martes, 9 de junio de 2015

“LA CULPA FUE DE MARÍA”



                  “Escondida entre montañas, esta tierra de Asturias se ofrece
                                     generosa a todos los que la han de recorrer...”




Entre Gallos y medianoche, bajo las neblinas del amanecer asturiano, como todos los años – y siguiendo la tradición-  el primer sábado de mes de noviembre, salimos muy temprano en nuestro “día de asueto”, -después de las jornadas de tanto y agitado trabajo-  en que ni el jefe sabe que nos hemos ido a descubrir la Asturias perdida sin rumbo fijo, por esas carreteras de tercer orden, que no sabemos donde nos llevan y que llegaremos a descubrir. Decía Ortega que el asturiano va derecho a las cosas. El que nace y mora en esta región neblinosa y norteña acaba sabiendo más tarde o temprano, que la cosa o una de las cosas  que le atañen de modo irrenunciable es la propia Asturias. Y llega entonces el momento de irse derecho a ella, de penetrarla, entenderla, conocerla y poseerla.
 
Amanece entre nubes tormentosas que presagian un día pasado por agua. Las nubes distantes, más allá de las cimas redondeadas de las pequeñas sierras despobladas de arbolado, comienzan a encenderse mientras clarea. Parece abrirse hacia Levante una llaga sangrante en el cielo desde la que se propagan con lentitud gamas de colores, del amarillo al rojo vivo, por las alargadas nubecillas que se estiran en aquel lejano resquicio del horizonte. Se sonrojan entre tanto los abultados vientres de esas otras preñadas de agua como gigantescas masas oscuras que se extienden por el resto de este cielo de las tierras del occidente asturiano. La luz caprichosa, lúgubre, tenaz, abundante, tentadora, impasible...  Aunque muestran su cara torva, parecen ceder poco a poco ante la presencia del astro Rey recién despertado y dispuesto a asomar su rubia cabellera y a cegarnos.
En nuestro camino hacia Tineo, los duendes del bosque nos invaden, escondidos para miradas profanas, su supervivencia encierra las claves ocultas del equilibrio de sus territorios..., vemos grandes arbustos, como robles, castaños, olmos, fresnos, arces, avellanos, hayas, abedules,  tojos, muchos brezos, con sus múltiples hojas, prevista de cilios y las inflorescencias de color rosado en la terminación de sus tallos. Estos arbustos hacen que el campesino de esas zonas tenga muchos “truebanos” preñados de miel. La sabia de los viejos troncos tan dulce como un suspiro que encandilan a una corte de osos. A salvo, dentro de las toscas y petreas paredes del cortín, las doncellas trabajan laboriosamente a la espera de su señor.
Desde el carro, de pronto divisamos unos arbustos con unas bayas de color rojo, mis amigos enseguida lo conocen y me dicen que en Asturias se les llama borrachinos.
Su hábitat, son los bosques de encinas y montañas bajas de la Europa mediterránea y también se le encuentra en algunas regiones de Centro y Sudamérica. Es un arbusto de hoja perenne de 2-3 metros de altura. Sus flores, blancas o verdes, con forma de cascabel, se presentan en racimos. El fruto es una baya de color rojo cuando ha madurado. Los frutos del borrachín o  madroño contienen azúcares, ácidos orgánicos, pectina y tanino. Son astringentes, y no conviene abusar de ellos. Las hojas y la corteza del árbol poseen hasta un 36% de tanino, que las hace muy astringentes, y arbutina, un glucósido que tiene acción antiséptica y anti inflamatoria sobre el aparato urinario.
Antiguamente se fermentaban para fabricar bebidas alcohólicas, en el Algarbe es típico el licor del madroño.

