jueves, 23 de junio de 2011

DESDE LOS BAILES DEL SALON DE MIRAFLORES A LAS ROMERIAS DEL CARMEN SE SOGRANDIO

En el año de 1954 mis padres decidieron venir a Asturias a ver a la familia, a quienes no veían desde hacía muchos años. Para nuestros desplazamientos por la provincia y el resto de España, traíamos un “aiga”.  Desembarcamos en Santander y mis padres quisieron salir rápido para  llegar a Asturias y poder reencontrarse y abrazar a los seres queridos.

Aquel día  a comienzos de aquel verano, en que pasamos por Pilares, la Capital del Principado,  “que es el principio y fin  de todas las cosas. En Vetusta llueve casi todo el año...”. El cielo tenía el  color de la panza del burro, como el  de mi Lima cuando parece que va a llover. Al lado derecho dejamos el Naranco, con abundante verdor hasta sus faldas, -imagino al Magistral Don Fermín de Paz con su catalejo dirigido hacia el campo del sol como hacía  una grey en trance de perderse; dicho sea de paso,. ”Uno de los recreos solitarios de Don Fermín de Paz consistía en subir a las alturas, ya que era montañés y por instinto buscaba las cumbres de los montes y los campanarios de las iglesias...” 

Al llegar a lo alto de Buenavista empezamos a encontrarnos con una carretera muy angosta y sinuosa. A  pocos kilómetros a lo lejos, se veía entonces,  Sograndio “un pueblo con identidad propia”. Y que, ahora todavía podemos ver una casa completamente destruida, que a mí con mis pocos años me pareció un cine, que seguramente había sido bombardeado por algún ejército. Seguramente dentro todavía se podrían encontrar muertos y bombas. En sus paredes exteriores se observaban vestigios de propaganda sobre las películas de estreno de aquellos años. Esta propaganda se conservo hasta los años ochenta,


Con el paso de los años, algunos  buenos amigos me llevaron de su mano a la “Villa de Sograndio”, - pueblo al que quiero como si fuera el mío y hubiera nacido allí, junto a una de esas fuentes, -para mi enigmáticas y misteriosas las cuales subordinando mi mente, haciendo  doblegar a la razón para intoducirme en fantasías nunca vividas... ahí veía xanas cantando loas de encanto como las que oía Ulises al pasar por la isla de Lesbos...por ahí serpenteaban los cuélebres, y por doquier se desplazaban pícaros trasgus...- . Mi mente se debatía  luchando entre la fantasía y la realidad, es entonces cuando opté por preguntar a mis anfitriones por esa casa abandonada que se encuentra muy cerca de la Iglesia  Románica del siglo XII-XIII. Una de las más notables del arte románico asturiano cuya fecha de construcción aún no se ha podido precisar. Le pregunté a mi interlocutor que me hablara sobre esa casa en ruinas, éste me respondió
¡Ah! ¿esa casa vieja? Esa casa vieja esta llena leyenda real y ficticia, pero para hablar sobre ello necesitamos más tiempo y dedicación; por el momento sigue soñando, porque veo que eres  un soñador... 

Sin embargo,  te diré algo sobre esa casa: “Cuentan los jóvenes de aquellos tiempos que, a buen seguro contemplaron entre la admiración y la incredulidad de tan espectacular obra. Esta casa era de un indiano que había ido a las Américas, como la mayoría de los que emigraban a esas tierras en busca de fortuna. Muchos años después al hacer dinero volvió a su pueblo, invirtiendo parte del mismo en algo que combinase lo rentable  con lo representativo de su poderío económico...”.

Como se recuerda, tenía aquel edificio una doble función de bar con tienda y pista de baile. La construcción era noble. La estructura interna del techo era de hierro, reforzado con dos pilares de hormigón, lo que le daba al edificio una sensación de solidez que eran impropias de aquel tiempo. El Salón contaba con una gran bodega, un pozo artesiano, rejas de ventanas y otros complementos impregnaba con un aire señorial todo el edificio. 

