecuador.
Desde el combate, el 2 de mayo ha sido una fecha recordada en el calendario peruano, pues su nombre se impuso a una provincia, a un regimiento, a varios colegios, a un fuerte, a una plaza y a un importante hospital de la capital. La plaza del Callao, en Madrid, recibió su nombre en memoria de este hecho de armas.




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