Su madera proporciona un buen combustible, muy apreciado en las herrerías; los grandes ceporros o cepas que forman  su sistema radical son casi tan apreciados como la leña de la encina. Su madera se usa para objetos tallados.
Hay días en que uno descubre sin querer nombres especialmente literarios. Es el caso del Carbayón de Valentín. Presenciamos este alborear magnífico con la amigable compañía de un tinetense de Valentín, un carbayo tal vez milenario, de inmenso corpachón, alma vegetal del más preciado de nuestros árboles, maestro de cuantos viven hoy en esta tierra por su longevidad y pareja experiencia. Si nos maravilla esta rutinaria puesta en escena confabulada entre nuestro planeta y el sol de un día de comienzos del siglo XXI, no podemos menos que preguntarnos, mientras contemplamos la ajada corteza del inmenso tronco de este carbayo iluminada con rayos dorados, por la incontable sucesión de amaneceres que presenció desde su serena quietud, desde aquí, desde esta ladera orientada al mediodía en medio de prados de escasa pendiente, cerca del pueblo de Valentín, entre Gera y Sobrado, a pocos kilómetros de la villa asturiana de Tineo.
Solitaria fue la vida de este paradigmático roble, un genuino 'Quercus' 'robur' de la más pura casta, crecido en soledad, sin otros de su especie ni de ninguna otra que le hicieran sombra y le obligaran a luchar por su espacio elevándose metros y metros. Así se quedó pequeño de tronco, aunque sus ramas crecieron con vigor. Justo lo contrario ocurrió a los jóvenes robles que lo acompañan en su madurez, seguramente hijos suyos y como bien nacidos cediendo a su progenitor el lugar preeminente ante la imprescindible insolación, por lo que crecen tras él ganando altura en busca de la luz precisa para su propia vida. Pero nuestro gran carbayo es de generación antigua y, por tanto, de planta contenida, bajo y masivo en su corpulencia, adiposidad de madera diríase, como pedestal grandioso de un manojo de carbayos. Resultan éstas más gruesas que los propios troncos de sus acólitos.
Nació tal vez este carbayón de mano del hombre en muy lejana fecha. Nos parece casi imposible imaginarlo un día siendo apenas más que una ramita con dos hojillas trémulas en medio de un paisaje seguramente bien distinto. Con el paso de los siglos se hizo espectacular, respetado inexplicablemente por el hacha que con tanta aplicación y entrega hizo desaparecer a tantos otros de su envergadura, y aún mayores, entrando en la Historia como sujeto de algún acontecimiento que lo hizo merecedor de ser registrada por escrito su presencia en el mundo de los vivos cuando aún no se había descubierto siquiera el Nuevo Mundo.
Y sigue entre nosotros con la fuerza y el vigor de quien está dispuesto a prolongar su existencia más allá de muchas de nuestras generaciones, aferrado como está al suelo con todo ese entramado inmenso de raíces que hay quien dice puede ser de dimensiones similares a las de su copa; y así ha de ser si reparamos en la envergadura de las ramificaciones que desde su tronco se abren antes de penetrar en el suelo.
Pero este carbayo no vivió siempre en soledad, si consideramos como compañía para un árbol la presencia del hombre, pues tuvo a sus pies durante algunos cientos de años a los Rodríguez Valentín, una familia con su vivienda blasonada, establos y panera, y una hermosa capilla a la advocación de San Pedro construida a unos pocos metros del gran carbayo. Entre ambos, entre la ermita y el carbayo, muestran uno de esos conjuntos donde se dan la mano felizmente el elemento natural con la obra del hombre. La construcción sacra es de estilo románico popular. La espadaña, de un vano, está dispuesta de forma que queda orientada al norte, directamente hacia el carbayo.
Desde la misma entrada de la ermita, el carbayo se muestra majestuoso, áureo en la parte del tronco que baña la luz del amanecer, con sus hojas de bordes profundamente lobulados marcadas por el verdor oscuro del verano o tocadas por el mágico pincel del otoño que las transforma en delicados colores anaranjados y dorados.
El perímetro de tronco medido a una altura de un metro sobre el suelo llega a los 10,5 metros de diámetro. La altura no se corresponde con el grosor del fuste y es de unos 16 metros. El diámetro de la copa es de 22 metros. Se estima que la edad del viejo roble es de unos 800 años. Hay citas escritas sobre él anteriores al descubrimiento de América en 1492.
El carbayón de Valentín fue declarado Monumento Natural por el Gobierno del Principado de Asturias en 1995. Para todos estos pueblos, el Carballo siempre ha sido “sagrado”.
Después de estar largo rato contemplando a Valentín, proseguimos viaje a Pola de Allande, (La Puela), pasamos por varios pueblos bonitos, y los perros salen a saludarnos cordialmente como si ya fuéramos viejos amigos. El silencio que rompen los gaznidos de los cuervos,  y los esquilones de las vacas que respiran aire puro y una tranquilidad absoluta. Pasamos por el pueblo de Fontalba, allí paramos unos segundos para visitar su parroquia de Santo Tomás, restaurada en los años 50. Unos pocos kilómetros más allá encontramos al pueblo de la Corcolina, con casonas de gran porte. Dejamos atrás hermosos pueblos, que salvo excepciones, están en completo abandono. Llegamos al alto de Lavadoira (815 m.) donde contemplamos un paisaje impresionante. Desde lo alto, abajo vemos Pola de Allande,  villa y parroquia del concejo de Allande. La más antigua presencia humana en tierras Allandesas data del neolítico, tiempos de los que son testigos la arquitectura megalítica presente en el concejo, donde destaca el Dólmen de la Filadoira.