Pero no cabe duda de que lo que más llamaba la atención a los clientes debía ser la iluminación, visto de lejos entre el verde-oscuro del paisaje nocturno, sería como una flor de pétalos luminosos la misma que atría a la gente como la luz llama  a los insectos. Este resplandor surcaba la fachada principal dando la sensación de ser una estrella que del firmamento descendía como la estrella de Belén guiando a los Reyes Magos, ese era el efecto colorista que se percibía a la distancia. Todo esto unido a la música insinuante de la pianola que procedía del salón, era lo que invitaba a los viajeros y caminantes a entrar a la pista de baile, esta casa, a la que también podíamos llamar palacete, mansión y Pista Miraflores y otros nombres, en su condición de múltiple, era una especie de comercio, donde se vendía de todo desde una aguja hasta unas alpargatas. Era el verdadero centro social  del medio rural, casa de cultura y en muchas ocasiones  servia hasta de ambulatorio  

Mientras escribo se me viene a la memoria la figura de Ana Ozores “La Regenta” y sus amigas paseando en el verano con sus sombrillas por esas “caleyes” entre Sograndio y las Caldas, parando a comer en casa de algún pariente y luego volver atravesando por las huertas, escuchando  a lo lejos la música de la pianola de donde manaban melodías sencillas pero con mágico encanto, recogido del medio cuasi silvestre, esa facinación  que tiene el verdor de los alrededores de Sograndio que las invitaba a entrar a bailar

La casa tenía por detrás unos grandes y verdes prados, desde donde alcanzaba con la vista  a divisar huertas, quintanas, hórreos y árboles de todo tipo que en la primavera están bellísimos . Hacia el fondo del valle se puede contemplar el pueblo de San Claudio en las proximidades del río Nora. Según la historia allí había un antiguo monasterio, que fue donado a la Iglesia de Oviedo en 1104. Desaparecido el monasterio permaneció la iglesia y pese a las reformas sufridas, conservó hasta 1936 una portada románica, y ahora, al ubicandonos en el tiempo - espacio,  un poco más hacia la izquierda contemplamos  El Escamplero, Villarmil, La torre, Priañes.

Se dice que en la Revolución del 34 fue tiroteado el edificio, bien por envidia o como resultado de alguna escaramuza. La destrucción casi total del inmueble tuvo lugar durante la guerra civil, sin poderse determinar las causas o el momento exacto en que se produjo. En varias oportunidades se ha hecho el intento de reconstruirlo, algunos relativamente cercanos en el tiempo, - como el de realizar dentro de sus muros y fincas colindantes el Museo Etnográfico de la Villa- pero  fueron impedidos por la burocracia administrativa, tal vez relacionados por su proximidad a la carretera.


Este año la Asociación cumple XX años de su fundación, durante estas dos décadas se han realizado muchas e importantes obras que han modernizado el pueblo. Un pueblo que muchas veces vive del recuerdo, como este de la Pista Miraflores, en que los portentosos muros que acogieron risas y bailes y que la sinrazón y el horror de la guerra la destruyeron un mal día para la desgracia de los vecinos.

El progreso técnico, es la mejora material, pero no a costa de cualquier cosa. Sabemos además que el progreso material no lleva aparejado automáticamente el perfeccionamiento ético de la gente y cada día  comprobamos cómo al lado de maravillosos avances técnicos  perduraran costumbres bárbaras y éticamente reprobables. 

Pero todo cambia y evoluciona. Un pueblo, cambia, se transforma en la medida que lo hacen sus habitantes, porque un pueblo no es sólo el espacio físico en el que se sitúa con sus casas, caminos, fuentes hórreos y prados. El pueblo vive al ritmo que marcan sus gentes, crece con sus vecinos, avanza o retrocede en la medida que lo hacen sus  hombres y mujeres y el pueblo morirá con el último de sus moradores.

¡Ah Sograndio!, ¡Sograndio! Villa de viva inspiración para el que lo visita, celoso guardián de su tradición, ¡ahí! donde vive el tiempo en todas sus facetas; ¡ahí! donde las mujeres conservan el encanto y gracia de las Xanas; ¡ahí! donde el poeta diría: “En Sograndio se sienten, ondas vibraciones del alma, como cuando uno pasa por un jardín de ensueño; ¡ahí! donde mora Dios y los ángeles tienen un jardín de rosas”.


Un año más, al borde de terminar el siglo, celebramos las Fiestas del Carmen en La Villa de Sograndio. Sus gentes que tienen orgullo de ser hijos de la Villa, quieren trasmitirlo a sus hijos y generaciones venideras, para que no olviden desde cuando Sograndio  tiene nombre propio, Sus gentes no deben dejar de lado sus costumbres, sus tradiciones, sus formas y medios de vida que le hicieron llegar hasta aquí, por un camino de 800 años.

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