lunes, 8 de junio de 2015

EL CALLEJÓN DEL FONDO


En la actualidad el Callejón del Fondo ya no existe: lo que hay en su lugar es un mercado de abastos que está sepultando la memoria colectiva de este lugar paradigmático de los Barrios Altos y, en homenaje al día de la canción criolla, queremos rescatar parte de su historia.En los Barrios Altos, en la antigua y colonial calle de Mercedarias (cuadra 10 del jirón Ancash), estuvo ubicado el Callejón del Fondo. Hoy casi no existen huellas arquitectónicas de la colonia, apenas quizás un viejo callejón que podría ser el de Amberes y la Iglesia y Convento de Mercedarias.
Es todo. La arquitectura colonial ha dado paso a otras construcciones con un nuevo uso: un restaurante, una dulcería, una panadería, un enorme callejón republicano, una tienda de venta de pollos, dos boticas, una peluquería y, como demostración de la modernidad, un hostal de cuatro pisos con el sugestivo nombre de "El Paraíso". Hasta mediados del siglo veinte el Callejón del Fondo fue famoso por su gente "bohemia y criollaza" como las familias Gonzáles, Mejía, Ramírez y otras que armaron jaranas de "rompe y raja".
Desde que fue construido entre 1780 y 1790, siempre se lo conoció como el Callejón del Fondo. Era de forma rectangular, una sola planta, 55 habitaciones, una pila de agua y un botadero para arrojar basura. El Convento de Mercedarias era el propietario. Por estos tiempos, el Callejón del Fondo estuvo ubicado en la ruta que unía Lima con el centro y sur del Perú mediante la Portada de Maravillas, por lo que una parte de sus primeros inquilinos tienen que haber sido pequeños comerciantes, arrieros y artesanos venidos de estos lugares; y la otra parte, conformada por negros y zambos libertos de Lima o de las haciendas, pardos, mestizos y algún criollo o español empobrecido. Una gama variada, por etnia y por oficio, vivió en el Callejón del Fondo desde el inicio de su construcción.
Con relación al perfil general de los inquilinos del Callejón del Fondo, en la primera mitad del siglo XIX, en 1829, buen número de ellos aparecen sólo con sus nombres: Teresa, Antonio, Pancha, Miguel, etcétera. Muchas mujeres, con sus sobrenombres: "negra", "blancona", "morena", "la guevera", "terranova". Algunos con sus oficios: "el colchonero", "José chacarero", y una minoría con nombres y apellidos. En 1832 los sobrenombres y oficios no existen. Los nombres permanecen, aumentando los inquilinos con nombres y apellidos. Tanto en 1829 como en 1832, sólo viven dos personas que podríamos llamar "distinguidas": el sacristán y "don" José Rubio. También hay una "cuidadora" que no paga arrendamientos. En 1854 se ha producido una renovación total de los inquilinos con relación a 1829. No hay sobrenombres ni oficios y aunque persisten los que sólo aparecen con nombre, hay apellidos en mayor número: Mispireta, Del Busto, Solórzano, Mollineros, Rodríguez, Tejeda, Herrera, Alvarado, Boquete, Flores, Miranda, Alegría, Castillo, Descalso. No vive el sacristán, a ningún inquilino se le antepone el "don" de distinción y todavía está la "cuidadora". Dos características se conservan entre 1829 y 1854: la mitad de los cuartos fueron arrendados por mujeres y el total de los inquilinos fueron del sector popular y limeño, o de provincianos en segunda generación.
El Callejón del Fondo estuvo preparado para convertirse, en las primeras décadas del siglo veinte, en uno de los lugares de los Barrios Altos donde se cultivó y defendió la música criolla contra la irrupción del tango, la ranchera, el fox trot y otros ritmos extranjerizantes. ¿Y cómo era el Callejón del Fondo? Un cultor de la música criolla y asiduo concurrente lo recuerda así: "El solar era enorme. Tenía entrada de tierra. Se dividía en dos patios. En medio de los dos patios se levantaba la Cruz de Mercedarias" (Villanueva-Donayre). Quien hizo la descripción fue Ernesto Soto, el popular y carismático "Chino Soto". Algunos años menor que Felipe Pinglo, integró el famoso trío Mercedarias con Jorge Gonzales y Samuel Joya. En los juegos de carnavales de mediados de siglo, cuando se jugaba con agua a raudales durante tres días, el Chino Soto era un espectáculo, se convirtió en el terror de robustas mulatas, zambas, negras y mestizas en la plazuela de Buenos Aires. En el día de la Canción Criolla el Chino Soto ya no está con nosotros, pero nos ha legado su hermoso vals La Abeja: "Quisiera ser como la abeja, que vuela sin que nadie la detenga / volar, volar.".



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