Durante el reinado de Fernando VI el concejo de Allande fue moneda de cambio que utilizaba la corona para pagar sus servicios a los leales, particularmente a la familia Quiñones. Contra estas concesiones protestaron los vecinos y en 1378 un representante de Allande estuvo presente en la Junta General reunida en Oviedo para rechazar estas prerrogativas impuestas.
El periodo arcaico más bien representado es el debido a la cultura castrense, muy extendida por todo el concejo, de la que dan fe castros como el de San Lluis, datado en la época romana. Asimismo goza también de gran relevancia la presencia romana, de gran manera visible en las explotaciones auríferas de la zona, siendo las más destacadas aquellas conocidas como: "La Fana la Freita", "La Cárcava" y "A Cova de Xan Rata" (siendo esta última de las pocas explotaciones horizontales en todo el norte de España). Casi al llegar a las puertas de la ciudad Allandesa,  surge espectacular sobre una colina próxima El palacio de Cienfuegos de Peñalba. Se trata de un edificio con origen en el Siglo XV, pero tan sólo se conserva de época gótica la parte baja por haber estado sometido a diversas remodelaciones.
El Palacio tiene planta en forma de L sobre el que resaltan tres sólidas torres no almenadas que imprimen una fuerte monumentalidad al edificio. De las tres torres las dos más antiguas son de planta cuadrada, siendo la más moderna de planta rectangular. A esta última torre por ser la más adecuada a vivienda se le añadió una galería en el S. XIX. El alzado exterior ofrece una fuerte austeridad decorativa, mientras que en el patio posterior se conservan diversos elementos decorativos de carácter renacentista.
Después de descansar un rato y tomar un pequeño aperitivo en la Allandesa, donde el olor del pote de berzas, nos abre el apetito y nos invita a comer, pero debemos seguir nuestro viaje hacia Berducedo, para ello salimos en dirección al Puerto del Palo, pero un poco más allá de La Reigada giramos a la derecha camino de  L’ Altu la Marta (1.120 m) continuando la ruta llegamos a un cruce, justo sobre braña Campel, entre pinos, abedules y algun “cortin” tomamos a la izquierda, directos a Santa Coloma, pasando por el Tesu de dicha localidad.
Descendemos al estrecho valle, pasando por los núcleos de Meres, El Sellón, Arbiales, al profundo Pontenovo, de aquí ascendemos  de nuevo hasta El Couso, enlazando con la carretera AS-14 (Pola de Allande, Grandas del Salime) y giramos a la derecha, continuando a Berducedo, lugar en que nos detenemos.
El bosque representa simbólicamente el principio femenino y materno, lugar en donde florece la vida de los vegetales. Para los druidas , el bosque era la esposa del sol. Para Jung, el bosque representa el inconsciente.
El olor del bosque depende de las especies vegetales que los forman. Cuando el bosque es de tipo mediterráneo formado por quejigos, alcornoques y encinas, tiene el olor de la jara, el romero, la salvia, el tomillo y el pino. Los bosques pirenaicos huelen a liquen de los abetos. Los bosques del Ampurdán tiene un marcado olor a setas y musgo. Los bosques cantábricos huelen a roble, musgo y humedad.
Aquí en Berducedo, donde en la antigüedad había un hospital de peregrinos, así figura en un inventario de principios del siglo XIX y estaba en el camino de Santiago que iba por Allande a Grandas y Fonsagrada.
Allí buscamos un sitio para comer, y al preguntar nos recomiendan una casa, en donde el que nos atiende hace las funciones de meitre, de cocinero y camarero. Después de esperar en la barra tomando un vino, -el vino es un compendio de olores naturales. Es una sinfonía de olor que empieza en la cepa y que llega hasta la explosión final de aromas que se desprenden en la cata- el meitre, cocinero y camarero, nos indica la mesa, y nos dice  que la carta es oral y no escrita, cosa que a todos nos sorprende, nos atiende sin descanso, con exquisita cortesía, eficacia y mucha profesionalidad, y después de tomar unos aperitivos, nos pone un delicioso entrecot de vaca asturiana y de postre una tarta de tiramisu, que hace que  nos chupemos los dedos.
Nos intriga el nombre del restaurante, le pregunto al meitre cocinero camarero, y me contesta lo siguiente: “Hace un viento terrible, no se oye nada, cuando pare el viento seguiremos la conversación”. Con intriga seguimos comiendo, y al pedir la cuenta nos dice que ya estaba pagado, más intrigados aun preguntamos por quien, pero al final no supieron o no quisieron decirnos... Son cosas que pasan cuando uno es conocido.  Es entonces cuando entendemos que “laculpafuedemaría”
Otro nombre literario y de intriga es: "El pozo de las mujeres muertas". Es un alto divisorio de Allande y Cangas de Narcea. Una arraigada leyenda da su versión inmemorial del topónimo. Los lugareños de los pueblos altos de Allande tienen su interpretación para las muyeres y para el pozu: cuenta la voz oral que unas vaqueras de Luarca habían regresado por el invierno en busca de unas mantas y otros aperos que habían olvidado en las cabañas por el otoño. Una fuerte ventisca de nieve —continúa la voz popular— sorprendió a las muyeres en los altos del Candal, por lo que se resguardaron en el pozu. Las tormentas arreciaron por muchos días, de modo que allí quedaron muertas hasta que las encontraron en primavera, envueltas en sus mantas.
Hay una imagen de la Asturias turística que apela al calificativo de paraíso natural. Sin embargo, como todos los paraísos, Asturias también tiene esos otros lugares íntimos y con cierto misterio, donde las siluetas antropomorfas de los castaños y robles lejos de parecerles amenazantes a los viajeros, les acompañan en su camino; donde el tiempo adquiere otra dimensión y se tiende; donde poder sumergirse en lo profundo de la naturaleza y del hombre.

