domingo, 14 de junio de 2015

LAS TERTULIAS DE DOÑA EMILIA PARDO BAZÁN

Cuenta Ricardo Palma, en su tradiciones Peruanas, que doña Emilia Pardo Bazán de Quiroga, la inmortal autora de “San Francisco de Asís”, recibe a sus amistades los lunes de cinco a siete, de la noche. Dice Ricardo Palma “A poco de mi llegada a Madrid, me envió doña Emilia una tarjetitas invitándome a concurrir a su tertulia: y bien se adivina que no deje de pasar el primer lunes, sin ir a presentarla mis respetos”.
La Pardo Bazán, había nacido en La Coruña, el 16 de septiembre de 1851 – Murio en Madrid el 12 de mayo de 1921, condesa de Pardo Bazán .fue una notable aristócrata novelista, periodista, ensayista, crítica literaria, poeta, dramaturga, traductora, editora, catedrática y conferenciante española, siendo la introductora del naturalismo en España.
Emilia Pardo Bazán era hija de una familia gallega noble y muy pudiente de España: el conde pontificio de Pardo-Bazán, José María Pardo-Bazán y Mosquera,  título que Alfonso XIII le concedió a ella en 1908, y Amalia María de la Rúa-Figueroa y Somoza. Su padre le proporcionó la mejor educación posible, fomentando su amor por la literatura. Además de la residencia de la calle Tabernas, la familia poseía otras dos casas, una cerca de Sanjenjo, y la otra en las afueras de La Coruña, el Pazo de Meirás.  A la edad de nueve años ya empezaba a mostrar un gran interés por la escritura. En la biblioteca paterna encontró acceso a una gran variedad de lecturas; declaró que sus libros preferidos entonces fueron Don Quijote de la Mancha, la Biblia y La Iliada. En la casa de La Coruña leyó además La conquista de México de Antonio de Solis y las Vidas Paralelas de Plutarco. Los libros sobre la Revolución Francesa la fascinaban. Cuando la familia iba a Madrid durante los inviernos, Emilia asistía a un colegio francés protegido por la Real Casa, donde fue introducida en la obra literaria de La Fontaine y Jean Racine-—lo que le será muy útil en sus frecuentes viajes a Francia para conectar con la literatura europea y conocer y tratar a muchos autores importantes, como Víctor Hugo-. A los doce años la familia decide quedarse en La Coruña durante los inviernos y allí estudia Emilia con instructores privados. Se sale del ritual de la educación femenina al negarse a tocar el piano y a tomar clases de música. Dedica todo el tiempo posible a su verdadera pasión, la lectura.
No era un tipo de femenil hermosura, como debió serlo en su juventud la condesa de Pardo Bazán, madre de la escritora, ilustre en cuya compañía, recibe los lunes, no se le puede tampoco desdeñar abiertamente. En ella hay mucho de varonil, no solo en el talento, sino en las condiciones físicas y hasta morales de la mujer. Doña Emilia , más que una amiga, es el camarada con quien platicamos sin convencionales o estudiadas reservas.
Desde el primer momento “me trató  con la llaneza de un antiguo conocido, presentándome a sus tertulianos que eran aquella tarde la duquesa de Osuna, Blanca de los Ríos, los académicos de la Española Menéndez y Pelayo y Castro Serrano, el de la Historia Luis Vidart, el novelista griego Bikelas, Rubio y Lluch y Merlchor del Paláu, literatos catalanes, y media doctores de escritores, casi todos jóvenes y periodistas”.
En las tertulias, la acompañaban a doña Emilia, atendiendo a los invitados con refrescos y passtas, sus tres hijos: Jaime, de dieciocho años, simpático y jovial; Blanca , espiritual, de quince primaveras , de elegante presencia  y una delicada belleza; y Carmen, una niña muy traviesa, de diez años y agraciada de rostro.
