jueves, 18 de junio de 2015

TIRAR LA BANDA POR EL BALCÓN

Cuenta Ricardo Palma en las Tradiciones Peruanas que hubo en nuestra patria  un presidente tan  patriota  y abnegado  que arrojo  la insignia presidencial por uno de los balcones de Palacio para que la recogiera el pueblo soberano amotinado en la Plaza Mayor, y la obsequiase a quien tuviera a bien aceptarla.
Desde que en la caída  del Presidente La Mar, después de la batalla de Portete (La batalla de  Tarqui se libró el 27 de febrero  de 1829  de 1829 en el llamado Portete de Tarqui, a pocos kilómetros de Cuenca (actual Ecuador), entre tropas de la Gran Colombia, comandadas por Antonio José de Sucre y Juan José Flores, y tropas peruanas comandadas por José de La Mar). Se fundó por el general Gamarra una era de revoluciones y motines de cuartel, raro fue el año sin dos, tres o cuatro presidentes en Lima, hasta que llegó, en 1844 el general Ramón Castilla, quien echo llave y candado al manicomio suelto de los ambiciosos.
Se disputaban  la presidencia los generales Vivanco y Castilla (ambos buenos mozos y valientes). Lima acataba la autoridad  del primero en la persona de Manuel Menéndez, que no era militar, sino un acaudalado agricultor, presidente del Consejo de Estado, y como tal, llamado por la ley a ceñir la banda presidencial en los casos de ausencia o enfermedad del mandatario supremo. Un buen día Menéndez se encontraba fastidiado y cedió el poder al vicepresidente del Consejo, doctor don Justo Figuerola, quien gobernó desde el 15 de marzo de 1843 al 8 de abril (como se ve  poquísimos días), ese día llegó Vivanco.
Cuando el Supremo Director tuvo que abrir campaña contra Castilla, volvió Menéndez a ejercer en Lima la suprema autoridad y el 10 de agosto de 1844, después de una rabita palaciega encaminándose a casa de Figuerola, y venciendo la obstinada resistencia de éste, consiguió al fin que el amigo accediese a substituirlo.
El doctor Figuerola era un respetable magistrado, hombre benévolo y servicial, respetado como el primer latinista del Perú.  “Deciase de él  que sabía más latín que todos los famosos predicadores de su época, por los que las beatas, que diariamente  rezan más padrenuestros que pulgas tiene un perro en el verano, creen hacer piramidal encomio cuando dicen que su sermón estuvo empedrado en latines”.
Resumiendo el señor Figuerola, era un buen hombre, “ y ya se sabe que en política con los buenos no se va a ninguna parte”.
Figuerola vivía en la calle Plateros de San Agustín, su casa colindaba con la de la famosa dulcería de los hermanos Broggi, casa que todavía continúa perteneciendo a la nieta y bisnietas el magistrado.
Palma cuenta, que el 11 de agosto, esto es, al día siguiente dee estar actuando como gobierno, a poco más de las seis de las tarde, se presentó en la calle, una gran manifestación, amenazando con “echar abajo la puerta de la casa que un criado había atinado a cerrar con oportunidad”.
Todavía por aquellas épocas no habían desaparecido los hábitos coloniales,  se comía con toda la familia a las cuatro en punto de la tarde. El señor Figuerola, era un achacoso sesentón, se cuidaba de respirar la humedad atmosférica vespertina, y acababa de acostarse a dormir la siesta.
Su criado informo al doctor Figuerola lo que ocurría en la calle, y de la pretensión  de los bullangueros, este llamando a su hija política le dijo: “Catalina: saca la banda, que está en el primer cajón de la cómoda, abre la celosía del balcón, y dile de mi parte al pueblo soberano que ahí va la banda, para que disponga de ella a su regalado gusto. Añádeles que digo yo que me dejen tranquilo y que se vayan al mo…nton. (No fue precisamente ésta,  sino otra de acentuado criollismo la que empleo)”.          
“Y no me digan que invento, pues la escena me fue referida hara aproximadamente cuarenta años, por la señora Catalina. En poco o nada discrepaba de lo que yo había oído contar en la misma noche del barullo”.

La turba, en posesión de la banda, se retiró dando vivas al doctor Figuerola, y se echó a buscar a quien ceñírsela. “¡Y cosa rara!, esa prenda tan codiciada, y que se obtenía después de mucho derramamiento de sangre , no encontró quien quisiera engalanarse con ella. “Los notables de la ciudad impusieron entonces a Menéndez el deber patriótico de investir nuevamente la insignia  de que tres días antes se despojara, y se escribió a la vez, al general Ramón Castilla, instándolo para que apresurara su viajea la capital. El 5 de octubre , investido con el carácter  de provisorio (y no provisional , como impone la Academia que se diga y escriba), le entregó Menéndez la perseguida y tan deseada banda “.

1 comentario:

  1. Lamentable que 170 años despues algunos peruanos sigan actuando como plebeyos

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