No faltan argumentos para considerar que Cangas del Narcea -esa Asturias por descubrir-ocupe ese lugar destacado en el paraíso natural asturiano, ya que son múltiples las manifestaciones que en ese sentido aparecen en este vasto concejo: desde el mítico bosque de Muniellos, recientemente declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO, al no menos impresionante hayedo de Monasterio de Hermo, las fuentes del Narcea, - esta tierra es de agua, por ello el río que emerge de sus entrañas, vertebrador de sus pueblos y tradiciones, receptor y dador de su temperamento y condición, bautiza a toda la comarca con su nombre de sonora complexión-, el valle del río Coto, las  recónditas brañas, vestigio vivo de la cultura ganadera, la arquitectura religiosa, entre la cual destaca ostensiblemente el grandioso monasterio de San Juan Bautista de Corias, donde se sembraron los primeros viñedos que hoy existen en Cangas y hoy da su fruto con el buen vino cangués que puede competir con otros vinos del mundo, como ya lo decía en 1796, el insigne Gaspar Melchor de Jovellanos. “El vino de Cangas del Narcea es una variedad con bajo nivel de acidez frente variedades de tintos de la zona, en cuyos vinos destacan  las aromas de mora, grosella, frambuesa e incluso notas de pastelería...”

Vamos llegando a Oviedo, después de hacer un inolvidable viaje por esos paisajes paradisíacos y ocultos de esta Asturias inimaginable  y donde no contaminan ni la mirada del viajero que los descubre admirado. “La vida se derrocha, generosa, provocadora, embriagadora. Tras la escasez del invierno, la naturaleza se regocija en una espiral de abundancia de verdes bosques y prados...”






















No hay comentarios:

Publicar un comentario