La conversación siempre giraba en torno a la literatura y novedades teatrales; pero una tarde, la charla que mi llegada interrumpio por un par de minutos, era sobre política. Jaime, ahijado de bautismo de don Carlos de Borbón, abogaba por la causa de su padrino, apoyándolo dos o tres de los presentes”. Palma oía impasible los encontrados juicios, cuando doña Emilia fue carlista y hasta desempeño en Inglaterra misión en servicio de la causa, le dijo: “Usted bebe haber conocido a don Carlos, porque hace poco visitó el Perú”.
“Si señora: lo tuve de visita en la biblioteca de Lima”.
“Y qué impresión le produjo a usted? Interrogó uno de los tertulianos”.
“La de un hombre muy ilustrado y muy conocedor del mundo, que no esta lejos de transigir con muchas de las ideas modernas que la marcha progresiva de la Humanidad  ha impuesto”.
¡Ah! ¡Es de los nuestros! – exclamó uno de los amigos de Jaime.
“No tanto, caballerito. Mi credo político es el radical, y en mi condición de extranjero no lo predico sino en mi parroquia”.
 Por lo mismo exclamo Jaime, la opinión de usted es la del imparcial. “Vamos, dígame con franqueza su opinión”.
“Por lo poco que hasta ahora he conocido de España, veo que los carlistas, aunque son minoría, constituyen el único partido compacto, excepción hecha del grupo nocedalista, desautorizado ya por don Carlos”.  Ellos no discuten la jefatura  del marqués de Cerralvo, y no se permiten hacer observaciones a una consigna.
El carlismo, más que un prtido es una secta. La división en que viven conservadores y liberales, con más de un pontífice para cada comunión o partido político, me parece que es lo que vigoriza y mantiene en pie el carlismo, cuya victorias no la creo improbable si continúan anarquizándose sus adversarios . Preferible  es disponer, en un momento dado, de pocos,  sumisos a una orden, a contar  con muchos si éstos se echan  a deliberar sobre el mandato, perdiendo tiempo en discutir. En cuanto a los republicanos, unos con Pi y Margall quieren la república federal, dando la omnipotencia al municipio; otros, con Salmerón , la buscan como resultado del libre sufragio popular, unos , con Ruíz Zorrilla, aspiran a que la revolución, más o menos sangrienta , traiga la República; y otros que son los poetas, los posibilistas de Castelar, la esperan como fruto de contemporizaciones con la monarquía, creyendo que cada reforma liberal que de ella alcanzan  en un peldaño para llegar a la eminencia, la República. De esa falta de unidad, de esa anarquía en el procedimiento, ha surgido el caos. Por eso los republicanos, en España, no se entienden ni hay quien los entienda. “Son un logogrifo” de difícil descifración. He aquí  por qué, creyéndolos, como los creo, mayoría, paréceme más débiles que el carlismo, que siquiera es minoría compacta. Hay unidad en su credoy en la acción: y en esa unidad veo yo su fuerza.
Y tras largo discurrir todos sobre mis palabras, asintiendo unos y refutando otros, sucedió que, así en los lunes de doña  Emilia, como los jueves, en la tertulia  de Luis Vidart, “me llamaban el carlistón”; y Rafael de Altamira, joven de clarísimo talento y redactor principal de la “Justicia”, diario republicano, en un benévolo juicio que sobre mi persona y libros 0publicara, declaró que lamentaba el que yo fuese carlista.
“Y he aquí el cómo y el por qué yo viejo radical en mi patria, pasé en España por absolutista rancio”
Hace muchos años que doña Emilia, llego a convencerse  de que sus ideales políticos, religiosos y sociológicos no armonizaban con la causa carlista, y adjuró de ella , consagrando su talento y su pluma a las defensa de la monarquía constitucional , por mucho que tal cambio  de bandera parezca contradictorio en quien escribiera un día estos conceptos: “Las mujeres somos, en política, bastante consecuentes: nada ganaríamos con ser volubles ¿Qué estimulo nos había de empujar a la deserción?. No nos es dado aspirar a más puestos oficiales que al de estanqueras o al de reinas; y para mi, ya se deja entender que ni tanto acá ni tanto allá”.
Realmente, doña Emilia, en el carlismo, era una planta  exótica, como lo sería mañana en el campo de los republicanos. Para carlista le faltan fanatismo religioso y amor al pasado con todos sus errores y ñoñerías; y para republicana le falta la fe de la creencia en el dogma democrático.  
Ha esa tertulia de los lunes, también asistía Blanca de los Ríos de Lampérez, quien se encontraba en plena luna de miel, pues hacía pocos meses se había casado, con un joven ingeniero. Blanca tenía el aspecto de una chiquilla y había que mimarla, Era pequeña, delgada, agraciada, sin ser tipo de belleza, exenta de gazmoñerías, espiritual y con una voz muy dulce, “al hablar con ella se olvida uno de la literatura para atender solo a la mujer”. Blanca de Ríos ha escrito prosa muy delicada y versos preciosos, entre los que su libro “Romancero de Alfonso Onceno”, fue muy reconocido y elogiado por la Academia Española. Es una escritora que se conserva hija de Eva, y esto hace que un cuarto de hora  de conversación  con ella sea verdaderamente delicioso.
Sigue contando Ricardo Palma: Pedí una tarde a doña Emilia órdenes para el Escorial, el famoso gigante de piedra que hizo construir  el sombrío descendiente de Carlos V , y mi buena amiga tuvo la amabilidad de darme una tarjeta  para el padre Blanco García, tarjeta en que con lápiz escribió breves líneas de recomendación”.   
El agustino Blanco García, es autor de dos interesantes volúmenes sobre la historia de la literatura  castellana, obra que, en la prensa madrileña, motivaba por esos días alguna controversia.
El padre Blanco García  está en plena juventud, y su fisonomía revela a un hombre muy estudioso. Es alto, delgado y de animadísimos ojos. A juzgarlo por su facilidad de palabra y su correcto de su dicción, debe de ser un notable orador sagrado. Aunque tiene una catedra en el colegio del Escorial, no hay en él la gravedad dogmatizadora  del catedrático vanidoso. “No sé por qué se me ha clavado entre ceja y ceja que el padre Blanco García, en lo moral y en lo físico, tiene mucho de parecido  con otro agustino ilustre, con Fray Luis de León”.
Ricardo Palma prosigue contando que fue una larga visita que le hizop en el monasterio, en el que pudo observar y apreciar el talento e ilustración del padre Blanco García, en el trayecto del Escorial a Madrid, “pues fuimos compañeros de viaje”, el padre ya había leído casi todo lo publicado en literatura e historia , y había leído sobre muchos autores americanos. El agustino  le confeso que tenía el propósito de escribir un libro juzgando a los literatos de la América latina, “libro qué el estimaba como complementario de su obra sobre la literatura castellana”.    

La señora Pardo Bazán  ha sido muy juzgada por plumas eminentes, tiene un indiscutible talento, o por echarla de novedoso, dijera que no está su mérito a la altura de su famas, con lo que conquistaría reputación de malévolo y envidioso “Lejos de eso, mi convicción sincera es que doña Emilia  constituye una de las más altas glorias  literarias de España y de nuestro siglo, y que esa gloria  sería  tanto mayor  cuanto menores fueran  las aspiraciones varoniles de la escritora. ¿A qué pretender que en homenaje a ella, a su ilustración, a su inteligencia, que nadie ha osado negar, rompa la Academia Española con seculares tradiciones, abriéndola de par en par sus puertas? ¿La Academia aumentaría, por ser tal, en un quilate la bien conquistada reputación de la literatura?. “Conservase mi amiga doña Emilia siempre mujer, y no renuncie a las prerrogativas  de su sexo, que la severidad autoritarias del académico cuadra mal en boca que habla de trajes y modistas. A la madre Eva, con ser quien dicen que fue y un tanto parienta nuestra, le negaría yo asiento en la casa de la calle Valverde, e igual falta de galantería ostentara con doña Emilia”.

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